👥 Visitas totales: cargando...
Impreso en México
Ultima edición: 28/11/2024
Copyright © 2024
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sin el permiso legal por escrito del titular de los derechos.
Para aquellos que luchan por sus ideales y van tras ellos sin mirar atrás. Para mi esposa Lizeth y mi hijo Ludwin Gaél que han sido un faro de luz en mi vida e inspiración en este proyecto del Kóbda.
Para mi madre que ha sido mi maestra principal, que me inició en el arte y para todos aquellos lectores que decidieron emprender la lectura de la serie de el KÓBDA.
Chiapas, viernes 25 de febrero de 1994
La segunda sección de la tercera compañía era mi grupo asignado para esta base de operaciones, ubicada en Motozintla, Chiapas, un pueblo casi en la frontera de México con Guatemala. Nuestra misión era dar seguridad a los alrededores de ese lugar. Al principio, en aquel tiempo, circulaba un rumor entre el personal de la tropa sobre un conflicto armado en ese estado de México. Días después de los sucesos, nos enteramos de que no se trataba de una guerrilla guatemalteca, como nos había hecho creer el alto mando, sino del propio pueblo exigiendo sus derechos.
La supuesta "guerrilla guatemalteca" solo eran indígenas chiapanecos, dirigidos por un enigmático hombre que se hacía llamar "El Comandante Marcos", un líder nato que se guiaba por sus ideales anticapitalistas. Fue así como logró movilizar a todos estos indígenas de esas zonas, relegados y discriminados por ciertos grupos de la sociedad, principalmente por los intereses de los gobiernos de aquellos tiempos. Este estado es uno de los más ricos en recursos naturales, pero también uno de los más pobres y olvidados de México. Este libro no trata sobre este tema. Solo es la base para enriquecer la historia que voy a narrar.
Mi nombre es Máximo, pero en el ejército me apodaban Rónan. Era soldado de transmisiones del 79 Batallón de Infantería, ubicado en Guadalajara, Jalisco, México. En aquellos tiempos, era solo un adolescente como cualquier otro, un chico de 17 años, desubicado y loco como todos los chicos de esa edad. No tenía idea de lo que buscaba en la vida, solo seguía mis instintos y emociones, sueños e ilusiones, con ganas de devorarme al mundo de un solo bocado.
Mi brújula solo apuntaba en busca de aventuras, peligros, y todo lo que la vida me pusiera enfrente; por lo tanto, esto era lo que movía mi vida en aquel tiempo.
Ya siendo soldado, junto con mis hermanos militares, viajamos por muchos lugares y pueblos de México en misiones asignadas por el alto mando. Lo que más disfrutaba era ver aquellos atardeceres viajando sobre esas carreteras solitarias, sentado en aquellos vehículos Hummer del ejército.
Y en aquella paz del viaje sobre la carretera, a veces me preguntaba: ¿Por qué es el mundo como lo conocemos? ¿Cómo sería este mundo si la humanidad no hubiera conocido el progreso? ¿Seguiría la vida en un estado natural y silvestre, sin ciudades, ni tecnología, ni distracciones banales? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué nos desviamos del camino original? ¿Cuál es la finalidad de jugar en este gran juego llamado vida? ¿Quiénes lo controlan y por qué nos han llevado hasta este punto? ¿Cómo podemos darnos cuenta de que lo que percibimos es solo la sombra de una realidad oculta?
A veces, explorando dentro de mi mente, mirando aquel atardecer, me imaginaba esta vida como un sueño, en el cual, tarde o temprano, despertaría en un mundo que no pudiera imaginar con esta mente finita. Un mundo caprichoso, creado en la mente de un ser inimaginable que se encuentra soñando fuera del concepto del espacio-tiempo, donde nuestro mundo solo existe en un instante dentro del sueño de esa gran mente intangible.
Establecimos un campamento en una zona inhóspita, en el centro de un lugar donde poca gente civil tenía acceso. Fue aquí donde, tiempo después, empezaría toda la aventura. Recuerdo que era un lugar maravilloso al pie de la cordillera de una gran montaña, entre la vasta vegetación. Era un bioma muy místico, un bosque siempre verde y selvático a la vez. Pocas veces había visto biomas así. Casi todos los días llovía, y por las mañanas nos envolvía una densa neblina que no nos permitía ver a más de tres metros de distancia. Había días en que caía una lluvia tan fina que no nos permitía explorar la zona con total libertad.
Me despertó el sonido de las botas pesadas y mojadas por el lodo de los soldados que ya se habían levantado antes que yo, y que caminaban de aquí a allá, preparándose para lavarse la cara y las manos en el río cercano y luego pasar a desayunar.
Toda la noche estuvo lloviendo, y mis pies estaban dentro de un charco de lodo, fríos y mojados. Me levanté y me cambié de calcetines, ya que permanecer con los calcetines húmedos provocaba hongos o ampollas en los pies, lo que complicaría nuestro trabajo del día. Solo esperaba que amaneciera un poco más para sentir el calor del sol.
Después de lavarme la cara en un arroyo cercano, procedí a desayunar junto a los demás. Recuerdo que eran frijoles con huevo, tortillas de maíz y una taza de chocolate caliente, el clásico desayuno del soldado mexicano en campaña.
Por la mañana, a primera hora, tenía que enviar mi radiograma a la base del mando, reportando que todo estaba en orden e informando la zona que se explorará ese día. Después, salimos a hacer nuestro primer reconocimiento radial en el área que se nos había asignado en nuestra carta geográfica.
Esta es la parte emocionante, ya que estábamos en un lugar tan apartado y desconocido que no sabíamos qué sorpresas nos esperaban ese día. Nuestro trabajo era vigilar la frontera de todo tipo de personas sospechosas que quisieran pasar ilegalmente a México o civiles armados que merodeaban por el lugar.
Al final de la jornada, regresamos al campamento para dar el reporte al mando del batallón con las novedades del recorrido. Esa mañana salimos dos pelotones de fusileros, ya que siempre queda un pelotón en el campamento, cuidando las provisiones y el resto del equipo.
Nuestro comandante era un teniente de infantería llamado Saúl. Era un tipo de baja estatura, siempre hablaba en doble sentido y nos hacía reír a todos. A veces, por las noches, nos contaba historias de su vida; era una suerte tener a un comandante así de relajado. También iba el soldado de sanidad, de apellido Ubías, que era muy elocuente y ayudaba al teniente con sus historias, contando uno que otro chistorete. Ubías ya tenía experiencia en bases de operaciones, llevaba más años que yo en el ejército. Esta era nuestra primera misión. Por último, venían dos sargentos de infantería: uno era el comandante del primer pelotón, el sargento Aquino, y el otro era el comandante del segundo pelotón, el sargento Escobar. El resto era personal de infantería.
Después de alejarnos del campamento, cada vez nos íbamos internando en la espesura de la selva. Transcurrieron tres horas de caminata, y mis botas cada vez pesaban más. Teníamos mucha sed, pero no nos atrevíamos a tomar agua de los charcos, ya que el agua era turbia y podríamos enfermarnos del estómago. No era una opción estar enfermo aquí, ya que un soldado así debilitaba la fuerza del grupo. Mi cantimplora cada vez tenía menos agua, pero teníamos que seguir la exploración.
Transcurrió otra hora más y la sed nos atrapó. Ya no teníamos agua en las cantimploras y nos estábamos deshidratando por el calor intenso que hacía en esa selva. Nos faltaban varios kilómetros para regresar al campamento, donde nos esperaba el otro pelotón del sargento Fabio con la comida preparada.
Eran ya las 1300 horas, y a lo lejos vimos un claro entre la vegetación, con lo que parecía ser un manantial en el centro. Lo primero que se me vino a la mente fue: "Agua, por fin, aquí encontraremos agua."
Estábamos seguros de que allí encontraríamos el vital líquido. Por instinto, todos caminamos hacia ese claro sin decir una palabra, pero conforme nos acercábamos, comenzamos a percibir algo extraño en el ambiente. Normalmente, al caminar, se debería escuchar el sonido de las botas rozando la hierba con cada paso. Debería escucharse el sonido de mi fusil colgado en mi hombro, ya que las partes metálicas generan un sonido peculiar con el vaivén de cada paso al caminar. También se debería escuchar el susurro de algún soldado que, para no cansarse de caminar, cuenta historias relacionadas con su vida, alguna anécdota o uno que otro chiste. Además, se debería escuchar el cantar de las aves y el murmullo de las chicharras o insectos ocultos bajo las hojas de los arbustos. Pero al ir acercándonos a ese claro, todo sonido fue cesando, como cuando se le baja lentamente el volumen de la radio.
Llegamos a una cerca de alambre de púas que rodeaba esa parte del bosque, y al ir atravesando ese lugar, mi intuición activó mi sistema de defensa. Se llenaron de adrenalina mis venas, cuando mis sentidos hicieron que mis músculos se detuvieran alertando del peligro. Al atravesar esa cerca, nadie decía ni una sola palabra, pero sabíamos que algo no andaba bien.
Era un silencio absoluto, no escuchábamos nada, era un ambiente en "Off". La necesidad de beber agua nos hizo caminar más hacia el centro del claro, forzando la añoranza de encontrar agua. Pero conforme nos acercamos más hacia el centro de aquel lugar, el silencio quedó nulo. No había sonidos, ni de insectos, ni el canto de aves, ni el sonido de mis botas al rozar la abundante hierba que había en el suelo. Solo llevábamos nuestra mirada puesta en el centro de ese lugar.
Al llegar al claro, no había nada de agua. Era extraño; estaba casi seguro de que habíamos visto un manantial aquí, pero solo encontramos una zona húmeda en el centro de este lugar. Un soldado preguntó:
—¿Ya vieron lo que hay en el suelo?
Todos volteamos a ver lo que había allí. Eran muchos huesos enterrados; algunos sobresalían un poco de entre la tierra. Había todo tipo de huesos, tantos que no pudimos clasificarlos para saber si realmente todos eran de animales.
—¿Sienten lo mismo que yo?
—¿Tú qué sientes? —le pregunté, solo para saber si yo era el único en sentir esto.
—No sé, pero no me siento bien, algo anda mal aquí, no sé cómo explicarlo, es como un mal presentimiento.
Hubo un silencio total por un instante. Volteé a ver sus rostros y vi miedo en sus miradas. De pronto, el sargento Aquino dijo:
—Será mejor que corramos, ¡corran, corran!
Por lógica, deberíamos haber corrido hacia la parte por donde entramos a ese lugar, pero sin darnos cuenta, por el pánico que sentimos, corrimos hacia el lado opuesto, ya que era el lugar más cercano para escapar. Eran las 1410 horas. Lo único que recuerdo fue cuando me tiré al suelo a gran velocidad, para intentar deslizarme por debajo de la cerca de alambre. Pero una púa se me atoró en la espalda, y sentí cómo rasgaba mi piel. Ignorando el dolor, me arrastré y atravesé la cerca.
Al levantarme para ver a los demás que aún no la habían cruzado, vi que no fui el único en sufrir un rasguño por esas filosas púas. Otros intentaron saltar por encima del alambrado, y las púas se atoraron en otras partes de sus cuerpos. Me imagino que fue muy doloroso sentir esas púas arañando la parte sensible entre sus piernas, por lo cual me consideré afortunado de que solo se me atoraron en la espalda.
Seguimos corriendo selva adentro, y detrás de mí, me seguían los que se atoraron después en aquel alambre de púas; ellos se retrasaron en la audaz carrera por salir de ese lugar. Del pánico que tuvimos, corrimos 100 metros más adelante, y en eso, empezamos a percibir, ahora sí, la normalidad en el ambiente. Comencé a escuchar el sonido de mis botas al rozar la hierba y mi propia respiración, lo cual nos dio más seguridad. Empezamos a escuchar de nuevo el sonar de los insectos y el cantar de las aves. Nos detuvimos a tomar aire; estábamos cansados. Aunque no corrimos mucho, fue más la sensación de angustia y pánico al no poder percibir el exterior con nuestros propios sentidos.
—¿Fui el único o también ustedes lo sintieron? —preguntó el sargento Escobar.
Todos contestamos que también lo habíamos sentido. Comenzamos a platicar lo que cada quien sintió dentro de ese claro, y llegamos a la conclusión de que no estábamos tan locos, sino que realmente algo extraño había allí.
Unos dijeron que sintieron como si estuvieran en un sueño; otros se desorientaron en su propia realidad, ya que no sabían si lo que vivían era real o un sueño. Todos escuchamos nuestras voces como cuando se está debajo del agua con los oídos tapados. Lo más extraño fue que, después de atravesar la cerca, todo empezó poco a poco a regresar a la normalidad, como si se hubiera subido nuevamente el volumen de la radio.
Minutos después, al ubicarnos mejor, nos dimos cuenta de que la distancia que habíamos corrido fue de un kilómetro aproximadamente, y no 100 metros como al principio pensamos. Además, ya habían pasado más de tres horas, lo cual era también extraño, ya que la sensación fue de muy poco tiempo.
Ahora eran las 1630 horas, y la sombra que proyectaba el sol entre los árboles ya estaba más inclinada, lo que indicaba que faltaban pocas horas para que cayera la noche. El teniente, observando su mapa, se dio cuenta de que habíamos corrido hacia el lado contrario del que habíamos llegado, y deberíamos regresar antes del anochecer. Después nos dijo:
—¡Jóvenes! Lamento decirles que tenemos que rodear por el otro lado, bordeando la falda de la montaña, o regresar por la zona de la muerte dónde está ese lugar extraño del que acabamos de escapar.
Todos nos volteamos a ver con una mirada de exclamación, puesto que nadie quería regresar por el mismo lugar. Así que decidimos tomar el camino más largo, aunque eso significa rodear toda la montaña.
—Yo prefiero rodear la montaña que pasar de nuevo por allí, —respondió un soldado.
—Yo también, —respondió un sargento.
Eran las 1640 horas y teníamos mucho por recorrer. Iniciamos el camino de regreso; teníamos que estar antes de que anocheciera para poder encontrar el campamento. De hecho, el teniente se notaba preocupado por el pelotón que se había quedado en la base. Ellos estarían preocupados por nuestra ausencia, ya que para esta hora deberíamos estar allí.
Tomamos una vereda que nos llevó por un costado de la montaña, improvisando el regreso. Desde este lado se veía el valle, y en él, parte de la sombra de la montaña que teníamos a nuestra derecha. El sol ya tenía un ángulo de 75°, lo que significaba que estaba a punto de anochecer. Teníamos, cuando mucho, una hora y media más de luz del día.
De pronto, llegamos a un lugar más extraño. El bioma había cambiado; era ya un bosque un poco más frío, y se sentía el cambio de temperatura. Pasamos de estar sudando de calor a sentir la necesidad de usar una chamarra. Había unas piedras que se notaban muy antiguas y sobresalían de entre la tierra y la vegetación. Eran muros de piedra muy antiguos, apenas se mantenían firmes, pero entre las ruinas logramos ver algo hasta el fondo de ese lugar. Era algo de color blanco que se dejaba ver entre los muros de piedra. Decidimos acercarnos más y descubrimos que era una cabaña oculta entre la maleza. Se notaba que alguien vivía allí, porque se alcanzaba a ver un hilo de humo que salía de la chimenea.
Nos acercamos y vimos dos siluetas humanas saliendo por la puerta de la cabaña. Eran dos hombres que, al parecer, se veían de edad avanzada. Estaban parados allí como vigilantes, mirándonos pasar con una mirada fija en cada uno de nosotros. Llevaban puestas unas túnicas grises con azul, algo maltratadas. Uno de ellos tenía la barba blanca y medía alrededor de 1.90 metros de estatura. El otro hombre tenía la barba más oscura y más corta; era rechoncho y de estatura más baja. El más alto levantó la mano y nos dijo adiós, agitando la palma. El hombre más bajito nos observaba con una mirada retadora, mientras emitía un gruñido como de molestia; al parecer, no le agradaba nuestra presencia por esos lugares.
—Buenas tardes, —les dijo el teniente.
—Buenas tardes, —respondió el anciano más alto, mientras el más bajito solo nos seguía mirando, enseñando los dientes y frunciendo las cejas.
Seguimos caminando sin hacer mucho caso de ellos. Logré ver que su cabaña estaba hecha de troncos y el techo de hojas de palmera. Tenían afuera unos corrales con animales de granja: gallinas y patos. También tenían dos perros que salieron a nuestro paso y no dejaban de olernos las botas. Todo ese lugar estaba rodeado de plantas y árboles de todo tipo. En uno de los árboles había unas figuras extrañas colgadas de una rama. De niño, las había visto en un libro con formas parecidas; les llaman "atrapa-sueños". Continué caminando, y algo más llamó mi atención. A unos 10 metros de la cabaña, había un pequeño claro entre tantos árboles, donde la hierba me llegaba hasta la cintura. En el centro había cuatro varas de madera formando un área de forma cuadrada, y en su centro, un barril de madera algo extraño.
—¡Abejas!, ¡todos tírense al suelo! —gritó sorprendido el sargento Escobar.
Yo no sabía qué pasaba, solo vi que todos se tiraron al suelo, cubriéndose la cara contra el piso. Esto era nuevo para mí. De pronto, noté que la tarde se empezó a oscurecer cada vez más. Volteé hacia arriba y vi una mancha oscura que opacaba la poca luz del sol. Era un enorme enjambre de abejas, casi justo arriba de nosotros. Me tumbé al suelo, cubriendo mi cuello y cara con mi camisola. Era estresante oír el zumbido a pocos metros de nosotros; solo quería que ya pasaran y se fueran de allí. Después de unos minutos, el sonido fue cesando hasta que terminó de pasar el enjambre, y enseguida continuamos nuestro recorrido. Tal suceso con esas abejas hizo que modificáramos nuestro rumbo, tomando otro camino al planeado para no volver a toparnos con ellas. Esto resultó en que, en poco tiempo, lográramos ver a lo lejos otra línea de humo que salía de entre los árboles. Al seguirla para ver de dónde provenía, descubrimos que era nuestro campamento, donde el otro pelotón ya nos estaba esperando para la cena.
Por fin, en el campamento, nos recibió el tercer pelotón que se había quedado ese día allí. Les contamos lo que sucedió y el porqué del retraso. Solo nos escuchaban con una mirada incrédula. Sabíamos que no creían lo que nos había sucedido ese día. Después nos sugirieron pasar a comer, o más bien a cenar, ya que era de noche y ya estaba oscuro el campamento.
Ya dentro de nuestra casa de campaña, hablé con Jairo, un soldado camarada mío que ese día le tocó quedarse en el campamento y no tuvo la oportunidad de vivir esa experiencia.
Le platiqué todo lo que nos había sucedido, tan solo para pasar el tiempo mientras nos daba sueño. Su respuesta fue de incredulidad, y lo entiendo, ya que no es fácil poder explicar algo tan extraño a alguien que jamás ha tenido una experiencia similar. Él no comprendía lo que era estar en un lugar donde solo se siente un silencio extremo, y al mismo tiempo ver alrededor esqueletos de todo tipo.
Se notaba sorprendido ante tal historia, y entre preguntas y respuestas, nos fue dando sueño. De pronto noté que él ya estaba roncando, y se había quedado bien dormido. Estando ya dentro de mi bolsa de dormir, medité sobre aquel lugar tan misterioso de hoy, sobre todo ese barril que me llamó tanto la atención. Pensé si era correcto seguir investigando sobre este hallazgo. Al final de todo, empecé a quedarme dormido en medio de la noche semi lluviosa. Una luna cubierta de nubes arrullaba a todos los seres en medio de esa selva, húmeda y tranquila, mientras el sonar de los insectos nocturnos me arrullaba hasta quedarme completamente dormido.
Al día siguiente, me despertó el sonido del canto de un pájaro rojo, con las alas y la cola negras, revoloteando cerca de mi vivac. Su canto fue sonando poco a poco, y sentí el impulso que el destino me enviaba para comenzar un nuevo día con mucha alegría. Entonces levanté una orilla del vivac para mirar hacia afuera, y allí estaba un bello ejemplar de ave exótica, bailando enfrente de mí. Yo estaba anonadado al ver cómo realizaba su rito de apareamiento, tratando de llamar la atención de una hembra.
El pájaro no se había percatado de que yo lo estaba mirando; el vigilante estaba lejos de mi vivac; por lo tanto, el pájaro se sentía solo y libre de hacer su elaborado baile. De pronto, el vigilante observó que me estaba asomando por debajo del vivac y se acercó para despertar al teniente. Yo, molesto, le dije:
—¡Vigilante! Asustaste al ave que estaba bailando al lado de este árbol.
—¿Qué ave? Yo no vi ninguna ave.
—¿Cómo que no viste? Estaba cantando aquí al lado.
—Tranquilo, Rónan, no te estreses, aún faltan unos meses más aquí en Chiapas, pronto regresaremos a casa.
Miré al vigilante a los ojos y me tranquilicé. Él siguió haciendo su trabajo y yo el mío.
Me quedé analizando lo sucedido. ¿Será que el vigilante en realidad no vio el pájaro rojo? ¿Por qué no vi que el pájaro volara al acercarse el vigilante? ¿Estaría soñando?
No le di mucha importancia y me levanté. Ya era hora de desayunar y salir como todos los días. Nuestra misión era patrullar otra parte de la zona en busca de personas extrañas merodeando por allí.
Terminamos de desayunar y salimos a caminar a las 0845 horas, iniciando en el lugar donde terminamos ayer. Ahora se quedó el pelotón del sargento Aquino para cuidar el campamento, y se unieron a nosotros el pelotón del sargento Fabio y el sargento Escobar. Al frente iba el teniente Saúl, seguido por el soldado de sanidad Ubías, después iba yo, y atrás el resto de los dos pelotones.
Después de caminar dos horas, llegamos a la orilla de un río. Sorprendimos a un par de hombres armados que también estaban patrullando esa área. Al vernos, abrieron fuego contra nosotros. El teniente ordenó que nadie disparara, nosotros estábamos tendidos entre la maleza, listos para defendernos, escuchando los disparos de aquellos hombres, que no dejaban de apretar el percutor de sus armas. Después de quince minutos de contemplar cómo gastaban cartuchos en vano, intentando hacernos daño, por fin el teniente Saúl ordenó a dos soldados de primera que hicieran unos disparos al aire. Los soldados no esperaron dos veces la orden; con todo ímpetu, cargaron cartuchos en sus armas y dispararon en ráfaga hacia arriba.
El sonido de nuestros disparos, comparado con el de las armas de esos hombres, era una gran diferencia; nuestras armas eran más ruidosas y de mayor calibre. Todo se cimbraba al detonar los cartuchos de nuestras ametralladoras. El aire se llenó de ese delicioso olor a pólvora quemada que sólo quien haya disparado un arma de fuego sabe de lo que estoy hablando. Al escuchar esa estruendosa fiesta que les presentamos cariñosamente, salieron corriendo selva adentro. Intentamos seguirlos, pero estábamos en su territorio, y era peligroso tratar de ir tras ellos. Podrían tener trampas o tendernos una emboscada; lo más seguro era dejar que se fueran. Después de un tiempo, esperando para ver si regresaban aquellos hombres con más refuerzos, el oficial dio la orden de retirada. Terminó el trabajo de hoy, y regresamos temprano al campamento.
Llegamos a nuestra base a las 1440 horas, justo a tiempo para comer e ir a descansar; teníamos descanso a discreción.
"Descanso a discreción" significa que podíamos hacer cualquier actividad; éramos libres hasta que nos dieran alguna otra orden.
Así que fuimos a un río cercano al campamento para asearnos y fumar un poco de cigarrillos. Después de bañarnos en el río, nos sentamos debajo de un gran árbol a charlar sobre lo sucedido el día anterior, respecto a los ermitaños y la zona de la muerte. Muchos comentaban que se les habían tapado los oídos en ese momento. Otros sintieron que estaban en un sueño; algunos aseguraban que allí había fantasmas, etc, etc, etc. Otro soldado decía que era una puerta a otra dimensión. ¡Qué imaginación! Cualquiera que fuese la razón, yo sabía que solo había una forma de comprobarlo, y tenía que llegar hasta el fondo de la madriguera de la comadreja.
A mí nada de eso me convencía, sabía que había algo más. Me alejé un poco de donde estaban mis compañeros platicando, para pensar y analizar mejor este caso. Cuando volteé a ver dónde estaban ellos, ya los había perdido de vista, y dentro de mí tenía esa curiosidad, esa corazonada, el llamado a lo desconocido. No podía quedarme con la duda. Eran las 1620 horas, y tenía dos horas para ir con los ermitaños; tenía que ir lo más rápido posible. Me vestí y comencé a correr por ese lado de la montaña; solo tenía que rodear por su ladera para no pasar por la zona de la muerte. De pronto, escuché mi nombre.
—¿Rónan, a dónde vas tan a prisa?
Esa voz era de Ubías. ¿Qué hacía él por aquí, cuando el resto de la tropa está en el campamento, y otros en el río?
—¡Hola, Ubías! Más bien, ¿qué haces tú por aquí?
—Solo salí detrás de una lechuza que estaba dando vueltas sobre el campamento. Se paró sobre las ramas de un árbol que está al lado de mi vivac. La seguí hasta aquí, pero la perdí cuando te vi caminando por este sendero.
—¿Una lechuza? No he visto ninguna en el tiempo que llevamos aquí.
—Ni yo tampoco, pero vamos a seguirla; quiero verla más de cerca.
Qué mala suerte, apenas que iba en busca de ese barril, y se me atraviesa este incidente con Ubías. ¿Cómo le digo que no me interesa esa lechuza?
—Está bien, Ubías, ¿dices que se fue por el mismo rumbo que llevas?
—Así es, Rónan, va en esa dirección.
—Muy bien, entonces tú vas por este camino, y yo me voy por ese otro, a ver quién la encuentra primero.
—Me parece perfecto. Si la veo primero, te chiflo para que sepas que está por mi rumbo, e igual, si la encuentras primero, me avisas de la misma forma.
—Está bien, vamos.
Envié a Ubías por el camino largo, mientras yo me tuve que ir por el camino de aquel peligroso claro en el bosque, todo sea por perderme de él y llegar a tiempo al barril. Así que me fui por mi rumbo, caminando a toda prisa. Al llegar a la zona de la muerte, rodeé por un lado, en poco tiempo llegué hasta aquella cabaña, y allí estaba el barril que tanto había esperado encontrar.
Después de 15 minutos, por fin llegué. Localicé el lugar donde estaba la cabaña y toqué a la puerta, pero nadie respondió:
—¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —pregunté al abrir la puerta.
Solo se escuchaban las moscas en la entrada de la cabaña; al parecer, los ermitaños no estaban muy lejos. Había comida en el fuego y un olor extraño. Eran verduras hirviendo en una olla de barro. Se notaba que eran vegetarianos, porque no había ese olor peculiar a carne cocinada. Esperé un poco, pero no llegó nadie, así que fui a donde realmente quería ir, a seguir mi curiosidad.
A unos cuantos metros, por fin estaba el esperado barril. Me paré frente a él. Miré a todos lados para asegurarme de que nadie más me veía, pero al parecer me encontraba solo, excepto por la lechuza que seguía vigilándome. También vi el vuelo de un ave roja cerca de la ventana de la cabaña, muy parecida a la que vi en la mañana bailando al lado de mi vivac. No hice caso y me acerqué más al barril. Allí estaba el objeto de mi curiosidad; tenía una tapa de madera muy bien sellada. Lo moví para sentir cuánto pesaba, y al parecer estaba lleno de un líquido.
—¿Qué será lo que tiene dentro? Está muy bien sellado.
Volví a moverlo, y solo se escuchaba el líquido agitándose dentro de él. Lo olí, y su olor era de madera vieja. Un musgo verde cubría casi toda la madera por fuera. Saqué mi bayoneta de mi fornitura para quitar la tapa, cuando de pronto, detrás de mí, escuché una voz:
—¿Shtó ti, díes, diélaiesh?
Alguien me sorprendió. En cuanto escuché esa voz aguardentosa, volteé hacia atrás. Era el anciano más bajito, y me volvió a decir:
—¡Úlltí, ot étoy báchki!
—Perdón, solo buscaba algo de agua para beber, —le respondí, pero él seguía insistiendo.
—¡Úlltí, ot étoy báchki! ¡Úlltí, ot étoy báchki!
—Perdón, no le entiendo, ¿en qué idioma me habla?
Normalmente, en esos lugares viven algunos indígenas chiapanecos, y pensé que podría ser un lenguaje local. De pronto, escuché otra voz por otro lado, y esta sí era en español.
—Dice mi amigo que te alejes del barril.
—Perdón, no pensé que se fueran a molestar; solo buscaba agua. Toqué en su casa cuando llegué, pero nadie me respondió.
—El destino llama desde el corazón; solo es cuestión de tiempo y espacio, —me contestó el anciano mayor.
El hombre era muy alto, con ojos de un color muy extraño, entre azul y violeta. Tenía unos ojos muy grandes, con la pupila dilatada, y en el centro de su ojo, una forma de estrella con muchos picos. Me sorprendió mirarlo a los ojos; jamás había visto una mirada tan penetrante. De esas miradas que demuestran una seguridad absoluta, y que rompen cualquier mirada débil como la mía. Nunca me había enfrentado a alguien así, ni siquiera con mis comandantes, que, según yo, eran hombres duros y fríos. En cambio, este anciano tenía un carácter fuerte, pero a la vez bondadoso. El color de su piel no era común en estos lugares; era de un blanco pálido, al igual que el otro anciano que hablaba el idioma desconocido. Ambos tenían el mismo color de piel, pero el otro tenía los ojos azules y emitía un brillo que no era reflejo de la luz exterior. Me di cuenta de que no eran aldeanos nativos de estos lugares, ni su dialecto era local; estos ancianos, seguramente, eran de un lugar muy lejano.
—Perdón, no entiendo lo que trata de decirme; solo buscaba agua.
—Tenemos muchos ríos y manantiales cerca de aquí; estamos rodeados de agua. ¿Por qué te gustó venir aquí?
—Mmmm, no sé, solo vine a caminar. Vi este barril y me llamó la atención.
—Yo sé que no has venido por la razón de beber agua.
Creo que no podía mentirles; por alguna razón, ellos ya conocían mis intenciones.
—Está bien, vine porque ayer que pasamos por su cabaña, vi este barril y fue un sentimiento muy especial. Algo en mi interior me despertó esta inquietud por saber qué hay dentro de él.
—Lo que hay dentro es tan solo agua para lavarse la cara o ver el reflejo de la luna en él.
—¿Y por qué la guardan tan herméticamente?
—El agua que hay dentro no es cualquier líquido, y no estoy yo para decírtelo.
—Está bien, olvidemos el asunto del barril; al menos ya sé que solo tiene agua.
—Ven, acércate. —Me dijo el anciano mayor.
Me acerqué como me indicó; claro, tenía mi arma lista por si intentaba hacer algo.
—No te haré daño, quita la mano de tu arma; son muy peligrosas y no es necesaria.
—Está bien, mis manos ya están lejos de mi arma, ya le puse seguro. Además, si son necesarias, debo defenderme de las balas del enemigo.
—Muchacho, cuando sepas lo que yo sé, no necesitarás esquivar las balas.
Al acercarme a él, puso su mano en mi pecho y la otra en mi frente, mientras el otro anciano solo observaba tranquilamente, como si ya supiera lo que me iba a hacer.
—Jaaammmmmmmsssaaaaaaaa. Dijo algo extraño que no entendí, parecía ser un tipo de mantra. Después, al quitar sus manos de mí, me dijo:
—Me doy cuenta de que tienes una visión diferente a la de los demás seres que hemos conocido por estos lares, y sobresales por ello. Mi nombre es Místrait, y él se llama Róleux.
—Mucho gusto, yo me llamo...
—Ya sé cómo te llamas, Rónan, y sé a qué has venido.
«No podía creerlo. ¿Cómo supo mi nombre? ¿Habrán escuchado ayer que alguien dijera mi nombre? Nadie dijo nada, solo les dijimos "Hola". De seguro son brujos, hechiceros o chamanes; por estos lugares dicen que hay gente así.
Pero lo que sí se me hacía raro era su atuendo y sus nombres; esos nombres no son comunes en México. «Trataré de dejarme llevar por la situación; al fin y al cabo, son tan solo dos viejos ermitaños desarmados e indefensos, en cambio, yo tengo mi arma preparada y lista para cualquier emergencia.»
—¿Cómo supo mi nombre? —le pregunté.
—No hace falta preguntarte nada; existe una ley de semejanzas. La suerte no existe, y tú no llegaste aquí por casualidad.
—¿Cómo está tan seguro? Tal vez pude haber decidido no venir aquí, quedarme a descansar con mis compañeros, y no estaría ahora conversando con ustedes, —le dije.
—Por eso mismo, tú lo decidiste, impulsado por la voz de tu corazón. El hecho de que hayas tenido la curiosidad de este barril fue la fórmula que te incitó para encontrarnos aquí, —me respondió.
—No entiendo, explíqueme.
—Lo que tu mente ahora no entiende, con el tiempo tu corazón lo entenderá.
—Quedé igual o peor, sigo sin entender.
Aunque me dijo muchas cosas, no comprendí lo que trataba de decirme en esas palabras tan filosóficas.
—Existe una misma dirección para todos, y vamos por la misma ruta. Aunque en caminos diferentes, es la dirección que todos debemos seguir. Cada quien elige lo que su corazón le indica, cada quien crea su mundo e interpreta el exterior en base a lo que se lleva dentro; a veces tomamos caminos diferentes, algunas veces más iluminados que otros, o muy, muy oscuros. Al final, todos llegamos al mismo destino, unos antes, otros después. Tú elegiste este camino, el de venir a ver qué había en este barril. No busques la respuesta en el fondo del barril, sino en el fondo de tu corazón. Explora allí la razón que te hizo llegar hasta nosotros; el barril solo fue el medio.
A veces pasan por aquí personas ordinarias, unas 5 o 6 al año. Y en los siglos que hemos vivido aquí, nadie se había interesado por el barril, y eso nos dice mucho a nosotros de ti.
—¿Me tratan de decir que no soy una persona ordinaria? ¿Me quieren envolver en sus cuentos místicos? Creo que fue un error haber venido, no debí regresar.
—Ya no hay vuelta atrás, la decisión ya la tomaste y abriste un vórtice. Si te regresas ahora, vivirás el resto de tu vida con incertidumbre —me respondió el anciano.
Mientras me decía esas palabras, ese hombre acariciaba el barril de una forma misteriosa. Lo hacía con una sonrisa burlona y sutil que se reflejaba en su rostro. Yo sentía que trataban de que me interesara más por el barril, pero lo hacían de forma indirecta, tratando de que saliera de mí tomar esa decisión.
—Está bien, acepto lo que usted me dice. Vayamos al grano, y dígame qué hay en el barril. ¿Por qué tanto misterio?
—Veo que sigues insistiendo en esto. Te diré algo: lo que hay en él es algo que jamás te hubiera gustado saber. Si no eres el elegido, serás un infeliz toda tu vida, y esto te cambiaría por completo. Jamás serás el mismo, jamás volverás a ver el mundo de la forma como lo has concebido hasta ahora. Si decides experimentarlo, es tu elección. Te veo algo indeciso. Pensándolo bien, mejor regresa con tus compañeros; olvida que nos conociste y que estuviste aquí, aún estás a tiempo de volver.
—Está bien, solo díganme una cosa. ¿De dónde son ustedes?
—Es mejor que ya no sepas nada, no lo comprenderías. Regresa y olvídate de esto... adiós.
Me quedé mirándolos por unos segundos; me habían confundido. Hace unos instantes me insistían en el barril, y de un momento a otro, me corren de aquí, me di la vuelta y me alejé de allí.
—Muy bien, gusto en conocerlos, hasta luego. —Me despedí y caminé de regreso al campamento mientras meditaba.
—¡Maldita curiosidad que me está corroyendo por dentro! Cuando me estaba despidiendo, miré al otro anciano que no habla español. También él me miró con una sonrisa vacilante, como diciendo: "Vas a regresar, has de regresar". Además, me ocultaron el contenido del barril. Utilizaron en mí la psicología infantil; sabían que mi curiosidad me haría regresar. No sé por qué, pero siento que ya los conocía de tiempo atrás.
—¡Rónan! ¿Viste la lechuza por ese lugar al que te fuiste?
No me acordaba de Ubías. En todo ese tiempo con los ancianos, se me olvidó que por aquí nos habíamos separado buscando aquella lechuza. Pero, realmente, sí vi la lechuza; solo que no debo decirle nada a él, no quiero que se involucre con esos ancianos.
—No la vi, pensé que tú la habías encontrado.
—No, tampoco la vi. Ya mejor lo dejo así; ha de regresar tarde o temprano.
—Tienes razón, vámonos al campamento.
—Ve tú, yo voy a seguir por aquí explorando; es relajante este lugar de la selva.
—¿Vas a quedarte aquí? Ya es tarde, llevamos mucho tiempo por acá; van a notar nuestra ausencia. No provoquemos órdenes para que el teniente nos castigue por andar de vagos.
—Rónan, ¿lo dices en serio? Pero no hace ni 10 minutos que nos separamos para buscar la lechuza; podemos seguir explorando. Solo dime, ¿cuándo tienes esta oportunidad de estar en lugares así?
—¿Diez minutos? Pero sí estuve con los ancianos aproximadamente una hora. ¿Cómo es posible que Ubías diga que fueron solo diez minutos? Si supiera lo que me ha sucedido en estos lugares, me gustaría contarle, pero él no está preparado para saber de esto; mejor lo dejo aquí buscando lechuzas.
—Si gustas, quédate; yo voy a ir a descansar.
—Está bien, Rónan, yo más tarde regresaré al campamento.
Cuando me iba acercando al río donde dejé a mis compañeros fumando cigarrillos, pensé que ya no estarían allí. Sentí que pasé mucho tiempo platicando con los ermitaños; se me hizo eterno.
—¿¡Qué!? ¿Son las 1633 horas? Pero eran las 1620 horas cuando salí a buscar el barril. ¿Solo han pasado 13 minutos?
—Hola, Rónan. Ven y fúmate otro cigarrillo con nosotros, no te aísles, —me dijo Jairo, que estaba sentado sobre una piedra al lado del río.
—Jairo, ¿hace cuánto tiempo que me alejé de ustedes?
—No lo sé exactamente, pero fue hace unos minutos. ¿Por qué?
—No, olvídalo, me voy a descansar.
Ya en el campamento, y después de la cena, me fui a fumar otro cigarrillo solo, cerca de allí. Volteé a ver la luna; era una luna llena muy radiante. Me imaginaba que me hablaba, diciéndome que tenía que regresar con los ancianos. De repente, en la rama de un árbol, donde estaba yo recargado fumándome un cigarrillo, vi que una cigarra cruzaba y se detuvo enfrente de mí. Después, comenzó a cantar un sonido muy agudo, y me quedé escuchando el canto de la cigarra. De pronto, me imaginé que en su canto ella me decía:
"Regresa con aquellos ancianos, de pelo de nieve y barba de heno; algo importante llegará del cielo".
Ahora veía el mensaje oculto en todos lados; es como si la naturaleza tratara de comunicarse conmigo. Recordé lo extraño que me había sucedido en el día. Primero, el pájaro rojo cantando tan cerca de mí; al parecer solo yo lo pude ver. Algo también extraño es haberlo visto en la ventana de aquella cabaña de los ermitaños, antes de que me sorprendieran merodeando en el barril. Después, aquella lechuza que seguía Ubías, dijo que la había visto por aquí, arriba entre los árboles del campamento, y luego la vi en la casa de los ermitaños. Otra cosa extraña fue que el anciano Místrait ya sabía mi nombre. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo saben tantas cosas? ¿De qué lugar vienen? ¿Qué hacen aquí? Se nota que no son de estos lugares; se ven más sanos y radiantes que nosotros. Además, su acento es diferente; sé que el español no es su lengua materna, porque lo pronuncian a medias. Y ese idioma tan extraño que hablan entre ellos... En fin, dejaré que fluyan las cosas, a ver qué sucede.
Pero al final de todo, quedé peor que antes. No sabía qué contenía ese barril. Sé muy bien que me sembraron la semilla de la duda, y me han implantado la incertidumbre de saber con más interés qué esconden en ese barril. El anciano Róleux me miró como si me estuvieran poniendo a prueba. No sé qué ocurre; espero que mañana pase el día rápido, para regresar temprano e ir a visitar de nuevo a esos ermitaños.
—Creo que mejor iré a dormir.
Me retiré a mi vivac, ya eran las 2100 horas. Pensativo y con la mente sensible, miré por última vez la luna y me quedé dormido profundamente.
Me despertó el "tic-tic" de la alarma de mi reloj que suena cada hora. Ya eran las 0120 horas; solo llevaba 5 horas de sueño. Traté de seguir durmiendo, pero mi curiosidad no me lo permitió. Mi mente estaba analizando la manera en la que mañana me escaparía para ir con los ermitaños. Pasó otra media hora, y seguía sin poder dormir. Tenía que hacer algo; de lo contrario, mañana no sería posible mantenerme con energía para emprender mi huida. Minutos después, volví a quedarme dormido.
Ya eran las 0445 horas cuando me desperté; algo no me dejaba dormir. En mis sueños podía ver una lechuza volando por encima de mi vivac y de pronto recordé el barril. La tropa aún dormía, solo estaba el vigilante completando su turno. Era hora de ir con los ermitaños, pero tenía que buscar la manera de evadir al vigilante. Así que me puse mis botas, tomé mi arma y caminé hacia él.
—Alto allí, ¿quién vive? —gritó el vigilante.
—¡México! —le contesté.
Era la contraseña para la vigilancia nocturna. Quien no contestara a la tercera vez se abría fuego a discreción. Así que, una vez que me identifiqué con el vigilante, él se dirigió hacia mí.
—Buenos días, Rónan, aún faltan algunas horas para levantarlos. ¿Vas al baño?
No sabía qué responder, pero él mismo, con su pregunta, me dio la respuesta.
—Así es, me siento mal del estómago y me duele la cabeza. Iré a darme una ducha al río con agua fría; quizás me tarde un poco.
—¿Sabes que no debes ir solo? Alguien más te tiene que acompañar.
—No te preocupes, sé cuidarme bien; estaré aquí a unos metros, cualquier cosa te grito.
—Está bien, Rónan, ten cuidado.
Seguí mi camino hacia el río, y en cuanto me alejé de la vista del vigilante, tomé rumbo hacia adentro de la selva. Eran las 0453 horas; tenía que administrar mi tiempo por si me tardaba demasiado e inventar un buen pretexto de regreso al campamento.
Después de 15 minutos de camino, llegué a la zona de la muerte, donde días antes habíamos tenido esa mala experiencia. Tuve que rodear ese lugar. No quería ver cadáveres; necesitaba tiempo y era lo más conveniente. Es increíble cómo dentro de ese lugar no había vida, tan solo pasto, tierra y muerte. No había sonido, y eso era un misterio para mí.
«Algo pasó por encima de mí a pocos metros de mi cabeza y se perdió entre los árboles, era una silueta blanca, allí está de nuevo, es una lechuza, que extraño, me viene siguiendo desde mis sueños; debo darme prisa en llegar.»
Al llegar a la cabaña de los ermitaños, vi aquel barril. Dudé en abrirlo, pero tenía que hacerlo. Me tomé un minuto para pensarlo. Al acercarme a él, tomé mi bayoneta para quitar la tapadera, pero en ese momento, me sorprendió Místrait, parado allí, observando como un depredador a su presa. No pensé que me estuvieran esperando.
—El destino te llama. ¿Acaso saliste a hacer tus necesidades? —me preguntó él.
Creí que era imposible engañarlo, pero ese fue mi pretexto para escapar.
—Veo que nos vamos sincerando, muchacho.
—No podía dormir y tenía que regresar; la otra tarde me quedé inquieto respecto a lo que me platicaron ustedes.
—Tu curiosidad te mostrará el camino, solo debes estar alerta y te mostrará por donde debes andar.
—¿Y cómo sé cuál es el camino?
—¡Qué magnífico bosque!
Quedé más confundido por su respuesta, totalmente ajena a mi pregunta. No entendí lo del bosque.
—Yo no le pregunté sobre el bosque; solo le pregunté respecto al camino que menciona usted.
—Mientras no puedas ir más allá de este bosque, jamás conocerás el camino.
—¿Y cómo puedo ir más allá del bosque?
—Mientras no puedas ver lo que hay detrás del bosque, o la neblina que hay en él, no te será fácil ir más allá. El bosque en el que existimos es tan solo una ilusión, pero es tan perfecto que no nos damos cuenta de su falsedad y lo sentimos muy real; cuando descubras esta verdad ya no tendrás que llegar a ningún lado, ni escapar de nadie, ni dormir, ni pelear, ni comer. Serás tú el amo del bosque y el bosque te obedecerá
«No entendí bien lo que me dijo, pero algo logró acomodar dentro de mí. No sé qué me pasa, pero me siento como si hubiera tenido mucha sed y él me hubiera dado de beber.»
—Muéstreme el camino, deseo ir más allá del bosque.
—Muchacho, ¡levántate y camina! Has dicho las palabras mágicas. Yo no te puedo obligar a nada; debe de salir de tu corazón. Primero debes de enfrentar al guardián de tu ego, de tus miedos y todo lo que has aprendido.
—Cuando logre enfrentarlo, ¿podré ver el camino más allá del bosque?
—Cuando lo hayas enfrentado, ya no te interesará buscar más caminos, porque el camino vendrá a ti.
—Muéstreme el camino, enséñeme cómo puedo hacer esto.
—Entonces, venid a mi madriguera... seguidme.
Lo seguí hasta su cabaña que estaba a tan solo 10 o 15 metros del sitio del barril. En ese momento, me pasaron miles de pensamientos por la cabeza. Jamás imaginé algo así; no sabía lo que me esperaba. Pensé en miles de cosas. Quizás me iba a mostrar un libro, quizás me iba a contar una historia; no lo sabía. Al llegar, pasamos a su cabaña, y Róleux estaba preparando algo en su estufa de leña.
—Róleux, prepara el té mágico para el viaje sin destino.
—Jarashó, —respondió Róleux.
Nos sentamos en unos troncos cortados por la mitad, que funcionaban como un sencillo sofá; Místrait me dijo:
—Rónan, hay algo que debes saber. A nosotros no nos encontraste aquí por casualidad. Todo tiene una causa, y la razón por la que estamos nosotros aquí, es porque estábamos esperando a alguien como tú. Eres nuestra única esperanza; nosotros somos los últimos Kóbdas guardianes del gran poder más custodiado de toda la historia conocida en este mundo y en los otros. Hay una misión que solo una persona como tú puede cumplir. Nosotros ya estamos viejos para estos trabajos, y por aquí los elegidos están algo escasos.
—Místrait, háblame claro, no entiendo, ¿de qué me hablas?
—Rónan, solo quiero ayudarte a liberar tu mente. Te puedo mostrar dónde inicia el camino, pero no lo puedo cruzar por ti. Tú debes elegir. Tú sabes qué decisión tomar cuando el universo te presente la oportunidad de atravesar por el umbral del portal.
—Me dejó igual, sin entender nada.
—¿Estás dispuesto a conocer el mecanismo de la vida y todo lo que te rodea?
Para mí, estas palabras tocaron en lo más profundo de mi ser. Aunque aún no entendía la verdadera intención de ellos, la situación en la que me encontraba en esta selva, a cientos de kilómetros de mi hogar, frente a un par de ancianos rodeados de tanto misterio, y que uno de ellos me propusiera una decisión tan mística y complicada de tomar, no me hizo pensarlo dos veces. Creo que se me había presentado la oportunidad que, muy en el fondo de mí, estaba buscando.
—Sí, estoy dispuesto, —les respondí.
—Esto no lo hagas por curiosidad; la curiosidad viene de tu guardián. Esta oportunidad debes sentirla desde el corazón. Este camino conlleva una gran responsabilidad que debes cumplir con mucho valor.
—Está bien, asumo la responsabilidad, no le temo a nada; ahora ya nada me asusta.
—¿Así que no le temes a nada? Tendrás mucho miedo, te lo aseguro.
—Está bien, muéstrame el camino; estoy listo.
—Muy bien, solo te digo una cosa más: una vez que atravieses la puerta, ya no hay regreso; no hay vuelta atrás. ¿Estás dispuesto a seguir con esto?
—Lo acepto, pero, ¿a dónde voy a ir?
—A un lugar muy, muy lejos. Primero, debes tomarte esta infusión de hierbas; solo te va a relajar. Se requiere que estés tranquilo para entrar al camino.
Era una bebida algo caliente. Confié en su palabra y le di el primer trago, pero al tomarlo, no lo sentí tan caliente como yo pensaba; al contrario, estaba helado. Sentí cómo la bebida bajaba por mi esófago hasta llegar a mi estómago. Tuve que sentarme; me sentía muy pesado, pero Místrait no lo permitió. Me llevaron al barril cargado entre él y Róleux. No podía caminar bien; trataba de luchar contra lo que sentía. Algo raro tenía ese té, tal vez algún tipo de relajante.
No podía hablar; sentía mi lengua larga hasta mi pecho y mis piernas como hilos de seda que se doblaban con el viento. Al llegar al barril, Místrait me volvió a preguntar:
—Es tu decisión, Rónan. ¿Aún quieres continuar? Estás a tiempo de detener esto. Si te arrepientes, no pasa nada; podemos aún revertir esto.
Balbuceando, le contesté:
—Acepto, continuemos con el plan.
—Vas a tener una violenta iniciación, muchacho.
Vi cómo Místrait miró la cara de Róleux mientras le hacía un movimiento con la cabeza, diciéndole mentalmente: "Adelante con el plan".
En eso, Róleux abrió el barril con tan solo tocar una orilla de la tapa. La levantó y la puso a un lado. Me acercaron al barril y me dijeron:
—Vas a tratar de ver el fondo del barril; toma aire lo más que puedas y sostenlo. Aquí te cuidaremos, no temas; tu intuición te guiará por donde necesites caminar. Desconozco a donde te manden, eso no lo controlo yo, pero a donde quiera que llegues, haz lo correcto y busca respuestas. Una cosa más, Rónan, si llegas a donde espero que llegues, debes buscar a un amigo llamado Búrtok. Él te ayudará a regresar y te orientará en lo que tienes que aprender.
—Está bien, —le dije con mi voz titubeante.
No sentía mi lengua ni mis dientes; era como si estuviera anestesiado. Mientras yo babeaba, me sujeté de la orilla del barril y, por fin, estaba en la cima de mi curiosidad. Vi la sombra de mi rostro reflejada en la superficie del agua que contenía el barril; estaba lleno casi hasta el borde. Alguien de ellos empujó mi cabeza; sentí cómo el agua fría mojaba mi rostro, mis oídos y mi cuello. Después de unos segundos, abrí los ojos y logré ver la profundidad del barril.
Observé una luz circular en el fondo, pero me preguntaba:
«¿Cómo puede haber luz aquí dentro; esto es un barril cerrado?»
No podía sacar ya mi cabeza; sentí que me ahogaba. De pronto, ya no pude más; tuve que cerrar mis ojos y tragar un poco de agua. Pero en cuanto di el primer sorbo de agua, fue allí donde sucedió todo.
Mi desesperación al sentir que me ahogaba, y al dar un segundo sorbo, este ya no era de agua. Lo que entró por mis pulmones fue oxígeno, y al abrir mis ojos, vi aquella luz que poco a poco iba tomando forma y después se convirtió en una gran luna llena. Realmente era la luna. Conforme pasaban los minutos, mis sentidos iban armando aquel rompecabezas que mi mente había desacomodado momentos atrás. No podía moverme; no sentía mi cuerpo, ni mis manos, ni mis piernas, y no podía hablar; solo podía mover mis ojos y percibir lo que había a mi alrededor.
—¡Místrait! ¡Místrait! ¡Mistraaaait! ¡Róleuuux! —Le grité con voz flemática.
No escuché ni una respuesta, solo el eco de mis gritos. Pensé que me habían abandonado aquí, pero no era el mismo bioma donde estaba con Místrait y Róleux. Esto ya no era una selva; era un bosque frío, estaba nevando, caían pequeños cúmulos de nieve en mi cara y mi cuerpo. Lo primero que pensé fue que iba a morir de hipotermia.
Me embargó el temor por no saber qué sucedía. Bien me dijo Místrait: "Vas a tener miedo, lo tendrás". Minutos después, por fin empecé a sentir mis piernas y mis brazos. Pude ponerme de pie, pero el frío era cada vez más intenso. Sentía como si no hubiera caminado durante mucho tiempo, de tan entumecidas que estaban mis piernas. Me levanté tambaleando, y vi cómo una lechuza me observaba desde la rama de un pino. Tomé una rama de un arbusto y cubrí mi cuerpo como pude.
Mirando a todos lados, tratando de buscar un refugio para cubrirme del frío, mi esperanza iba disminuyendo poco a poco. No se veía ni una casa cerca. Quería hacer circular mi sangre haciendo ejercicio; caminé y caminé entre la espesura del bosque sin un rumbo fijo.
Recordé lo que me dijo Místrait: "Hombre, levántate y camina". Pensé que, para encontrar el camino, debía atravesar el bosque, matando a mi guardián. Caminé hasta que ya no pude más; el sol empezó a salir y el frío cada vez era más intenso. Sentí que perdía el conocimiento. De pronto, vi todo oscuro y caí al suelo.
Cuando desperté, percibí un olor a leña y un delicioso aroma a sopa caliente. Había una muchacha a mi lado con un paño de tela en mi cabeza limpiando mi sudor. Tenía mis pies más tibios, al menos no morí de hipotermia como pensé. Cuando la miré a los ojos, ella también me miró y me dijo:
—Ya estás mejor, pronto te pondrás bien. Debes comer algo para que recuperes fuerzas. ¿Tienes hambre?
Cuando la mire, quedé anonadado al ver ese hermoso rostro. Era la chica más hermosa que había visto en mi vida, pensé que había muerto y ella era un ángel que me estaba cuidando, pero tenía que descubrir primero qué sucedía aquí.
Noté algo raro en mi voz y en las palabras que salían de mi boca. Mis pensamientos los entendía perfectamente, pero de mi boca salían palabras extrañas. No era mi lengua materna; era un idioma diferente que yo desconocía.
—¿Dónde estoy? —le pregunté a la joven en ese idioma extraño.
—Estás en nuestra casa. Te encontraron mis hermanos y mi padre cuando iban de cacería hace cuatro días.
—¿Hace cuatro días? ¿¡Pero qué rayos está pasando aquí!? ¿Entiendes lo que digo?
—Sí, claro, perfectamente, —respondió ella, sorprendida por mis preguntas.
Me miró con ojos de asombro. Yo no comprendía lo que sucedía. Estaba hablando en otro idioma. Lo extraño es que lo hablaba con tanta fluidez y lo comprendía como si fuera mi lengua materna, pero mis pensamientos eran en español.
—¿Quién eres y de qué aldea vienes? —me preguntó ella.
—No recuerdo mi nombre, pero creo que soy de Guadalajara, soy soldado del Ejército Mexicano, ¿y qué lugar es este?
—¿Dónde está Guadalajara? ¿Eres soldado? ¿Qué es un soldado? ¿De qué comarca vienes?
«Notoriamente, esto es un sueño, ¡no puede ser cierto! ¿Qué me dieron aquellos ermitaños?»
Traté de controlar mi mente y emociones. Sabía que esto era parte de la bebida que me dio Místrait. No sabía que hubiera algo que hiciera alucinar con tanto realismo y perfección, hasta el punto de dudar de mi propia realidad.
Levanté mi mano para ver la hora, pero no tenía mi reloj puesto, ni mi uniforme. No podía ver mi arma por ningún lado. Estaba completamente desnudo; solo llevaba puesta una extraña túnica color gris, hecha de alguna especie de piel de animal peludo, pero de pelo muy fino. No era sintético, ya que olía a sudor. Miré de nuevo a la chica, toqué su rostro y le pregunté:
—Dime que estoy soñando.
—Acabas de despertar, ya no estás soñando, —me respondió ella, riéndose burlonamente.
Limpié mis ojos y me levanté. Era un lugar extraño, no era una casa común, ni tampoco una cabaña. Era una especie de cueva, olía a humedad, había gallinas, borregos y chivos. Estaba sobre un piso de piedrecillas; el techo estaba hecho con palos y hierbas, mezcladas con lodo, y había algunos nidos de avispas en ciertos rincones del techo. Al frente, tenían la puerta principal hecha de troncos delgados, amarrados con cuerda muy delgada. Al centro, había una mesa de madera sostenida con troncos, y como sillas, varios cubos de piedra cubiertos con piel de animales. En los muros, tenían varios huecos muy grandes. En uno, almacenaban alimentos, como semillas y carne seca; me imagino que esos huecos los usaban de alacena. En otro hueco, tenían animales, como gallinas, patos y un cerdo.
Tenían cuatro cubículos más que se usaban como recámaras o habitaciones, y a un lado, una pileta con agua. Todo estaba esculpido en la pared de piedra; todo formaba parte de la misma estructura, una gran obra que debió requerir mucho trabajo.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté a la chica.
—Me llamo Mara, ¿y tú cómo te llamas?
—Yo me llamo... me llamo… ¡Rayos, no recuerdo mi nombre! Creo que recuerdo algo… sí, ya lo recuerdo… me dicen Rónan.
—Jamás había escuchado ese nombre, no eres de aquí, ¿verdad?
—No sé qué lugar sea este; necesito ubicarme y encontrar a mis compañeros.
Ella se quedó mirándome. No sabía nada de lo que yo le decía, y para ella, yo era un completo extraño.
—Aquí cerca está la aldea de Nórvaliks, al sur de Cerro Grande, —respondió ella.
—¿Dónde está eso? No me suena ese lugar.
—Te entiendo. Yo jamás he salido de aquí; solo mis padres y dos de mis hermanos conocen más allá del bosque.
—¿Del bosque? Pero este bosque no es como la selva donde me encontraba, es extraño, no debería haber nieve.
—Casi termina la nieve; comienza la temporada caliente y la nieve se derrite.
—Dime algo, ¿cómo me encontraron? ¿Cómo llegué aquí?
—Mis hermanos y mi padre te encontraron hace unos días cuando salían a cazar. Estabas desnudo, enterrado entre la nieve; solo se asomaba uno de tus brazos y por eso es que te lograron ver, estabas casi muerto. Cuando llegaste aquí, tenías un tono muy pálido en algunas partes de tu cuerpo. Mi madre te puso una bolsa de piel con agua caliente y dijo que ibas a amanecer mejor, de allí, es todo lo que sé.
—Muchas gracias por su ayuda. Aún tengo partes duras en mis pies, tengo ampollas en los dedos y no los siento aún, pero ya están rojos; quiere decir que la congelación está disminuyendo.
—Mi familia es bondadosa; ayuda a todo aquel que lo necesita.
—¿Y dónde están todos? ¿Por qué estás sola?
—Normalmente, todos salimos a buscar alimento por las mañanas, solo que mi madre me ordenó que te cuidara por si despiertas. Mis hermanos y mi padre salieron de caza; mi madre salió con mi hermanita a recolectar frutos del bosque.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Somos cuatro hermanos y una hermana; mi papá, mi mamá y yo.
—Tienes suerte de tener hermanos; yo soy hijo único. Por cierto, necesito salir; quiero tomar aire fresco.
—Sí, vamos, pero ¿ya puedes caminar?
—Sí, un poco, lo intentaré.
Cuando salí, todo era extraño. El bosque era diferente, las copas de los pinos tenían mucha nieve y hacía demasiado frío. Cuando estaba afuera, pude ver realmente la casa donde vivían, y me sorprendió más al ver que era una casa bajo tierra. Solo tenía unas escaleras de troncos que bajaban hasta una puerta; era su único acceso a su hogar. El resto de la casa estaba casi bajo el suelo. Había un olor extraño en el ambiente, como a leña y excremento de cerdo.
—Así son todas las casas de toda la comarca; nos cubrimos del frío y no nos ven desde lejos.
—¿Y por qué no quieren que se vean de lejos?
—Porque por aquí hay gente mala que roba y mata sin piedad. Esta es una forma de ocultarnos y estar protegidos.
—¿Por qué no reportan eso a las autoridades?
—¿Qué son las autoridades?
«Creo que ella no tenía idea de lo que le estaba hablando, mejor cambio de tema.»
—Dime algo, ¿qué fecha es hoy?
—¿Qué significa la fecha?
—¿No sabes qué es una fecha? ¿Nunca fuiste a la escuela?
—¿Qué es la escuela?
—¡Rayos! pero…
—¿Qué son los rayos?
—Mira, la fecha es una medida de tiempo que se usa para contar los días del año; por cierto, ¿en qué año estamos?
—No sé nada de eso, solo sé que mi papá cuenta las lunas llenas cada 34 días.
Ahora yo estaba confundido. ¿Cómo es posible que esta gente no sepa qué es una fecha? Hasta la gente sin educación sabe qué significa eso. No sabía dónde me encontraba, no sabía qué fecha era, y no podía moverme bien. Mis piernas estaban algo duras por el frío. Era tan real todo esto; no era un sueño. Estaba allí, parado frente a ella, en un lugar desconocido para mí.
Comencé a notar algo extraño en mí. Cuando ella me preguntó mi nombre, me costó trabajo recordarlo, y así como este detalle, empecé a sentir que algunas cosas de mi vida no las recordaba como debería. Espero que con el tiempo empiece a recordarlas.
No tenía idea de la hora, pero por la posición del sol, calculaba que era mediodía. De pronto, vimos unas siluetas que se acercaban allá en el bosque. Era la señora, madre de Mara, y su hermana Mía. Las dos venían con canastas llenas de frutas silvestres. Al verme, la señora me observaba de una extraña manera y me preguntó:
—¿Cómo te sientes, muchacho?
—Ya un poco mejor, gracias, señora.
Ya no me contestaron y entraron a lo que llamaban "dóma". Me imaginé que así le decían a su casa.
Decidí quedarme sentado afuera, debajo de un árbol, meditando sobre lo que sucedía. Mara entró con su madre y su hermana. De pronto, llegó el resto de la familia; el señor y sus cuatro hijos me veían de la misma manera que la señora.
—¡Hola! —les dije al pasar.
Solo el señor me contestó, moviendo la cabeza de arriba a abajo. Después, lentamente entraron todos a su casa, yo esperé afuera por un tiempo, aproximadamente 20 minutos. Luego, salió el señor con el mayor de sus hijos. Me observaron por un momento, y el señor me preguntó:
—¿De dónde vienes? ¿Qué hacías en el bosque? ¿No sabes que hay plóji cheloviek en la noche?
—Soy de la ciudad de Guadalajara, —le contesté.
—¿Dónde está eso?
Yo, ignorando todo lo que sucedía y no comprendiendo bien mi situación en el espacio-tiempo, seguí respondiendo al señor.
—Está en Jalisco, México.
—¿Dónde está eso? ¿Acaso eres de la tribu de los Kronnes?
—No, y no sé cuál es esa tribu.
—No sabemos quién eres ni de dónde vienes, pero cuando te repongas de tus piernas, te largas de aquí. No quiero que después venga más gente loca como tú e invada la comarca y contamine la mente de todos nosotros. Después, no sabríamos cómo deshacernos de ustedes.
—Sí, no se preocupe, en cuanto me sienta mejor me voy de aquí.
Me mantuve en silencio, mirándolos. En ese momento, salió Gis, la esposa del señor, con algo de comer. Ya moría de hambre. Me trajo una vasija de barro y un coco partido a la mitad, que usaban como plato. Era un guiso de espárragos con una especie de tomate, aunque no sabía a tomate como yo lo conozco, pero olía bien. Me dieron un trozo de pan, y en otra mitad de cáscara de coco, un poco de agua.
No me permitieron entrar a su casa; estuve todo ese tiempo sentado al pie de un árbol. Más tarde, llegó Mía, la hermana menor de Mara, y se llevó la vasija y el coco donde tomé agua. Mientras seguía sentado debajo de aquel árbol, pensaba qué hacer en ese lugar extraño y desconocido.
Estaba totalmente desubicado; aún no aceptaba lo que estaba sucediendo, y por lo que estaba analizando, esto no parecía ser México. No tenía idea de dónde estaba, pero cada vez lo sentía más real.
Pasaron unos minutos y comencé a darme cuenta de algo. Mis recuerdos se estaban desvaneciendo. Cada minuto que pasaba aquí, se me iban olvidando recuerdos importantes de mi mundo. Ya no recordaba el nombre de mi madre, y algunos recuerdos de mi vida original se iban borrando. Esto me llenó de temor. Si desaparecen mis recuerdos, estaría en un gran problema, porque sería imposible saber cómo regresar, y tal vez, ya no estaría interesado en mi mundo, quedando atrapado aquí para siempre.
Caminé unos metros hasta llegar a una roca que estaba cerca de la casa de ellos, al pie de un arroyo. Tomé una piedrecilla con filo y comencé a escribir en otra roca más grande mi nombre, mi matrícula de guerra, el nombre de algunos amigos, escribí el nombre de mi país y todo lo que podía recordar. No quería olvidar por completo toda mi esencia.
Al regresar a la casa de ellos, estaba Moa, el hermano menor, cortando leña. Le pregunté si le ayudaba, y sin decir nada, solo me dio una especie de hacha que era una piedra muy filosa, amarrada a un tronco muy resistente. Comencé a partir trozos de madera junto con él para el fuego de la noche.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó el niño.
—Rónan, ¿y tú?
—Yo me llamo Moa, ¿vienes de las tierras de Zórkan?
—¿Quién es Zórkan? —le pregunté.
—Es rey de la tribu del norte y son enemigos de casi toda la comarca.
—No, no soy de allá. Yo vengo del oriente, donde todo es paz y tranquilidad.
—Papá dice que en el oriente no hay nada, solo mar, piratas y grandes dragones.
Cuando el niño me dijo eso, se me ocurrió una idea genial.
—Sí, de allá soy. Vengo de donde hay dragones y piratas; de hecho, he matado a dos dragones, —le respondí al niño, esperando que funcionara mi plan.
—¿Es verdad que has matado dragones? Platícame cómo son.
—Mejor te cuento ya que terminemos de cortar más leña, y si mañana me quedo aquí, te platico todo, y hasta te enseño cómo matar dragones y pangolines gigantes, ¿cómo ves?
—Bien, les contaré a mis hermanos que eres un guerrero y peleas contra los dragones del oriente.
En eso, se acercó el padre de ellos y se dirigió a Moa.
—Moa, ve con tu madre; ella te necesita.
—Está bien, papá, ya voy.
Tenía un reto: convencer al señor de que me dejara quedarme un tiempo más. No podía andar solo en el bosque; no conocía este lugar, ni a nadie, y no sé qué tipo de gente podría encontrarme por allí, deambulando como un perfecto forastero. Así que mi trabajo era convencerlo discretamente.
—Le ayudé a Moa a cortar algo de leña; veo que se va a necesitar, hace mucho frío.
—Veo que eres trabajador y útil. A Moa lo noté algo diferente; ese niño nunca habla con nadie, ni con nosotros, y contigo habló como nunca. Sígueme, te voy a llevar con Búrtok; necesito un consejo de alguien más para saber qué voy a hacer contigo.
—Como usted ordene... un momento, ¿dijo Búrtok?
—Así es, es un amigo. Él es quien nos ayuda cuando nos enfermamos y nos orienta en casos difíciles.
«Me sonaba ese nombre, no sé dónde lo escuché, pero dejaré fluir la situación a ver a dónde me lleva mi destino.»
Caminamos por una vereda entre el bosque, buscando la casa de Búrtok.
«No sé por qué me suena ese nombre, pero lo seguiré. Vamos a ver qué nueva información descubro que me ayude a regresar a casa. No sé si ese tal Búrtok me pudiera ayudar, ni qué pensará de mí, así que dejaré que el destino me guíe.»
Después de ir tras el Señor por una hora, por fin me habló. Ya me estaba incomodando ir con alguien en total silencio.
—A todo esto, ¿cómo te llamas, muchacho?
—Me llaman Rónan.
—Yo me llamo Ráizorg. Espero que todo salga bien y termine en buenos términos, depende de lo que me diga Búrtok. Si él dice que no eres alguien de confianza, tendrás que irte de mi familia.
Después de caminar durante aproximadamente 45 minutos, llegamos a un lugar extraño, pero a la vez maravilloso: una isla en medio de un pantano. El agua estaba tan turbia que se veía muy espesa, tal vez porque hacía tanto calor que el agua al calentarse genera más microorganismos de lo común, solo esperaba no caer allí dentro. Para llegar a la casa de Búrtok, teníamos que cruzar un camino hecho de troncos clavados en el fondo del pantano, colocados de tal forma que formaban un camino con un metro de separación, donde se pisaba en la parte sobresaliente del tronco. Íbamos pisando de uno en uno, guardando equilibrio, teniendo cuidado de no resbalar y caer al pantano.
Por fin, llegamos a la orilla de la isla. Era un buen lugar para protegerse de los animales salvajes y enemigos, pero no de los depredadores acuáticos, ya que, al cruzar por los troncos, noté algo extraño en el agua. Durante todo el recorrido por esos troncos, sentí la presencia de algo que nos acechaba desde debajo del agua, algo que se movía y nos observaba todo el tiempo, aunque era difícil ver por la neblina y el agua tan turbia.
Al pisar tierra firme, el lugar se ponía más interesante. La neblina seguía densa, las luciérnagas eran enormes, del tamaño de una cucaracha de Madagascar. Era impresionante verlas volar por todas partes, iluminando el lugar como lámparas en un parque.
—Hemos llegado al hogar de Búrtok. Te aconsejo que no le mientas; habla sinceramente con él y dile todo lo que sabes.
—Sí, lo haré, pero ¿quién es él?
—Es un viejo amigo, de él depende si te quedas en la familia o tendrás que irte.
«Ráizorg tiene muy mal genio, en el poco tiempo que llevo de conocerlo, nunca lo he visto sonreír; tiene un humor negro, así que no todo lo que diga me lo tomaré en serio. Pero sé que muy en el fondo es una persona bondadosa.»
Al dar los siguientes pasos a la casa de Búrtok, las luciérnagas nos permitieron ver todo más claro con su intensa luz. Era una casa tipo madriguera, un montículo de tierra, con piedras muy grandes de dos metros de altura en forma de columnas en la entrada de su casa, todas cubiertas de árboles y musgo. Se veía entre esas piedras una puerta de madera, escondida entre los arbustos. Había dos obeliscos a cada lado de la puerta; uno era de color blanco, y el otro, negro. Tocamos la puerta, pero nadie respondió. Entramos a la casa y bajamos algunos escalones. La casa estaba por debajo del nivel del suelo; por dentro, la habitación era demasiado grande y de forma circular. El techo era cónico, en el centro tenía una ventana por donde entraba un poco de luz de luna.
La habitación estaba vacía; no había casi nada, solo un muro de piedra en el centro que dividía la habitación en dos partes. Del otro lado se encontraba una manta en el suelo, que parecía ser la cama de alguien.
—Ráizorg, creo que aquí no vive nadie; está solo.
—Espera un momento más. Así es la vida de Búrtok; él vive apegado a la naturaleza y no a las cosas, por eso no tiene casi nada en su casa. No se encuentra aquí porque creo que está buscando su cena.
—Vaya forma de vivir, sin diversiones.
—Aquí nadie se divierte, solo cuando eres un Malchik.
—¿Qué es un Malchik? —le pregunté.
—Un Malchik es alguien como Moa, pequeño y travieso.
—¿Te refieres a un niño? Ya entiendo. De donde yo vengo, todo el mundo se divierte. Hay muchas formas de hacerlo: hay tradiciones y regalos, fiestas y lugares de esparcimiento.
—Mira, muchacho, no sé de dónde vengas, pero no entiendo nada de lo que me dices, aquí no hay nada de diversiones como las que me platicas.
Mejor decidí no explicarle nada. Él no comprendía lo que le decía. Tendría que limitar mis explicaciones y ponerme a tono con su mundo. En ese momento, escuchamos unos pasos entre la maleza y alguien entró; era Búrtok. Menuda sorpresa, traía un extraño animal muerto colgado del hombro, parecido a un perro, pero con trompa de cerdo. Las patas traseras no eran como las de un perro común; tenían rodillas parecidas a las humanas. Al entrar, saludó a Ráizorg y luego volteó hacia mí. No supe qué decir; era un tipo muy extraño. Medía unos dos metros de estatura aproximadamente, tenía cabello largo, de color azul marino, muy oscuro, y barba larga con algunas canas. Por su presencia, se percibía que era una persona de edad avanzada, pero aparentaba tener unos 30 años. Tenía los ojos más extraños que había visto: eran color azul turquesa y no tenía la parte blanca de los ojos; eran totalmente azules.
—Tú no eres de aquí; eres un Isbrani, sé reconocer a un Initsírovani tan solo al verlo. Tú no navegas con los ojos cerrados y fuiste enviado por el código del cristal.
—No recuerdo cómo llegué aquí, solo recuerdo que desperté en el bosque.
—Yo sé cómo llegaste; debiste hablar con ciertos guardianes, Kórdix. Nadie en este mundo tiene el poder de hacer esto; tu presencia te delata.
—Sí, recuerdo algo. Ellos pusieron mi rostro en el barril y después ya no recuerdo nada…
—¿Así que siguen usando un barril? Me doy cuenta de que ellos están bien. ¿Cómo se llaman los guardianes? —me preguntó.
—Uno se llama Mist… No puedo darte sus nombres; primero explícame qué está pasando.
—Debes tener cuidado; corres peligro en este mundo. Hay quienes buscan el cristal, y por eso harían cualquier cosa por encontrar a sus guardianes y quedarse con su poder.
—Necesito que me ayude a encontrar el regreso a casa, —le contesté.
—Debo decirte algo, muchacho; es imperativo que lo sepas. Tú eres quien se esperaba que llegara algún día. Así que, si entraste por la puerta del cristal, es porque fuiste elegido por ellos, y si ellos te eligieron, fue porque percibieron en ti la fuerza que llevas dentro. Tienes en ti el código que se necesita para entrar al conocimiento oculto, y eres digno de aprender ese gran secreto. Voy a explicarte lo que yo sé y lo que debes saber; espero que con esto puedas ver un poco de la luz que necesitas.
Me tomó del hombro y fuimos caminando por el bosque. Los árboles eran tan altos y frondosos que oscurecían casi todo el bosque.
Mientras él me contaba la historia, yo contemplaba los rayos de sol que alcanzaban a entrar por los pequeños huecos, dejando pasar un poco de luz por las ramas de los árboles. En tan solo un rayo de luz, se podía ver una gran variedad de insectos brillantes volando e iluminando todo el lugar. Era increíble presenciar este ambiente único: un tono claro, oscuro, un olor a musgo y los insectos regalándonos ese sonido de paz. Quedé hipnotizado por un momento de tanta quietud, que me distraje de lo que me contaba Búrtok. Después, llegamos a un tronco de un árbol caído, y él se sentó para continuar contándome la historia.
Hace muchas, muchas lunas, nuestra civilización no era como la conocemos ahora. Cuentan los ermitaños de antes que…
"Hace mucho tiempo, la raza de seres pensantes que vivían en aquella época, convivían en armonía con la naturaleza. No tenían el conocimiento del bien y del mal; eran seres inocentes, como los animales. Únicamente vivían para existir. Su hogar estaba entre árboles o grutas, entre el mundo de abajo y el de la superficie. Nuestro lenguaje era básico; nos comunicamos con la mente en vez de palabras, o usábamos sonidos en forma de un canto sublime para comunicar algunas ideas, lo suficientemente conscientes para vivir en armonía y respetar la naturaleza. No había esa separación entre el reino animal y nosotros; éramos uno con ellos.
Nuestra apariencia era algo diferente. Eran de piel oscura, llena de vello en la mayor parte de su cuerpo, altos y musculosos, aunque más parecidos a los Obesyan, y les llamaban Perbiy. También cuentan las antiguas tribus del sur, según sus pinturas en piedra dentro de sus cuevas, que un día observaron unas luces en el cielo que duraron suspendidas aproximadamente 3 lunas. No se movían, no hacían nada, solo permanecían allí, inmóviles, hasta que cierto día, una de esas luces comenzó a bajar. Se detuvo en la cima de una colina y tardó cinco días en hacer algún movimiento.
Todos los seres conscientes de aquella región se establecieron alrededor de esa esfera brillante de un inmenso tamaño. Durante el tiempo que estuvo suspendida allí, le llevaban ofrendas de frutos frescos y le cantaban todos los días. Creían que era un dios que había venido a visitarlos. Estaban felices por su visita, a la vez que le temían por ser algo desconocido para ellos. Otros pensaban que venían a dañarlos y se mantenían a distancia de ese lugar, pero como no estaban seguros, trataban de portarse benevolentes con esa presencia.
Según dicen los ancianos que aprendieron a descifrar las pinturas en las piedras y manuscritos, los seres de aquellos tiempos aprendieron a pintar únicamente lo que ellos veían. Explicaban que un día salió de esa luz un gran ser, mucho más alto que ellos, de piel blanca, delgado, con ojos de color violeta y caminaba erguido. Les hablaba con señas, y aunque ellos no le entendían, fue allí donde escucharon por primera vez la palabra hablada, un lenguaje muy complejo para ellos.
Desde que estos seres hicieron contacto con los Perbiy, tiempo después, había ya varias esferas suspendidas en el cielo. Muchas se dispersaron por todas partes y regiones conocidas de este mundo. Al parecer, eran seres benevolentes. Cuentan los antiguos que su misión era ayudar con la evolución de este mundo.
Pero había un detalle: los Perbiy no aprendían como ellos esperaban. Su cerebro no estaba preparado para recibir el conocimiento que estos seres quieren transmitirles. Aunque los Perbiy eran seres muy básicos, el conocimiento no es propio del cerebro, sino de la piña que tenemos dentro de nuestra cabeza. Esta piña, según la evolución de cada uno, nos conecta con todo el Dujab.
Los Perbiy tenían esta capacidad de conexión con el Dujab, pero no de pensar o razonar. En su proceso por acelerar esta evolución, estos seres que venían en esas esferas luminosas decidieron hacer una pequeña modificación en la estructura de los cuerpos de los Perbiy. Así que, dentro de esas luces donde ellos llegaron, se dedicaron a trabajar. Los Perbiy comenzaron a darse cuenta de que algunas de sus hembras eran secuestradas durante la noche y traídas de nuevo a su aldea al amanecer.
Tiempo después, empezaron a ver un gran cambio en sus vidas. Los bebés que nacían eran diferentes a los Perbiy; estos bebés comenzaron a nacer de un mayor tamaño, pero muchas hembras morían al momento de dar a luz. Los recién nacidos tenían una apariencia diferente; ya no tenían tanto vello en su piel, y su color era un tono más claro. Las orejas eran puntiagudas, como una hoja de árbol.
Había otro detalle: los nuevos niños nacían diferentes… Sí, eso dije: "niños", porque solo nacían varones. No nació ninguna hembra así. Además, esos niños no pensaban como el resto de los Perbiy; parecía que tenían problemas para aprender las tareas que se les asignaban. En ese tiempo, nacieron 200 niños en total, y de todos ellos, ninguno alcanzó el conocimiento que esos seres esperaban. Estos nuevos Perbiy eran obedientes; hacían todo lo que les pedían, pero no razonaban correctamente; eran solo unos "animalitos" dóciles. Les llamaban Ábiets, que significaba "animalito obediente".
Pasaron más lunas y continuaron los secuestros de las mujeres de diferentes tribus. Esos seres seguían trabajando para lograr crear un ser más inteligente que pudiera hacer el trabajo necesario para construir una nueva civilización y que fueran compatibles con las tareas de este mundo.
Hasta que un día, desapareció un niño de aproximadamente 12 zimy. Este niño…
—Perdón que te interrumpa, ¿qué significa zimy?
—Zimy significa una época de nieve. Es cuando hace más frío en el año y el sol está en el horizonte.
—Ya entiendo, es como el invierno o fin de año. Quieres decir que era un niño de 12 inviernos, o 12 años. Continúa, Búrtok, sígueme contando.
—Te decía que ese niño…
"Ese niño era la mitad de los seres de las esferas brillantes y la mitad Perbiy. Era más inteligente que los anteriores Ábiets. Su nombre era Kadámu, estaba más evolucionado que el resto de su raza. Tiempo después, fue regresado a su aldea. Ya no era el mismo niño que cuando se lo llevaron; regresó con un conocimiento superior que le fue dado allá, en aquella esfera de luz. Él fue quien comenzó a enseñar a ciertos Perbiy un conocimiento diferente y elevado, que solo se impartía en un templo que él mismo les enseñó a construir. Fue aquí donde comenzó la preparación de la nueva raza en este mundo.
Después de haber escuchado semejante historia, me quedé impactado. Jamás había conocido algo similar. Me parecía una historia fantástica, pero la forma en que él la contó, la iba imaginando como todo un cuento de fantasía, rompía toda construcción de mi sistema de creencias religiosas. Sin embargo, ahora que estoy viviendo esta experiencia, todo puede ser válido. Hice una pausa para digerir mejor esta historia, y después continuó platicando.
—¿Entonces me dice que Kadámu es el padre de la raza de este mundo, tal como se conoce ahora? —pregunté.
—Así es, esta increíble historia ha sido transmitida de labios a oídos, y de generación en generación.
—Creo que tenemos un poco de tiempo; me interesa saber más. Cuénteme sobre Kadámu. ¿Qué pasó con las mujeres que raptaban esa raza de seres?
—Muy bien, te contaré lo que me platicaron a mí los antiguos.
"Esos seres que llegaron en aquellas esferas brillantes se hacían llamar Éntrix, ya que Kadámu los mencionaba de esta forma, y en su escaso lenguaje, ellos tenían poderes que nadie en este mundo poseía". También tenían un vasto conocimiento para el control de todo lo que nos rodea, sobre todo la naturaleza. Podían hacer casi todo lo que deseaban, y observaron que Kadámu era el elegido para iniciar una nueva raza que podría acelerar la evolución de este mundo. Era demasiado adelantado para la especie de vida inteligente de aquel tiempo, respecto a los Perbiy originales. Kadámu era único, ya que el resto de los Perbiy no alcanzaban su nivel de comprensión. Por lo tanto, fue llevado con el líder de los Éntrix para tomar una decisión sobre su destino.
Llegaron hombres y mujeres de todas partes, deseando aprender lo que Kadámu enseñaba. Para entonces, él era muy admirado por su aldea; lo veían como todo un maestro y guía; venían desde muy lejos solo para conocerlo y aprender de él.
Ya habían construido una fortaleza, la escuela principal, y todas las tardes hacían ceremonias de agradecimiento por la abundancia que recibían, donde solo los varones se reunían para recibir enseñanzas. En esa época, las mujeres no participaban en el trabajo de los hombres; por lo general, ellas se dedicaban a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos. Kadámu empezó a hablarles a sus Uchébnik sobre Metiksa más compleja, utilizando el lenguaje que los Éntrix le habían enseñado. Poco a poco, adaptaron las palabras Éntrix al vocabulario de ellos que les resultaba más cómodo, ya que muchas palabras y fonemas Entrix eran difíciles de pronunciar por la estructura bucal de los Perbiy. Así construyeron su primer alfabeto, formado por símbolos y figuras de todo tipo.
Fue así como Kadámu les explicó la naturaleza de las cosas, las plantas, las estrellas, el agua y la tierra. Les mostró el conocimiento de la moral, de cómo vivir mejor entre sus familias y sus aldeas, ya que en aquel tiempo había mucha barbarie entre todas ellas, con numerosas muertes por disputas de alimento, territorios y mujeres."
—¿Cómo fue que los Éntrix eligieron a Kadámu entre tantos Perbiy para transmitirle el conocimiento?
—Recuerda que Kadámu fue uno de los niños nacidos de aquel trabajo de los Éntrix; lo llevaba en su sangre.
—Perdón, ya recordé que me habías contado eso antes. Prosigamos con la historia, prometo no volver a interrumpir y poner más atención.
—Está bien, te sigo contando…
"Una tarde, cuando Kadámu estaba hablando con su grupo de Perbiy elegidos, descendieron dos Éntrix en esferas individuales que provenían de la esfera más grande. Al menos así lo muestran en sus dibujos en piedra, donde esos dos Entrix bajaron de sus esferas voladoras, vestidos con túnicas azules, portando una espada en la mano que brillaba con una luz violeta, tan intensa como el sol del amanecer.
Se dirigieron hacia Kadámu y le pidieron que los acompañara, pues un nuevo líder Entrix deseaba conocerlo. Pero Kadámu se resistió; no estaba dispuesto a que volvieran a experimentar con su mente y cuerpo. Estaba satisfecho con lo que sabía y le llenaba de alegría que la gente confiara en él. Disfrutaba transmitir su conocimiento, y sabía que si regresaba con los Éntrix, no podría volver con su gente. Los Éntrix sabían que Kadámu podía convertirse en una amenaza para ellos, porque comenzaba a mostrar signos de resistencia, desacato y rebeldía.
—No pienso ir con ustedes, déjenme en paz. Así estoy bien, busquen a otro para que cumpla con lo que ustedes necesitan, váyanse, —les dijo Kadámu.
—No venimos a preguntarte si quieres venir con nosotros, venimos por ti. Es la orden de nuestro líder, así que vienes con nosotros ahora mismo, quieras o no. Te lo decimos por última vez.
En ese momento, Kadámu se arrodilló ante ellos, haciéndoles creer que se había rendido y estaba dispuesto a ir con ellos. Pero tenía un plan. Tomó un puñado de arena en cada mano y, antes de que los Éntrix pudieran reaccionar, les arrojó arena a los ojos y salió huyendo, internándose en el bosque.
Los Éntrix intentaron seguirlo, pero se detuvieron al ver que se les había adelantado. Uno de ellos sacó una tabla de su bolso, una especie de aparato que les permitía ver la ubicación de Kadámu. De pronto, la espada del que sostenía la tabla empezó a iluminarse con más brillo, apuntando hacia la dirección en la que Kadámu había huido. Era como si esa luz tuviera una inteligencia propia guiándolos hacia él. Los Éntrix iniciaron una persecución; ya sabían dónde estaba, solo era cuestión de seguir la luz.
De pronto, varias luces descendieron del cielo, uniendo fuerzas para buscar a Kadámu. Las luces se reunieron cerca de la montaña donde Kadámu estaba oculto. Pasó poco tiempo antes de que las luces desaparecieran en el cielo, dejando todo en silencio. Tiempo después, los Uchébniki se dieron cuenta de que Kadámu había sido capturado y llevado con ellos. No había forma de que él pudiera ocultarse.
Pasaron 5 lunas sin noticias de Kadámu ni de los Éntrix. Los aldeanos estaban solos. Una noche, la luz violeta regresó, deteniéndose cerca de la aldea, posándose en un claro del bosque. Toda la aldea fue a ver qué ocurría, y cuando llegaron, vieron esa luz brillante, intensa, suspendida a un metro del suelo. De pronto, la luz se elevó y desapareció en el cielo, dejando el bosque en la oscuridad.
Todos comenzaron a recobrar la vista, pues el brillo de la luz los había cegado. Permanecieron en silencio, sin moverse. De repente, entre la penumbra, apareció una silueta; de pronto se escuchó una voz decir:
—No teman, soy yo, Kadámu.
Era Kadámu. Ya no era el mismo; vestía como un Éntrix y su lenguaje había mejorado. Se veía más adulto; ya no era el adolescente rebelde que escapaba de los Éntrix. Su voz era más ronca y clara. Todos, sorprendidos, guardaron silencio mientras Kadámu se acercaba a ellos y les hablaba:
—He regresado con ustedes. He hablado con el líder Éntrix; él es mi verdadero padre.
—¡Pero si tu padre es Íkor!, y él está aquí con nosotros.
—No, Íkor es solo mi padre en este mundo; el otro es mi creador.
Mirando a Íkor, su padre terrenal, que estaba allí con todos ellos, Kadámu dijo:
—Gracias, padre Íkor y a mi madre que jamás conocí, por ayudarme a llegar a este mundo. Te agradezco todo lo que has hecho por mí; te amo y te amaré siempre. Pero he conocido a mi verdadero padre; él proviene de otros mundos, y me ha enviado para ayudarles a ustedes. Para enseñarles cómo vivir en paz y que sean libres. Solo que tendrán la responsabilidad de ayudar a las civilizaciones futuras. Los Éntrix pronto regresarán al infinito y no estarán más con nosotros.
—Gracias, hijo mío, —le dijo Íkor—, yo siempre quise contarte la verdad, pero ellos no lo permitieron, yo solo te cuidé. Días antes de que nacieras, se llevaron a tu madre, varios días después la regresaron y naciste tú; aunque ella no se podía mover, estaba feliz de tocarte y abrazarte, pero días después ella murió.
Al día siguiente, Kadámu reunió a sus 10 Uchébniki, ya que esos eran los más fieles a él y tenían un sentido de la moral más desarrollado que el resto. Después, se dirigieron a la cueva de los dibujos, donde permanecieron hasta el día siguiente.
Durante todo el día, no se supo nada de ellos. Las esposas, hijas y hermanas de esos hombres les llevaron alimento, pero antes de que ellas entraran a la cueva, Kadámu salió y les dijo:
—Llévense estos alimentos y repartirlos con quienes no tienen que comer, ya que la sabiduría nos dará la fuerza y la vitalidad para vivir. El cuerpo no depende solamente del pan, sino de la fuerza del corazón.
Así que las mujeres regresaron con el alimento sin que ellos lo probaran. Aunque ellas no hablaban mucho, se despidieron de sus esposos, hijos y hermanos que estaban con Kadámu, haciéndoles saber que los estarían esperando hasta que decidieran regresar.
Por la noche, los 11 hombres salieron de la cueva y se dirigieron a ese claro en el bosque. Se colocaron en un círculo alrededor de una llamarada, tomados de los brazos, y dieron vueltas alrededor de ella. Se hincaron y, con la cabeza mirando al cielo, se comprometieron a que, a partir de ese día, serían fieles a Kadámu y ayudarían a transmitir las enseñanzas a todos los seres dispuestos a aprender el gran conocimiento de los Éntrix.
De pronto, la luz violeta volvió a aparecer en el cielo, descendiendo rápidamente hasta detenerse a poca altura sobre ellos. Era tan brillante que los demás aldeanos y aquellos que estaban en sus casas quedaron deslumbrados por su intensidad.
Los 10 Uchébniki cayeron tendidos boca abajo, incapaces de soportar la luz. Solo Kadámu quedó de pie observándola, pues era el único capaz de soportar verla directamente. En poco tiempo, la luz desapareció, y Kadámu y sus 10 seguidores ya no estaban allí; se habían ido con la luz, perdiéndose en el cielo estrellado.
Pasaron otras 5 lunas sin noticias de ellos. Los aldeanos, temerosos, no hablaban de lo sucedido. Las mujeres lloraban por sus hombres, al igual que los hijos por sus padres.
Todas las noches, la aldea se reunía en el claro del bosque donde había aparecido la luz violeta, pero no veían nada. Sus familias se quedaban allí hasta que el sol los despertaba.
En la séptima noche, la luz volvió a descender del cielo, posándose a un metro del suelo en el mismo lugar. Todos bajaron la mirada, pues la luz era demasiado intensa para soportar por mucho tiempo. Unos minutos después, la luz desapareció en el cielo, y cuando todos pudieron ver de nuevo, los 11 hombres estaban allí de pie; sus familiares los miraban con gran júbilo y alegría. Sin embargo, la mirada de ellos era diferente; ya no eran los mismos. Se notaban felices, y no venían solos; traían consigo una serie de objetos desconocidos para los aldeanos. Esos objetos eran un regalo de los Éntrix para los nuevos maestros de la futura raza de este mundo."
Desde ese día, decidieron llamarse Kórdix, que significa: "Los hermanos custodios de las enseñanzas Éntrix.
"Pasaron varias generaciones desde aquel contacto con los seres que vinieron a instruir a los Perbiy, y que mostraban un mayor raciocinio en este mundo. Los Kórdix habían evolucionado y progresado en el conocimiento a través de muchas generaciones. Todos ellos ya eran muy viejos. Kadámu había traspasado el umbral de la vida, y vivió 846 zimy. Un linaje de uno de los 10 Kórdix fue elegido para seguir preservando el conocimiento junto con algunos otros Uchébniki, con la custodia de aquellos objetos obsequiados por los seres de las estrellas. El líder Kórdix guardián de tales objetos, se llamaba Raudék. Estos Kórdix eran elegidos desde antes de nacer por un grupo de ancianos, sin apegos a lo material, con una intuición desarrollada, mejor que la de los Kórdix más jóvenes.
Cierto día, la esposa del hijo de Raudék tuvo un sueño en el que vio a unos hombres altos, de piel blanca y ojos violetas, que llegaban por la noche mientras ella dormía. Le cantaban al oído una canción desconocida, pero muy hermosa y tranquilizante. Mientras uno de esos hombres tocaba su vientre, le dijo que iba a dar a luz a un varón. Este sería elegido como guía de la nueva generación de Kórdix para el futuro. También otras mujeres de esa aldea quedarían embarazadas esa misma noche. Uno de esos seres le dijo a ella que estos niños serían los Uchébniki de su hijo que pronto nacería.
La mujer le contó a su esposo, y este platicó el sueño de su esposa a Raudék, su padre. Al escuchar la descripción de su nuera sobre el aspecto y forma de los seres que vio en sus sueños, Raudék supo inmediatamente que esos nuevos niños que iban a nacer eran parte del plan Éntrix, y que ellos estarían induciendo los embarazos. Esa noche, Raudék habló con el resto de los Kórdix, y planearon una ceremonia para dar la bienvenida a esos bebés, entre los cuales uno sería el sucesor de Raudék.
Pasó el tiempo, y nacieron aquellos niños. Cuando eran adolescentes, fueron tomados como Uchébniki y adiestrados en los conocimientos de Kórdix. Raudék tomó a su nieto elegido como su Uchébnik y le transmitió el conocimiento para ser el director del monasterio.
A cada uno de los niños se le asignó un poder, una herencia de los Kórdix. Se les otorgó el poder de la invisibilidad, de la teletransportación, de ver dentro del mundo elemental y espiritual de la naturaleza. También les dieron el poder de transmutar la materia, de controlar el tiempo, de tener el control de las dimensiones, y otros poderes más al resto de los niños Kórdix elegidos.
Cada uno de ellos alcanzó un alto grado de conocimiento y superaron el nivel de los mismos Kórdix originales. Todos conocían el lema que decía:
Estos nuevos Kórdix se situaron en su monasterio llamado Letúria, construido por generaciones anteriores. Los viejos Kórdix fueron dejando este mundo conforme alcanzaban el límite de su edad, sintiendo que habían finalizado su misión después de sostener su cuerpo físico durante mucho tiempo. Por lo tanto, estos nuevos Kórdix quedaron a cargo del monasterio, donde guardaban los secretos y los objetos dados por los Éntrix en el pasado, ya que para ese tiempo no debían ser revelados a nadie de este mundo, excepto a los nuevos Uchébniki herederos de esta sabiduría Éntrix.
Pasaron 50 lunas, y una noche, regresó aquella luz violeta del cielo. Algunos pudieron observar que la luz salió de la parte oscura de la luna, ya que había un Kórdix Sabiatek que observaba todas las noches el cielo estrellado. Fue quien dio aviso a los demás de que se aproximaba una luz, que después se situó por encima de Letúria. Eran los Éntrix, que venían a despedirse definitivamente de la nueva raza en este mundo. Ya que ellos habían estado observando a los Perbiy durante todo este tiempo, permaneciendo ocultos detrás de la luna, estudiando el avance y desarrollo que los primeros Perbiy habían alcanzado. Al heredar el conocimiento a las nuevas generaciones, ahora estaban seguros de que los nuevos Perbiy podían sobrevivir y progresar por cuenta propia, con el conocimiento y la responsabilidad que se les había transmitido. Los Kórdix como exploradores de mundos, debían seguir su viaje por las esferas celestes, ayudando con la evolución de otros mundos, elevando el progreso espiritual y material con equilibrio en mundos con vida inteligente en niveles de conciencia básica. Así que, después de una ceremonia dentro de Letúria, los Éntrix se despidieron de ellos para siempre y continuaron su viaje en busca de nuevos mundos rezagados para cooperar con su evolución.
Con el tiempo, entre aldeas lejanas se corrió el rumor de que los Perbiy custodiaban unos objetos poderosos y de gran valor bajo su custodia. Con el tiempo, comenzaron las disputas por el deseo de poseer estos cristales, pero los Kórdix eran muy celosos de tales conocimientos y se rehusaron a mostrar aquellos objetos a los curiosos.
Solo a aquellos Uchébniki sinceros y dispuestos a escuchar, se les daba una muestra de ese gran conocimiento, pero tenían que pasar por rigurosas pruebas.
Grík, un jefe de una tribu cercana, no estaba interesado en pasar las pruebas para llegar al conocimiento. Él controlaba grupos de piratas y mokriános del bajo mundo de esa región. Organizó un plan para robar los cristales, tenía hambre de poder y una ambición desmedida por poseerlos. Un día, con un grupo de mokriános armados con lanzas de huesos de animales y hachas, le declaró la guerra a los Kórdix. Se presentó ante las puertas de Letúria y llamó a Raudék:
—Raudék, entrega el poder de los dioses, les pertenece a todos en este mundo. Si no los entregas, entraremos a la fuerza por ellos.
Grík y su ejército de mokriános estaban listos para irrumpir en el monasterio.
Raudék, el líder de los Kórdix, también era guía Dujab, ingeniero, matemático, astrólogo, entre otras cosas. Ordenó a sus Kórdix rodear el monasterio por dentro para protegerlo, usando los poderes que les habían sido otorgados por los Éntrix, y aplicarlos con toda su potencia. Raudék sabía que, si no eran ellos, otros intentarían robar esos objetos. Además, debía dar un ejemplo de poder para disuadir a futuros mokriános o piratas que desearan robar esas herramientas. Tenía que actuar con firmeza y demostrar su poder a su máxima potencia.
—Hermanos Kórdix, ha llegado el momento de poner en práctica estos poderes. No nos rendiremos, lucharemos hasta el final, daremos la vida si es necesario por nuestras familias y por la sabiduría.
—Todo por la sabiduría —gritaron todos los Kórdix al unísono.
Cada uno de los Kórdix rodeó el monasterio por dentro, preparados con sus poderes tal como se les había enseñado. Sin embargo, solo un Kórdix fue elegido para demostrar el poder de uno de los cristales y defender a su pueblo. Ese Kórdix se situó en la entrada del monasterio, firme como una roca, esperando la llegada de los mokriános.
Grík, el líder de los mokriános, ordenó a su gente entrar al monasterio y asesinar a quien se interpusiera. Los mokriános corrieron hacia el monasterio, armados con las mejores armas de la época. Al llegar a la puerta, notaron que estaba abierta y se detuvieron sorprendidos por el hecho de que no había nadie protegiendo el lugar. Aun así, decidieron avanzar lentamente. Al cruzar la puerta principal, se encontraron con Zéibo, el Kórdix encargado de custodiar el poder Kreveek. Él había sido elegido por sus hermanos para protegerlo y tenía el poder de transformar la materia. Zéibo estaba parado frente a ellos, con los ojos cerrados y la mano derecha extendida apuntando a los mokriános que estaban a punto de entrar.
Al verlo inmóvil, los mokriános se detuvieron asombrados por la escena. Se quedaron en silencio observándolo y comenzaron a rodearlo. Para ellos era extraño ver a su enemigo en esa posición, inmóvil, con los ojos cerrados, esperando el primer golpe. Sin embargo, no se imaginaban lo que estaba a punto de sucederles. Todo quedó en silencio por unos instantes, y los mokriános que estaban al frente comenzaron a reírse de Zéibo.
Zéibo, con un control mental y emocional equilibrado, firme y sereno, abrió los ojos y observó al mercenario más cercano a él. En ese momento, varios mokriános se abalanzaron sobre Zéibo para someterlo y entrar al monasterio por encima de él.
Cuando los mokriános regresaron a donde estaba Grík, le contaron lo sucedido. Al ver a sus hombres en ese estado, Grík decidió retirarse y regresar a su guarida, llevándose a los desgraciados mokriános, quienes imposibilitados para moverse no podían gritar, ya que no tenían boca para hacerlo.
Fue la primera vez que los Kórdix utilizaron los poderes que les habían otorgado los Éntrix. Ese acto fue el inicio de una nueva historia en esa época. Sin embargo, con el tiempo otros grupos comenzaron a codiciar esos poderes, lo que provocó nuevas guerras por obtenerlos".
Ívka, esposa de Zéibo, Kórdix protector del poder de la transmutación, era una mujer ambiciosa, celosa y obsesiva con su esposo. Ella no entendía el compromiso que él tenía y nunca estuvo de acuerdo con que Zéibo fuera parte de los Kórdix; solo buscaba todo su tiempo para ella. Su egoísmo no le permitía ver la misión que Zéibo tenía como protector de tal poder, y no aceptaba que él tuviera que dedicar tiempo al monasterio; esto hacía que Ívka permaneciera mucho tiempo sola. Su único hijo ya estaba casado y no vivía con ellos, lo que la hacía experimentar mucha soledad mientras Zéibo pasaba varios días aprendiendo con los Kórdix y protegiendo los poderes Éntrix.
Ívka, al vivir aislada, no tenía muchas amigas. Tiempo atrás, solía reunirse con mujeres de los niveles más altos de esa región, quienes siempre hablaban de la opulencia en que vivían con sus esposos, algunos de ellos piratas, cazadores de recompensas o ladrones de caminos. Estas mujeres poseían muchas joyas que intercambiaban en aldeas lejanas y algunos de estos objetos eran regalos de sus esposos para adularlas. Sin embargo, Zéibo era un hombre humilde, de oficio leñador y protector de los poderes Éntrix, lo que significaba que debía dar el ejemplo siendo justo y leal a sus ideales. Ívka, por su parte, siempre soñaba con joyas de ónix, pulseras de ágata y bellos vestidos de la mejor lana, ya que en ese tiempo, esto era lo más deseado entre las mujeres de su entorno. Ella estaba obligada a vivir austeramente como su esposo, lo cual no coincidía con sus deseos, y fue lo que la convirtió en una mujer obsesiva y ambiciosa.
Una noche, mientras Zéibo dormía, Ívka decidió infiltrarse en Letúria a través de un pasadizo secreto que solo Zéibo y unos pocos conocían. Robó la perla de la transmutación de la caja donde Zéibo guardaba los poderes Éntrix. Su plan era cambiarla por todo lo que siempre había deseado, pero sabía que dentro de su aldea era imposible realizar el trueque de la perla sin ser descubierta. Ella desconocía el poder que este objeto tenía; para ella era solo un objeto de un valor incalculable. Por ende decidió entonces venderla en una aldea lejana, sabiendo que tenía toda la noche para hacerlo. Partió al caer la noche, ignorando los peligros que le aguardaban.
Tú sabes que los ciclos de sueño son en dos etapas; la gente no duerme toda la noche. Las personas seguimos un ciclo natural del sueño: nos acostamos poco después de la puesta del sol y nos despertamos unas horas más tarde para realizar actividades como si fuera de día. Estas horas son aprovechadas para completar tareas pendientes o visitar a los vecinos, antes de volver a dormir hasta el amanecer. La gente duerme en dos etapas con un intermedio a medianoche. Ívka, sabiendo esto, preparó su plan, y antes de que Zéibo se durmiera, le dio una mezcla de hierbas en su bebida nocturna, asegurándose de que él durmiera toda la noche y no despertara hasta el día siguiente".
—Yo no sabía de esto; de donde vengo dormimos la noche completa. Probablemente es porque tenemos luz eléctrica las 24 horas y nos dormimos más tarde, y sin darnos cuenta usamos la tecnología para suprimir nuestro lado natural de dormir en las dos etapas.
—¿Luz qué? —preguntó Búrtok extrañado por mi palabra.
—Creo que no entenderías que es eso, perdón, Búrtok, continúa explicándome.
Búrtok me miró con ojos de "Ya cállate y déjame contarte la historia", así que dejé mi curiosidad a un lado y permití que continuara su explicación.
"Ívka se dirigió a la aldea próxima para hacer el trueque. Viajaba sola por un camino en el bosque, y su compañera la oscuridad, llevando con ella solo una antorcha para iluminar su camino. De pronto, sintió que alguien la seguía y fue sorprendida por un grupo de mokriános que trabajaban para Grík; ellos vigilaban de cerca la aldea de los Kórdix. Fue capturada y llevada a la fortaleza de Grík.
Cuando los mokriános presentaron a Ívka ante su líder inmediato, le explicaron que era una mujer de la aldea de los Kórdix y que deambulaba sola por el bosque de noche.
—Gáspod, encontramos a esta mujer deambulando por el bosque, y la traemos para que usted decida qué hacer con ella.
—¿Quién eres tú, mujer? ¡Contesta! —le preguntó el líder de los mokriános con voz fuerte.
—Salí a buscar a los animales de mi granja; los extravié hace dos días y no los encuentro, señor.
—¿Y por qué de noche y sola? ¿De dónde eres?
Ívka no quería que descubrieran el objeto que llevaba, ya que seguramente se lo quitarían sin darle nada a cambio. Prefería hacer el trueque con un desconocido y obtener algo valioso, en vez de que Grík se quedará con la perla.
—No tengo a nadie más que pueda buscarlos, así que fui yo sola. Soy Ívka de la aldea Kátria.
—¿Dices que eres de la aldea Kátria? Vaya sorpresa, esto le gustará a nuestro líder Grík. ¡Soldado! Que despierten a Grík, díganle que es un caso urgente, tenemos algo que le interesará.
Posteriormente, Ívka fue presentada ante el rey Grík en la sala de su guarida. Después de ser persuadida para que dijera la verdad, Ívka confesó todo. Explicó que llevaba consigo un objeto para venderlo, pues necesitaba recursos para adquirir más ganado en su pesebre. Al pedirle Grík que mostrara el objeto, ella lo sacó de una bolsa de tela que llevaba sujeta al cinturón. Observando que era una perla con luz violeta, Grík ordenó traer a su Balchébnik para que le dijera qué era ese objeto.
Uno de los mokriános, que formaba parte del grupo que encontró a Ívka en el bosque, dijo:
—Mi rey, yo sé qué es eso.
—Habla, soldado, y explica qué sabes de esto.
—Esa bola violeta brillante la tenía el Kórdix en su mano el día que hirió a nuestros compañeros, cuando intentamos entrar al monasterio Kórdix. Es la misma, lo puedo asegurar.
En eso, llegó Tórkian, el Balchébnik de Grík, un hombre de avanzada edad que había sido reclutado en el reino cuando estaba a punto de ser atrapado por unos seres extraños en el bosque. Desde entonces, le era fiel a Grík y formaba parte del reino.
—Mi lord, este objeto es muy extraño, no creo que haya sido hecho por un ser viviente de este mundo. No me atrevo a tocarlo, ya que podría estar hechizado y no quiero arriesgarme.
—Tórkian, ¿qué sugieres entonces?
—Yo sugiero que lo probemos con alguien más, un ingenuo que no sea tan importante, y ver qué ocurre.
—Muy bien, vayan a las cuevas de los malditos y traigan al más débil que encuentren.
Pronto regresaron con un hombre llamado Tobáis, un prisionero de las cuevas malditas; estaba allí por robar animales de una granja; era tan solo un ladronzuelo.
—¿Cómo te llamas y por qué estás prisionero? —le preguntó Tórkian a Tobáis.
—Mi nombre es Tobáis, y me encerraron por robar animales de una granja.
—Mira, Tobáis, si nos ayudas, podemos ser benevolentes contigo y darte tu libertad. De lo contrario, mañana mismo te entregaremos a Ruke. Ya sabes lo que le gusta a Ruke: coleccionar cabezas de hombres como tú. Decide ahora, ¿cooperas o sabes lo que te espera?
—Acepto. ¿Qué debo hacer para ganar mi libertad? —preguntó Tobáis.
Tobáis era un hombre jorobado y deforme, humillado por su aldea debido a su baja estatura y la enfermedad de sus huesos, que lo hacía parecer una bestia. Sin nada que perder, estaba dispuesto a todo con tal de ser libre.
—Mira, Tobáis, solo tienes que tomar este cristal entre tus manos y concentrarte en esta cabra que está aquí.
—Sí, señor.
—Piensa lo peor de la cabra, abre tu imaginación y mírala como si fuera tu enemiga, ¿has entendido?
—Sí, señor, lo intentaré.
Ívka fue despedida tras recibir algunas joyas de Ónix. Los mokriános no querían que los Kórdix sospecharan nada, ya que no deseaban incidentes antes de tiempo. Tobáis tomó la perla en su puño y, con los ojos cerrados, hizo lo que Tórkian le había indicado. Todo estaba en silencio. Grík, el jefe de los mokriános y cinco soldados más esperaban ver qué sucedía. De repente, la cabra empezó a gritar como si algo la estuviera matando, y en ese instante salió corriendo del lugar. Tobáis dio un alarido, cayendo inmediatamente al suelo y soltando la perla de su mano.
La perla rodó hasta los pies de Tórkian, quien, asustado, dio un salto hacia atrás y se alejó. Grík ordenó a un soldado que la recogiera y la guardara en una caja de bronce. El soldado, temeroso, la tomó con cuidado y la depositó en la caja, que luego fue colocada en lo alto de un pilar de piedra de la sala.
Todos se acercaron a ver a Tobáis, quien parecía desmayado, pero al revisarlo, no mostraba signos vitales. Grík comprendió el poder que tenían en sus manos. Sabía que no cualquiera podía controlar la perla, pero si lograra hacerlo, todos los reinos de la región estarían a sus pies. Grík decidió secuestrar a Zéibo y traerlo a su guarida, sabiendo que, sin la perla, Zéibo no podría defenderse. Ordenó a 50 hombres que partieran hacia el monasterio de los Kórdix para capturarlo.
Justo cuando los hombres estaban a punto de partir, la mañana comenzó a oscurecerse como si estuviera sucediendo un eclipse, dejando el horizonte en tinieblas. Todos quedaron inmóviles, sin saber qué estaba sucediendo. Alguien misterioso cruzó entre la multitud de mokriános, preparados todos para defenderse, pero la incertidumbre de no poder ver nada los paralizó. No podían ver nada a su alrededor, pues la oscuridad era total. Pronto, la claridad regresó, y el sol volvió a brillar en el cielo, dejando a los mokriános confundidos y asustados.
Grík sospechó que esto era obra de los Kórdix, así que fue a la sala donde yacía Tobáis. Este seguía inerte en el suelo.
—Tórkian, revisa la caja donde está la perla, —ordenó Grík.
Tórkian se apresuró a comprobar y encontró la caja en su lugar.
—Aquí está la caja, Grík, no ha sido movida.
—Menos mal, pensé que lo sucedido era obra de los Kórdix, pero veo que no es así. La caja está aquí, y seguimos con el plan de ir por Zéibo. Vamos, continuemos, —dijo Grík.
—Grík, Grík, —dijo Tórkian con voz temblorosa.
—¿Qué pasa, Tórkian? ¿Por qué tanto drama?
—Mire, asómese y vea lo que hay en la caja.
—Acércala, quiero ver claramente.
Para sorpresa de Grík, la perla no estaba en la caja. En su lugar, había una piedra con el símbolo Kórdix grabado en ella.
Grík comprendió que tales poderes estaban fuera de su alcance y que debía hacer algo o rendirse. Sabía que él solo, y aun junto con sus hombres, no podría enfrentarse a los Kórdix, pero su ambición por el poder crecía cada vez más. Al día siguiente, se embarcó hacia Kuárlan, una ciudad gobernada por un amigo de su infancia. Estaba seguro de que juntos podrían someter a los Kórdix y robar sus objetos de poder.
El jefe de los mokriános de Grík ordenó a dos soldados deshacerse del cuerpo de Tobáis. Lo llevaron al bosque y lo arrojaron por un acantilado, donde quedó entre las piedras y la maleza, como un cadáver más.
En el monasterio de Letúria, Raudék reunió a los 10 Kórdix en el sótano para acordar un plan de protección ante las crecientes amenazas.
A la hora acordada, todos los Kórdix se reunieron en el sótano, y Raudék les habló de la responsabilidad que conllevaba proteger esos poderes en un mundo donde la maldad estaba en aumento. Decidieron ocultar los poderes junto con cada protector de cada cristal. Cada uno de ellos prometió protegerlos con su vida, sabiendo que si caían en manos egoístas, causarían mucho dolor y sufrimiento en este mundo.
Raudék y los Kórdix decidieron asignar dos protectores a cada poder: un Kórdix maestro y su Uchébnik de confianza. El Uchébnik debía ser adiestrado en el conocimiento de tal poder y prometer protegerlo con su vida. En caso de amenaza, debían ocultar el poder en un lugar secreto, esperando que algún día los Éntrix lo encontraran y lo rescataran.
Raudék pronunció sus últimas palabras:
—Amigos, esta noche tendrán que hablar con sus familias y hacerles entender que de ustedes depende el futuro de los seres vivos en este mundo. Nuestra seguridad está por encima de nuestras vidas terrenales. Sé que es una decisión difícil, pero por el bien de ellos y de futuras generaciones, debemos irnos lejos para proteger los poderes que se nos han confiado. No podemos seguir juntos, así que despidanse de sus familias y amigos, aunque no para siempre. Una vez que estemos seguros y no haya más amenazas, nos reuniremos de nuevo en este salón oculto en lo más profundo de Letúria. Descansen esta noche, nos vemos al amanecer antes de partir.
Mientras tanto, en el bosque, un cadáver da un suspiro y despierta entre la maleza. Tobáis logra abrir los ojos, espantando a los buitres que se habían posado frente a su cuerpo. Aunque los buitres ya habían arrancado parte de su piel, Tobáis logra levantarse y arrastrarse hasta un río, donde limpia la sangre seca y los gusanos que ya comenzaban a alimentarse de su cuerpo. Tobáis no recuerda nada, y al observar su reflejo en el agua del río, se da cuenta de que ya no es aquel hombre débil e indefenso.
—Rónan, como puedes ver, aquí encontrarás el origen de todo lo que te trajo hasta aquí. Necesitas saberlo, ya que estás involucrado en todo esto. Hasta ahora no entiendo qué fue lo que vio Místrait en ti para enviarte hasta aquí. Por lo tanto, te voy a explicar con detalle cada uno de los poderes y obsequios de los Éntrix a los Kórdix.
—Búrtok, no tienes idea de lo que esto significa para mí; de dónde vengo, todo esto se considera mitología, fantasía o cuentos para niños, y mi propio sistema de creencias aún no asimila lo que me está sucediendo. Hay cosas que no recuerdo de mi mundo, sólo lo recuerdo como en sueños, y a veces dudo de mi realidad; siento que es un sueño del cual no puedo despertar.
—Rónan, todo esto que ves y experimentas en este mundo, tal vez no es propio del mundo de donde vienes; puede ser un mundo muy parecido al tuyo, pero lo que sí te aseguro es que esto no es un sueño para mí. Esto tal vez existe en espacios diferentes, o en distintos tiempos y mundos. Esto es real; debes aprender a diferenciar entre lo real y un sueño, entre tu mundo y los múltiples mundos que existen en el incontable reflejo de luminarias que vemos todas las noches en el cielo.
Mira, Rónan, cuando experimentas en dos realidades distintas, se complica la cuestión, porque tu mente no está acostumbrada a diferenciar entre una y otra. No uses tu mente, usa tu instinto; debes desarrollar el sentido de saber diferenciar entre realidades. Yo no te voy a decir cómo, porque no lo estoy viviendo. Eso es solo para ti, así que debes aprender a reconocer en cuál realidad te encuentras. Debes aprender a identificar el sentido dimensional e identificar el mundo en el que estás parado, y eso te llevará tiempo. Pienso que esto sucede cuando alguien no está preparado y logra meterse a la cueva de la comadreja sin un conocimiento previo. Puede quedar atrapado allí y jamás regresar a su realidad inicial. Así que no hay otra opción, solo esperar a que la realidad fluya, aceptarla lo mejor que se pueda, y vivir al máximo esta grandiosa aventura. Haz lo que debas hacer en cada una de las realidades a las que llegues; por lo tanto, ahora estás aquí, y debes hacer lo que te corresponde.
La única forma de que salgas de esto es que lo aceptes: siente el viento, siente el olor de esas flores, el sabor del agua pura del bosque, disfruta del sol y la aventura. Solo haz saber a tu mente que esto no lo volverás a vivir nunca más, y si tú quieres puedes buscar el origen de todo que te trajo hasta aquí, y poco a poco irás armando este misterio. Solo así sabrás aceptar tu destino, y debes esperar a que el agua fluya sin resistencia por su caudal.
—Tienes razón, Búrtok, gracias por tu consejo; creo que empezaré a ver esta realidad de la forma como me la has mostrado.
Respiré profundo, sentí cómo el aire entraba por mi tráquea hasta mis pulmones, a la vez que en mi cuerpo se esparcía esa nueva visión, o tal vez resignación. Creo que lo mejor es dejarme llevar y adaptarme a la situación. Solo así podré disfrutar esta aventura.
—Búrtok, te escucho, sígueme platicando sobre los Kórdix.
—Está bien, continuaré con el final de la historia.
Esa noche, los Kórdix cuando se reunieron en ese sótano, acordaron el plan, y era que cada uno se iba a hacer responsable de su poder a su cargo; Raudék les dijo:
—"Después de esta noche, cada uno de nosotros, mis amados amigos Kórdix, debemos partir para puntos diferentes de este mundo. Ya no podremos estar juntos en un mismo lugar; debemos irnos a lugares lejanos donde nadie conocido nos pueda encontrar, y después nos estableceremos allí. Cada 60 lunas, deberemos regresar a Letúria y dar dictamen de nuestros poderes, para saber que todos estamos bien. Si uno de ustedes no regresa en ese tiempo, asignaremos a uno de nosotros para ir a buscarlo usando todo el poder que nos han otorgado. Cada uno de ustedes deberá tener un Uchébnik mucho más joven que ustedes, que deberán adiestrar, y debe ser leal al código del poder. Siempre por regla, deben de estar los dos juntos, nunca separarse, o se corre el riesgo de que se pierda tal poder".
Rónan, los poderes son perlas o cristales de algún material extraño que los Éntrix trajeron de otro mundo. Cada uno es de un color diferente; además, cada cristal o perla lleva grabado un símbolo en el idioma Éntrix. Dicen que tienen un brillo excepcional y emiten un zumbido casi imperceptible para cualquier persona, excepto todos los que son muy jóvenes y también algunos animales pueden percibirlo. Por eso, deben estar lejos de los seres comunes, ya que tal fuerza puede ser percibida por cualquier ser con un sentido desarrollado. Aunque no sepan de qué se trata, en algunos seres despertará la curiosidad por seguir ese poder Éntrix. Entonces, los Kórdix, al percibir a los seres que son atraídos por este poder, debían calificarlos y reconocer si son dignos de recibir tal privilegio. Su instinto los guiará para saber si deberán discipularlo como su Uchébnik.
1. Karána: Es un cristal de color verde; quien lo posea tendrá el poder de sanar seres vivos, y en algunas ocasiones, resucitar a alguien, siempre y cuando no pase de una luna de fallecido. Después, ya es imposible traer seres a la vida. Esto solo puede funcionar siempre y cuando la persona fallecida, por medio de las acciones de su vida, tenga la justificación positiva de volver a vivir. El cristal sabe todo esto, y no debemos forzar la situación, su protector es Xáuzek.
2. Kábalier: Es un cristal color azul, donde el que posea este poder puede volar o flotar con solo desearlo. Solo funciona con su propio protector o aprendiz, su protector es Jófiek.
3. Krívek: Es una perla de color violeta, el que lo posea tendrá el poder de mutar la estructura física de un enemigo, y con la imaginación podrá mutar la materia. Es el poder más extraño de todos; solo se activa en defensa propia. La perla detecta la maldad del corazón, y la intención oscura de los seres malintencionados que intenten hacer daño a su protector o gente allegada a él, pero no puede activarse con seres de buenas intenciones; solo ejecuta su código y, una vez activado, ya nadie lo puede detener. Para esto, la perla debe unirse con el elegido y pasar por la iniciación de la ceremonia que tú ya conoces, su protector es Zéibo.
4. Akáza: Es un cristal color negro y el más valioso de todos, se debe colocar en la punta de un báculo de oro para poder manipular esta energía, ya que su fuerza puede enviar a otros mundos con tan solo visualizar la imagen del sello del mundo al que se quiere ir. Se debe tener cuidado, ya que de no ser la persona iniciada en el rito ceremonial, no podrá regresar de nuevo a su mundo actual, y puede quedar atrapado para siempre en ese mundo, su guardián es Kánoch.
5. Káuzer: Es un cristal color marrón; este debe estar a la altura del pecho o del corazón; por lo tanto, tendrá que estar colgando en un collar que lo sostenga a esa altura. Quien lo posea puede hablar y reconocer cualquier idioma de cualquier lugar en todos los mundos. Su efecto sólo durará un día completo como máximo. Se puede tener la habilidad para siempre si se hace una ceremonia de iniciación, su custodio es Tomás.
6. Kéfut: Esta es una perla de color rojo, la cual sirve para tomar la forma de otro ser viviente y también obtener la genética Éntrix, convirtiéndote en uno de ellos temporalmente. Este poder solo funciona con un código que los mismos Éntrix deben dar a quien ellos elijan y consideren que puede ser digno para ser parte de ellos. Solo se debe usar su permiso; su custodio es Mízel.
7. Míkrof: Es un cristal color plata; este, al ponerlo debajo de la cabeza al dormir, puede salir de su cuerpo físico y explorar el mundo invisible para los ojos de los seres comunes. Se dice que quienes lo usaron, una vez que salieron de su cuerpo, pudieron volar y viajar a donde deseaban. También se puede experimentar tener un tamaño muy grande, o tan pequeño como un grano de arena, ya que fuera del cuerpo físico no hay limitantes que lo impidan. Es allí donde se puede comprender la naturaleza de las cosas explorando la estructura invisible de lo más pequeño; su guardián es Gimotéo.
8. Kímble: Es otro cristal transparente, y este se debe tragar. Una vez dentro del cuerpo físico, este se volverá invisible para los ojos de cualquier ser viviente, y su efecto dura mientras esté dentro, así que no tarda mucho en salir del cuerpo. Su protector es Kobián.
9. Zálka: Es un cristal color amarillo; se debe traer muy bien puesto, ya sea incrustado en la piel o en un cinturón. Esto da una fuerza y resistencia más allá de lo conocido. Para esto se debe hacer un rito de iniciación, y esto hará que la perla reconozca a su protector y se sincronice con su pensamiento. Su custodio es Jerón.
10. Kúndal: Es un cristal color naranja. Se debe dormir al lado de este cristal muy cerca de la cabeza. Se activan progresivamente los puntos de energía del cuerpo hasta que se logra despertar el punto de energía que se encuentra en la frente, junto a los ojos, teniendo poderes inimaginables. Se debe tener cuidado de no tenerla cerca del vulgo, ya que, en manos malintencionadas, se podrán revelar cosas para las cuales los individuos no están preparados; su guardián es Jasín.
11. Kabá: Es un cristal dorado; al tenerlo empuñado en la mano derecha, se puede influir en la mente de las multitudes. Esto hace sincronizar la mente de ciertos grupos elegidos para crear una mente colmena. Se usa para transferir temporalmente ideas, conocimiento o planos de construcción a la mente de los trabajadores, y así poder construir estructuras como templos u otras formas mecánicas voladoras. También se pueden mover cosas pesadas, que a cualquier hombre le sería imposible mover o levantar. Aún no hay quien cuide de este poder.
12. Krosso: El último poder, y el que te debe interesar, ya que ese cristal fue con el que te enviaron a este mundo, es el más misterioso y el más difícil de cuidar, así que pon atención. Es una perla de color blanca. Esta se coloca en el fondo de un recipiente con agua; de preferencia, un barril de madera. Trabaja con la luna llena, es un concentrado de un código escrito por los Éntrix, y cuando…"
—¡Búrtok! ¡Búrtok! ¿Qué te sucede? ¡Búrtok!
De pronto, Búrtok se quedó inmóvil con su mirada fija en el horizonte, sin poder respirar. Quedó allí paralizado, y por más que le gritaba, ya no me escuchaba. Su piel comenzó a oscurecerse y secarse, y sus pies se hundieron en la tierra. Comenzó a gritar entre dientes, y su rostro empezó a desfigurarse. Sus brazos y dedos crecieron de forma extraña, transformándose en ramas, y poco a poco se convirtió en un árbol.
—Búrtok, por fin nos volvemos a encontrar, esta vez no escaparás; ahora eres un Kórdix menos en mi lista, y te quedarás así para toda la eternidad.
—Y tú, muchacho, no sé quién seas, pero Búrtok te habló de los poderes Kórdix, y eso no es bueno. No debo permitir que se expanda más la fuerza Kórdix. Búrtok te transfirió el conocimiento, ahora ya lo sabes, y no debo dejar cabos sueltos.
De pronto, Búrtok hizo un movimiento con el último suspiro de vida que le quedaba, y con una de sus nuevas ramas de árbol golpeó al hombrecillo que le había hecho tal transformación, arrojándolo varios metros atrás lejos de allí. Aproveché la oportunidad y corrí hasta desaparecer entre el bosque, escapando del alcance del poder de ese hombre.
Corrí lo más que pude; en mi tremenda huida, noté que no escuchaba pasos detrás de mí siguiéndome, pero aún así, no quise detenerme, solo que la incertidumbre de no saber qué ocurría me hizo parar un momento. Al ver atrás por el camino que recorrí, me di cuenta que nadie me seguía. Así que seguí avanzando, pero a paso lento, ya que no podía respirar por el esfuerzo que hice en la huida. De pronto llegué a una cerca de piedra; tenía metro y medio de altura. Sin detenerme, me trepé por ella y la atravesé rápidamente para ocultarme. Seguí corriendo, y fue allí donde por fin sentí que perdí a ese ser extraño. Noté que había algo extraño en el ambiente. Volví a percibir esa sensación que ya había sentido antes. Se me hizo algo familiar; era una sensación de vacío, y me hizo recordar la zona de la muerte. Me di cuenta de que estaba dentro de un área parecida, un claro sin árboles ni plantas.
Intenté huir de allí, y busqué una parte del bosque por otro lado para escapar de ese lugar. Corrí hacia los árboles, mientras sentía cómo me estaba rindiendo. Cada vez corría más lento, y mis pies se me hacían más pesados. Cuanto más me esforzaba por escapar, más largo se me hacía el tiempo. Un inmenso pavor me envolvió; mis piernas las sentía muy cansadas, y mis pies los sentía pegados al suelo. Esta sensación era cada vez más fuerte; mis oídos se taparon y me faltaba el aire. Ya no podía más, pero sabía que tenía que seguir avanzando; era imperativo salir de allí. Tan solo me faltaban tres metros más, y ya estaría en la cerca de piedra. Como pude, me arrastré y llegué al muro; después ya no supe más de mí.
Solo recuerdo que caí al suelo con mi cuerpo mirando hacia el cielo. En ese instante, tuve una visión; fue como un flash muy rápido. Solo vi que esa área de silencio era un tubo oscuro en forma de hexágono, que se elevaba hasta el cielo y se perdía en lo infinito. Dentro de él, se podía ver un espacio inmenso, y en una parte muy lejana de allí, podía ver un punto blanco, parecido a una esfera, y alrededor de este punto, un anillo de colores que lo envolvía. Dentro de esa inmensidad me encontraba flotando; solo era una diminuta partícula volando en ese espacio inexplicable. Sentía una paz y un silencio absoluto. De pronto, empecé a escuchar un sonido que cada vez se iba amplificando.
Escuchaba muchas voces y sonidos mezclados al mismo tiempo; unas voces más cercanas, y otras más lejanas, hablaban en diferentes idiomas. Pude sentir y ver todo eso como en una gran pantalla de cine: miles de seres de todo tipo, viviendo en algún lado; todo ocurría en breves instantes, como una película a 48 cuadros por segundo, el doble de la velocidad de una película normal. Miles de imágenes, muchas de las cuales no comprendía su significado, estaban fuera de mi comprensión; dentro de mi sábana que debían tener un significado, pero mi mente no podía darles un comparativo con lo conocido.
Lo extraño de esto, y no sé cómo explicarlo, es que todas las pude ver al mismo tiempo, como ver una película de 2 horas en 2 segundos y comprender cada detalle conocido; esto era incomprensible para mi mente. De pronto, las imágenes disminuyeron su velocidad y comencé a verlas como pequeños cortos de video. Vi que de una de las imágenes se asomó un ser extraño, con piel verde y ojos de serpiente; también sacaba la lengua de la misma manera que un reptil, pero con forma casi humana y me miró percatándose de que yo estaba allí observando todo. Se acercó molesto hacia mí, mientras él luchaba desesperadamente por salir de esa imagen donde se encontraba, pero no podía atravesar el límite. Me imagino que en el lugar donde él se encontraba, podía verme en una ventana como yo lo veía a él. Sentí su amenaza, un odio hacia mí, y de pronto, todo desapareció y abrí mis ojos.
—Rónan, soy yo.
Reconocí esa voz…
—¿Ráizorg, eres tú? ¿Ráizorg, viste eso?
—Sí, alcancé a ver lo que le hicieron a Búrtok. Cuando te vi correr, no lo pensé dos veces; fui detrás de ti. Sabía que te habías olvidado de que yo venía contigo, solo que llegué al círculo del silencio y vi que cruzaste la cerca y tuve que rodear hasta que te vi tirado dentro del muro. Al verte allí, tomé tu pierna y te jalé hacia afuera.
—Ráizorg, esto es extraño, ya había sentido esto antes, solo que no recordaba en dónde.
—Este es el círculo de la locura; nadie debería entrar allí, ni siquiera los animales. No hay plantas, solo ese silencio que te puede llevar a la locura total. Ve eso, Rónan, observa lo que hay dentro de esa área.
—¡Increíble viaje que tuve en ese corto tiempo! ¿Por qué hay tantos esqueletos allí dentro?
—No solo son de animales, observa bien.
—¡También hay huesos de personas!
—Todos ellos quedaron atrapados en su propia locura; no pudieron resistir el silencio y quedaron allí.
Al mirar lo que había dentro de esa área estéril, observé que eran docenas de esqueletos de animales y personas. No pudieron salir; fueron víctimas de la desorientación que causaba ese lugar. Era una sensación extrema de terror; fue fúnebre contemplar ese escenario. Me hizo recordar la zona de la muerte que yo conocía en mi mundo.
—Debemos irnos de aquí, Rónan, regresemos —dijo Ráizorg con una mirada alerta, volteando hacia todos lados.
—Creo que ya estamos lejos de ese tipo extraño; no nos encontrará por ahora. Corrimos demasiado rápido para ser alcanzados por él.
—No seas ingenuo, Rónan, él es un cazador de Kórdix, según me contó mi abuelo, ellos tienen poderes increíbles y pueden dominar a cualquier persona solo con la mente, no hay quien los detenga, no hay armas que los puedan dañar, hacen lo que quieren, entran y salen de este mundo a su antojo, son seres oscuros, pero su principal objetivo son los Kordix.
—¿Desconocía todo eso, gracias por informarme, ya que cuando me topé con uno de ellos lo mejor es correr, y ahora qué hacemos ahora, Ráizorg?
—Por ahora no podemos regresar a casa. Si aún nos está buscando ese cazador de Kórdix, nos va a encontrar y puede hacer daño a la familia. Tendremos que irnos por un tiempo de este lugar. Solo deja pasar por el refugio de un conocido amigo mío que vive en esta montaña, para que lleve el mensaje a nuestra casa de que estamos bien y no nos busquen por unos días.
—¿Después a dónde iremos?
—Ya veremos, sígueme.
Caminamos por un tiempo hasta que llegamos a una caverna. En ella vivía un hombre con dos muchachos adolescentes. Era un lugar muy escondido para la vista del ojo de cualquier persona curiosa o enemiga que se acercara a este lugar. Esa caverna era una especie de cenote, de unos 50 metros de diámetro y 30 de profundidad. Lo cubría la vegetación de los alrededores. Era un lugar extraordinario, en el fondo se alcanzaba a apreciar un lago azul muy brillante, y en los muros de todo su alrededor se notaban ventanas y balcones muy discretos, esculpidos en la misma piedra del lugar.
Al parecer, para poder entrar a la caverna, se necesitaba bajar por una cuerda amarrada a la rama de un árbol muy grande y fuerte que está al lado del cenote. Pero la cuerda no era para bajar, sino para llamar a los que vivían allí. Ráizorg jaló la cuerda y dijo que esperara un momento, pero no sucedió nada. Entonces, Ráizorg le gritó a alguien.
—¡Árkon, Árkon, soy Ráizorg!
De pronto, detrás de nosotros se levantó algo en el suelo; era una tapa de madera cubierta con maleza del lugar. De allí se asomó un hombre que le respondió a Ráizorg.
—¿Qué hora es esta de llegar a molestar? ¿Qué cherty quieres? Ya casi se oculta el sol, ya no es hora de andar suelto en el bosque. ¡Haaaa, eres tu Ráizorg! ¿Qué haces a esta hora? Hay muchos animales salvajes en el bosque, pero pasa, estás en tu casa. ¿Quién viene contigo? Pensé que venías solo, ¿o es uno de tus hijos?
—Pues como si lo fuera; se llama Rónan, es un miembro nuevo más de la familia, así que trátalo como tal.
El hombre me miraba fijamente, tenía ojos muy grandes de un color verde oscuro; jamás había visto ojos así. Esto me hizo sentir incómodo, pero tenía que portarme con normalidad. Entramos por un túnel que se encontraba bajo suelo, mientras ese hombre, con una mano, sostenía la compuerta que cubría el túnel y con la otra una antorcha. Bajamos por unas escalinatas de piedra, el muro estaba cubierto de musgo verde. Descendimos cada vez más y más por esa escalera en forma de caracol, dando vuelta y vuelta hasta el fondo del cenote.
Por una orilla del fondo del cenote donde nos encontrábamos, alcanzaban a entrar los rayos del sol, y había una zona de cultivo con algunas hortalizas. Tenían una especie de borregos y varios animales de granja. Ese sí era un lugar autosuficiente y muy secreto; al parecer, se veían muchas puertas y ventanas como si fuera una mini-ciudad, pero no vivía nadie. Todo estaba abandonado; solo ese hombre y los dos muchachos que alcancé a ver mientras estábamos entrando a este lugar. Estaba completamente solo; había muchos lugares con polvo; se nota que ya nadie tocaba ciertos rincones de esta misteriosa fortaleza.
El hombre miraba cómo yo estaba apreciando cada rincón de ese lugar, que casi ni respiraba, y él, sin querer interrumpir mi fascinación, me preguntó:
—¿De dónde vienes, muchacho? Al parecer no eres de aquí; nadie de por aquí tiene un rostro tan limpio y dientes tan blancos como los tuyos. Tu cabello es muy brillante; aquí lo normal es traer el pelo sucio y grasoso. ¿Cómo logras limpiar así tu cabello? Tu mirada refleja un lado vacío de tu imagen, te ves asustado. ¿Por qué vienen tan agitados? ¿Acaso los viene siguiendo una fiera?
—Sí, nos viene siguiendo un ser extra... —Apenas iba a contarle sobre ese ser, cuando Ráizorg me interrumpió.
—Así es Árkon, nos hizo correr un Jányu, y pensé que es más rápido venir hasta tu casa y refugiarnos aquí, que aventurarnos hasta la mía que está más lejos.
Comprendí que Ráizorg quería ocultar lo sucedido, así que seguí la plática de él, dejé que hablara y que todo fluyera.
—No me mientas, Ráizorg; sabes bien que no es verdad, lo veo en tu mirada. Hasta acá escucho su corazón, y no es ese tipo de miedo. Háblame con la verdad; estamos en confianza. ¿Sabes que eres como mi hermano? Peleamos juntos en la batalla de Kásitra, así que déjate de mentir como niño y platícame lo que les sucede.
—Está bien, Árkon, no te puedo mentir, solo debes asegurar que esto no sale de aquí.
—Tú me conoces, Ráizorg; no me gusta hablar mucho, anda, cuenta.
—Mira, todo empezó con la llegada de Rónan a la familia. Un día salí con dos de mis hijos más grandes a cazar y a cortar leña. De pronto uno de ellos gritó: ¡Padre, hay un hombre entre la nieve, parece que está muerto!
Y después de contarle toda la historia desde el suceso de Búrtok hasta cuando llegamos a la casa de Árkon, seguimos ahora con la nueva explicación...
—Y así es como llegamos corriendo hasta tu casa.
—No lo puedo creer, ¿así que Místrait y Róleux te mandaron hasta aquí? ¿Sabes qué significa esto? Significa que los Kórdix siempre han tenido razón en todo lo que han pregonado en tantas centurias de tiempo. Místrait ha abierto un círculo en el tiempo y el espacio, nos ha mandado contigo un mensaje de que ellos están bien, y esto motivará a los Kórdix que aún siguen ocultos a seguir con el plan. Eres la prueba viviente de que no ha sido en vano todo el sacrificio que han hecho los Kórdix en todo este tiempo. Por cierto… ¿Y de dónde vienes, mi apreciado Rónan?
—Ni yo mismo lo sé, Señor; ya no sé cual es mi realidad original. Lo poco que recuerdo lo percibo como un sueño.
—Comprendo la confusión que puedes estar sintiendo; me imagino la gran sorpresa que me llevaría si esto me sucediera, el darme cuenta que mi realidad es el sueño, y no la realidad de la vida que he vivido desde siempre. No sé ni cómo describir esta situación; esto es un caso para los Kórdix; ellos todo lo saben.
No conozco mucho de los poderes Kórdix, pero sé que si ellos te enviaron hasta aquí, es porque vieron algo en ti, y es lo mismo que vio Búrtok también. Solo él sabía lo que hacía; él es un Balchébnik, y conoce bien estos casos. Así que, si quieres ayudar con esto, debes rescatarlo. Yo no te puedo ayudar porque no estoy involucrado con esos poderes. Pero yo sé quién sí puede ayudarte; si deseas rescatar a Búrtok, tienes que hacer lo que yo te diga.
—Está bien, señor; veo que no tengo otra opción, dígame qué debo hacer.
—Mira, muchacho, en las montañas de Ízar, hay un lugar donde viven tres ermitaños en una bella ciudad en la cima de ese lugar. Uno de ellos parece ser un aprendiz de Kórdix, y su nombre es Kork. Su maestro, de nombre Kénib, le enseñó las artes Kórdix de las cuales enseña a sus Uchébniki. El maestro Kénib se perdió en una batalla y no se volvió a saber más de él. Kork es el único que sabe algunos secretos, así que si quieres ayudar a Búrtok, él es el único que te puede decir qué hacer en este caso. Ve con él y dile que yo te mando. Él ya me conoce; estoy seguro que él percibirá que eres alguien de confianza.
Quédense por hoy aquí en mi casa; mañana a primera hora te explico cómo llegar al monasterio de Kork. Ya está oscureciendo; se llevan algo de comer para el viaje, ya que son varios días de camino. Mañana enviaré a mi hijo Rúbik para dar el aviso a casa de Ráizorg, y que no se preocupen por ustedes. Anden, vayan a dormir; arriba hay muchas habitaciones vacías, elijan la que más les guste. Aquí estarán seguros; es un lugar muy oculto y protegido para los ojos de los malos.
—Gracias, señor; espero algún día compensarle su ayuda.
—Lo mejor que puedes hacer por mí es ayudar a Búrtok; él es un buen amigo.
Después de platicar por última vez, Ráizorg y yo nos fuimos a dormir a una habitación que encontramos dos niveles arriba de donde estábamos con Árkon. Era una habitación grande y cómoda; no había camas, solo varios montones de lana de oveja esparcidos en toda la habitación; allí nos pudimos acurrucar cada quien en su lugar, así que no pasaríamos frío esa noche.
—Rónan, ¿tienes idea de la magnitud en la que nos hemos metido? Te lo digo porque debes estar preparado para todo lo que nos espera. Siento que has abierto una ventana entre varios mundos con ese ser extraño. No te lo digo para asustarte, sino para que estés alerta, y puedas enfrentar todo lo que venga.
—Lo sé, Señor. Le diré algo; de donde yo vengo, recuerdo que desde pequeño siempre soñaba con una aventura así. Influenciado por tantos cuentos y leyendas que escuchaba, desde entonces buscaba que ocurriera algo diferente en mi vida. A veces estando solo en mi dormitorio, pensando, mirando el techo tan alto, y sintiendo tan fría la pared, esperando una señal que me mostrara la puerta de algo fuera de lo normal. Algo que me sorprendiera y nunca sucedía nada. Ahora, con lo que me ha ocurrido en este mundo, me ha surgido la curiosidad de saber si estas cosas extrañas pueden ocurrir también en mi mundo. De donde yo vengo, soy un guerrero y mi deber es proteger a los ciudadanos de mi país.
Me han adiestrado para ignorar el miedo y el dolor y nada me ha dado tanto miedo como hasta ahora que me encuentro aquí. Debo confesar que sí he tenido miedo, pero aquí es diferente; desconozco lo que me pueda ocurrir en estos lugares. Es algo que no puedo controlar, algo que no está en mis manos. Solo usted y la gente que voy conociendo cada día es lo único que tengo para seguir adelante.
—Lo que tenga que ocurrir, lo que tenga que ocurrir —me dijo Ráizorg sin interés de seguir escuchando cosas que no comprendía.
Al poco tiempo, Ráizorg se quedó dormido. Yo no podía dormir; este lugar me llenaba de curiosidad. Una parte de mí me decía que debía dormir y descansar, pero otra parte me incitaba a explorar este grandioso lugar.
Después de ver a Ráizorg quedarse dormido, no resistí mi curiosidad y me levanté con la intención de jugar al explorador. Ya no había luz de día, pero la luna menguante brillaba en el cielo, emitiendo un resplandor azul que iluminaba el entorno. Además, el lago con su musgo luminoso aportaba un resplandor azul que hacía aún más misterioso el ambiente. Comencé a explorar la fortaleza, maravillado por los pasadizos, escaleras y docenas de habitaciones que se extendían ante mí.
Entré a una habitación al lado de donde Ráizorg y yo estábamos descansando. La habitación estaba llena de herramientas de cultivo, escudos, espadas, hachas y armaduras de batallas antiguas. Mientras inspeccionaba, escuché que alguien se paró en la puerta de la habitación. Solo pude ver su silueta, la poca luz que entraba del exterior no me permitía distinguir quién era. Entonces, de pronto dijo algo.
—Veo que eres osado y curioso, al atreverte a caminar tú solo por aquí en la noche.
—Perdón, ¿quién eres? —pregunté.
—Soy Friks, mi padre no nos presentó hoy, ya que estaba afuera ocupado haciendo mis tareas. A veces regreso tarde, y no me doy cuenta de quién está aquí, pero alcancé a escuchar algo sobre ti.
—Por lo que escuché, estás aquí por un viejo Kórdix, ¿o no? —continuó Friks.
—Así es, tomé la decisión de enfrentar mi destino, y aquí estoy.
—¡Interesante! Ahora veo que esas leyendas son tan reales como la herida que me acabo de hacer en el pozo de las calaveras.
—¿Pozo de las calaveras? ¿Por qué le llaman así? —pregunté con interés.
—Porque allí hay muchos esqueletos. Es una fosa muy profunda donde, en algún tiempo, los Invisitores arrojaban a sus enemigos o a la gente que no quería seguir a sus dioses. Les prendían fuego y los arrojaban a ese pozo —explicó Friks.
—¡Increíble historia, jamás me imaginé eso! ¿Y qué hacías en ese lugar?
—Estaba pastoreando a los gólul y escuché ruidos en ese lugar. Al acercarme para ver qué estaba sucediendo, vi una sombra y me asusté. Al darme la vuelta para correr, rasguñé mi pierna con una raíz de un arbusto espinoso.
—¿Pero estás bien? —le pregunté, preocupado.
—Sí, estoy bien, mañana ya me habrá cicatrizado, no fue tan grave.
—Muy bien, ¿me podrías llevar al pozo que dices? Me da curiosidad lo que puede haber allí dentro.
—No sé, si mi padre se da cuenta, me va a ir muy mal. Nos ha dicho que no nos acerquemos a ese lugar —dudó Friks de mi propuesta.
—Solo indícame dónde es, y yo me acerco.
—Está bien, vamos, al cabo ya se durmió mi padre. Solo sígueme sin hacer ruido.
Después de un breve intercambio, Friks aceptó llevarme al pozo. Lo seguí como él me indicó.
—Vamos por este pasillo, pero antes, nos llevamos unas piedras del lago para poder iluminar el camino.
Tomamos cada uno una piedra con musgo luminoso, de esas que había por todo el lago y que emitían un resplandor azul, le arrancamos el musgo, eran como hebras de tela luminosas y lo amarramos a un tronco que usamos como antorcha. Con nuestras improvisadas lámparas, seguimos el camino hacia el misterioso pozo de las calaveras.
Después de caminar por un pasillo dentro de ese laberinto de túneles, llegamos a una salida diferente de la que utilizamos el día anterior con Árkon. Este túnel era en línea recta bajo tierra y terminaba detrás de una cascada, lo que la hacía casi imposible que fuera localizada desde el exterior. Al llegar a la cascada, caminamos por la orilla hasta alcanzar un camino de piedra que nos llevó a otra zona de cenotes que se encontraban conectados entre sí.
Al lado del segundo cenote, había un mirador de piedra que sobresalía como un trampolín sobre lo ancho del pozo; este era el temido pozo de las calaveras. Un olor a podrido emanaba desde lo profundo del pozo, lo que indicaba que probablemente no había ninguna otra entrada o salida aquí por la superficie. Estaba muy oscuro y el viento soplaba desde las profundidades hacia afuera. Era señal de que había una corriente de aire proveniente del abismo y probablemente había una entrada por algún otro lugar, tal vez por otro pozo conectado a este.
—Friks, ¿escuchas ese sonido que viene de adentro? —pregunté.
—Sí, lo escucho, nunca lo había notado; jamás me había acercado tanto. Ahora estoy aquí con un desconocido parado en la orilla de este terrible lugar.
Para ese momento, ya había anochecido, y la única luz que nos guiaba era la de la luna. Mi intención era bajar por el pozo, pero parecía imposible. La pendiente era completamente vertical, sin puntos de apoyo, con un diámetro de unos 15 metros y una profundidad desconocida.
—Friks, ¿hay forma de bajar por ese pozo?
—Sí, pero no sé si tienes el valor de hacerlo.
—Dime cómo, y consideraré si me atrevo.
—Está bien, pero será bajo tu responsabilidad.
Bajamos de la estructura de piedra, y debajo de ella había un hueco cubierto con grandes pieles de algún animal asegurado con piedras. Friks quitó las piedras, revelando un rollo de cuerda hecha con lianas gruesas y pesadas.
—¿Cómo sabías que había esta cuerda aquí? —le pregunté.
—La usaron los hermanos Gromu hace un gódik. Perdieron al hermano menor y, después de buscarlo por muchos lados, todo fue en vano, por eso vinieron aquí como última esperanza y tampoco lo encontraron. El mayor de los hermanos descendió por esta cuerda, pero solo hallaron esqueletos que no eran de su hermano. El niño nunca apareció, y se piensa que pudo haber sido capturado por piratas del norte para venderlo como esclavo.
—Qué triste, espero que lo encuentren sano y salvo, ojalá que esté allí escondido como cualquier niño de su edad, tratando de llamar la atención de sus padres. —dije con empatía.
Extendí la cuerda para calcular su longitud, ya que no quería quedar colgado a medio pozo sin tocar el fondo.
—Creo que mide 20 metros, Friks, ¿realmente esta cuerda llega hasta el fondo?
—No lo sé, vi a los muchachos bajar, pero nunca me acerqué lo suficiente.
—Entonces, vamos a ver qué tan profundo es el pozo.
Juntos rodamos una gran piedra hasta la orilla del pozo y la arrojamos al pozo, quedándonos quietos para escuchar su impacto en el fondo, pero no se escuchó nada.
—No escucho que toque fondo, y ya pasó un minuto.
—Me da miedo acercarme más a la orilla. ¿Qué pasaría si uno de nosotros cayera al pozo? —comentó Friks con preocupación.
—Tendremos cuidado, pero dime, ¿por dónde bajaron esos hermanos?
—Ellos bajaron por el lado de enfrente.
Cargamos la pesada cuerda hasta el lugar donde los hermanos habían bajado y la aseguramos a un árbol. Comencé a descender muy despacio, con mi lámpara de musgo brillante colgada de mi cintura.
El descenso parecía interminable, mis manos se cansaban, y la escasa iluminación de la lámpara no ayudaba.
—No puedo más, aún no llego al fondo, creo que fue mala idea bajar por aquí. No sé cuánta distancia falta y mis manos ya no pueden sostenerme. Regresar ahora no es una opción, ya estoy en el punto de no retorno, pero ya no puedo más…
Finalmente, mis manos cedieron y caí al fondo, pero para mi sorpresa, solo caí 3 metros hasta tocar el suelo. Me reí, aliviado por haber estado tan cerca del suelo sin saberlo.
El suelo estaba cubierto de musgo, pero no brillaba como el del cenote. Recuperé mi lámpara y, al alzar la vista, pude ver la lejana entrada del pozo.
—Friks, ¿me escuchas? —Le grité.
—Sí, te escucho. ¿Estás bien? —respondió Friks desde arriba.
—Estoy bien, voy a explorar un poco más, no tardo.
—Te arrojo mi lámpara para que sepas dónde está la cuerda cuando regreses.
Friks arrojó su lámpara y la amarré a la cuerda que estaba colgando, así no me perdería. Tomé mi lámpara y comencé a caminar alrededor. Me topé con los esqueletos, rodeé el lugar y llegué a un área de muchos cadáveres; muchos ya estaban casi deshaciéndose por el paso del tiempo. Era increíble, jamás había visto tantos cadáveres juntos.
«Qué extraño, este esqueleto no es normal, mide dos metros y medio de altura, jamás imaginé que existiera alguien así de alto, y este otro es más reciente. Es una mujer, tiene cabello largo y está amarrada de las manos y pies; no parece que tuviera mucho tiempo aquí como los demás; aún tiene sus ojos frescos, y no han sido comidos por los gusanos; al parecer tendrá unos meses aquí. ¿Por qué razón la habrán arrojado al pozo?»
«¡Increíble! Este esqueleto tiene una espada atravesada en su espalda, y este otro un hacha clavada en su cráneo. ¡No lo puedo creer! Este otro tiene extraño su cráneo, sus dientes están picudos, no son rectos como los de nosotros; tiene dientes de sierra.»
De pronto, sentí una corriente de aire muy frío que me llegó por un costado y procedí a seguir su dirección.
«Siento muy fría la corriente de aire que viene de este lado, iré a explorar.»
Pero al pisar una piedra mal acomodada, se derrumbó una parte del piso y estuve a punto de caer.
«Qué suerte tuve, me alcancé a agarrar de un hueso de un esqueleto que estaba enterrado; de lo contrario, me hubiera caído al otro pozo que tiene más profundidad y allí sí, no hay retorno. Me levanté y seguí explorando con mi lámpara para ver qué más encontraba.»
Al asomarme a donde iba a caer había otro segundo pozo, dentro de este mismo. Aquí donde estaba parado solo era un escalón; este abismo tenía continuidad.
«¿Y si el niño que dicen se fue por ese pozo más profundo? no quiero ni pensarlo. Ahora entiendo por qué no escuchamos la piedra al caer. Estoy casi seguro de que esta es la ruta que siguió la piedra. Se fue por este otro pozo, veo que de ese otro agujero ya no hay salida; tendré cuidado para no caer. Siento que debo regresar, pero ¿qué es eso? La corriente de aire proviene de este lugar.»
Al acercarme más, me di cuenta de que había una gruta entre la pared.
«Es un túnel aquí dentro, lo seguiré un poco a ver qué más descubro. ¡Increíble! Esto sigue y sigue, se nota que no es una gruta natural, fue construida por alguien, se ven marcas de pico en el muro, pero ¿para qué harían este túnel aquí abajo?»
¡Un momento, aquí hay algo! Veo que hay muchas cosas tiradas en el suelo, como si alguien se metiera a tomar las pertenencias de los cuerpos que arrojan aquí. Se nota que alguien las ha estado apartando para llevárselas. Hay ropa regada por todos lados, pero, ¿qué es eso que brilla allí?
Wow, es un brazalete, tiene una hendidura en medio, al parecer tenía algo incrustado aquí, alguien se lo quitó. Un momento... este objeto está recién movido; alguien lo acaba de dejar aquí.
¡Hey! ¿Quién está allí? «Juro que vi a alguien en esa esquina, me observaba y acababa de huir.»
Corrí con lámpara en mano, tratando de ver lo poco que iluminaba al avanzar, tratando de alcanzar a quien me estaba observando. Estoy seguro de que era alguien que estaba allí parado. Cuando se dio cuenta de que lo había descubierto, echó a correr. ¿Quién puede estar aquí con tanta oscuridad? Quien haya estado allí no tenía lámpara, ni nada con que iluminar su camino. ¿Quién puede ver en completa oscuridad?
«Un momento, cesó la corriente de aire, voy a avanzar un poco más. Allá hay una puerta, alguien acaba de salir por allí y la cerró por el otro lado. Estoy seguro de que por esta puerta entraba el aire. No la puedo abrir, está atrancada por el otro lado, y me falta aire para respirar, tengo que salir de aquí. Me llevaré el brazalete y este abrigo; está algo pequeño, no creo que estos cadáveres lo reclamen.»
Al llegar a la cuerda, subí por ella llevándome el brazalete en mi brazo y el abrigo puesto. En cuanto toqué la orilla del pozo, estaba Friks esperándome para ayudarme a salir.
—Gracias, Friks. Mira, encontré esto allá abajo. —Le mostré el abrigo y el brazalete.
—Te admiro, Rónan, has tenido el valor de bajar tú solo y de noche. Vamos, tenemos pocas horas de descanso, mañana tienes que partir temprano.
—Tienes razón, regresemos.
De vuelta en la fortaleza de Árkon, nos despedimos.
—Descansa, Rónan. Que la luz ilumine tu camino. Quizás ya no te vea mañana, te deseo lo mejor en tu viaje.
—Gracias, Friks, aquí te dejo el brazalete y el abrigo, no los necesito, cuídate mucho.
A la mañana siguiente, me desperté, pero no había dormido bien. Pensé en lo que descubrí en el pozo y sobre el ser que atacó a Búrtok.
«Debo centrarme en el presente, dejar que las cosas fluyan, como me dijo Búrtok: con el tiempo, mi corazón encontrará las respuestas.»
—Rónan, ¡levántate! ¿En qué estás pensando? Debemos irnos, cuanto más temprano salgamos mejor.
—Tienes razón, Ráizorg, vámonos.
Al llegar donde estaba Árkon, él y su hijo Rúbik estaban tomando sus alimentos. Él era su hijo mayor. Árkon nos invitó a sentarnos y compartir su comida. Su mesa era un tronco de árbol muy bien trabajado y pulido, ya que aquí todo era natural. Vivían acorde con la madre naturaleza, lo más básico para vivir plenamente.
—Acérquense, tomen asiento, veo que descansaron muy bien, coman algo, es carne de Miélbed, ayer lo cazamos aquí cerca, su carne está muy fresca, tengan un trozo para cada uno, y les envuelvo un poco de carne con sal para el viaje.
—Gracias, Árkon, no te molestes, traemos armas para cazar, así que de hambre no morimos.
—Llévense la carne, así tendrán tiempo de caminar y no de gastar tiempo cazando.
—Árkon, muéstreme el camino. ¿Cómo llego a la montaña de los monasterios de Kork?
—Mira, ¿ves la sombra de esta vara en el suelo? Deben de seguir la inclinación de su sombra; nunca caminen de noche, sólo de día. Recuerda que la dirección sólo la pueden ver por la sombra que deja el sol sobre ella. Después del mediodía ya no uses este método, porque la dirección cambia de rumbo.
—Gracias, Árkon, me servirá mucho esta ayuda que me acabas de dar.
—Antes de que se vayan, debo decirles algo; creo saber quién atacó a Búrtok. Él es un Jádoguar, trabaja para Jágad Yoisna, es un descendiente de la misma familia de Griff y ellos aún siguen buscando a los Kórdix para robarles sus poderes. Ese hombrecillo que hizo eso a Búrtok, creo, se llama Góspel. Es otra especie diferente a los Jádoguar, pero trabajan para el mismo fin de recuperar las perlas Éntrix. Se dice que hace tiempo ellos robaron el cristal de Akáza. Es un cristal negro, pero fue recuperado por un Kórdix que luchó contra ellos y lo logró recuperar.
En el tiempo en que estuvo el cristal con ellos, hubo varios Jádoguar que hicieron uso de ese poder. No sé qué truco hicieron para que el cristal les transfiriera parte del poder, y es por eso que algunos tienen el privilegio de esconderse en ciertas dimensiones de las cuales nosotros no podemos percibir, pero ellos sí nos pueden ver perfectamente como hasta ahora. No sabemos qué ha pasado con ellos, ni con el Kórdix guardián que custodiaba esa perla; ya no se supo nada de él. Por lo que me contaste del lugar que tú vienes, aún quedan algunos Kórdix dispersos por varios lugares de los mundos. Eso es bueno; significa que si encontramos tan siquiera uno de esos poderes, podemos detener a los Jádoguar y a Góspel.
Tengan cuidado de que no los siga Góspel o algún Jádoguar. Hasta ahora no los han seguido; tengo Sirfákas que cuidan este lugar, y no se acerca ninguno de esos por aquí. Pero estén alerta, recuerden que son seres que no pertenecen a este mundo; ellos se deslizan o se mueven por las tinieblas de los mundos sin que nadie los detenga; no son ni de aquí, ni de allá. Pueden desaparecer y aparecer a voluntad; ellos tienen el poder de estar a su lado sin que ustedes se den cuenta.
Ya no les quito más el tiempo, vayan, rescaten a Búrtok, pero lleven consigo este Sirfáka, él les alertará si siente la presencia de un Jádoguar cerca de ustedes.
—Qué extraño animal es el Sirfáka; parece un perro, pero tiene rayas como un tigre y cola de rata; jamás los había visto.
—Adiós, Árkon, y muchas gracias por todo. —Le dijo Ráizorg, a Árkon.
Nos despedimos de ellos y seguimos por el camino que nos indicaron siguiendo la sombra del sol.
A pocos metros de la casa de Árkon, escuché mi nombre.
—Rónan, espera.
—¿Friks, qué sucede?
—Quería obsequiarte algo que es muy valioso para mí: son objetos de batallas olvidados en los rincones de esta fortaleza. Los arreglé y los limpié para tenerlos listos para un momento especial, y ese momento ha llegado. De seguro pertenecieron a algunos héroes y guerreros del pasado. Gracias a ti, tuve una lección de valor y audacia. Al ver cómo bajaste por ese pozo anoche sin temer a nada, me has inspirado para vencer mis temores al mundo y quiero regalarte esto.
—Te obsequio estas armas, estoy seguro de que te servirán. Veo que no estás armado, y debes estarlo para poder cumplir la misión. Llévalos contigo y que la luz ilumine tu mente.
—Muchas gracias, Friks, tienes razón, necesito algo con que defenderme. Haré buen uso de esto y cuídate mucho; no te aventures así por así; piénsalo antes de hacerlo.
—No te preocupes, Rónan, seré precavido, adiós.
Me despedí de Friks y seguí mi camino junto a Ráizorg a mi lado.
—Rónan, no me dijiste que habías hecho eso anoche.
—Perdón, Ráizorg, no lo recordaba; sí pensaba decírtelo, pero más tarde, anoche no podía dormir y salí con Friks a explorar unos pozos que estaban llenos de cadáveres; interesante lo que allí encontré.
—¿Bajaste a los pozos?
—Si, Friks me ayudó a bajar.
—Pero arriesgaste la vida de ese muchacho.
—No te preocupes, Ráizorg, solo bajé yo. Él no tuvo el valor de hacerlo, es muy joven.
—¿Bajaste tú solo? Rónan, tú sí estás loco, nadie es capaz de bajar al subsuelo y menos a un pozo así. Hay seres muy peligrosos que viven debajo de la tierra, te desaparecen y nadie se dará cuenta. Infinidad de gente ha desaparecido y ha sido raptada por esos extraños seres. Necesitas vivir más aquí para que te des cuenta del peligro en el que te metes.
—¡Perdón, Ráizorg! no lo sabía; de donde yo vengo el mundo no es tan salvaje ni peligroso como aquí; tomaremos tu consejo.
Después de la llamada de atención de Ráizorg, continuamos el viaje a nuestro destino de Ízar.
Después de caminar un tiempo, Ráizorg se detuvo; observé su mirada, y me di cuenta de que trataba de decirme algo. En mi interior, yo sabía que no era prudente que Ráizorg dejara sola a su familia, aunque también era mi familia por ahora. Él no sabía cómo decirlo. Yo sé que esto es mi problema y no de ellos. Me miró fijamente y me dijo.
—Rónan, te lo tengo que decir, y espero no desanimarte con tu misión.
—Lo sé, Ráizorg Entiendo todo, yo iré sólo, tú regresas con la familia, van a necesitar de alguien que los cuide. Ya sé cómo llegar, sé cuidarme sólo y te aseguro que encontraré al Kórdix que me indicó Árkon.
—Gracias, Rónan por entender mi posición, ve con cuidado y regresa con bien.
—Ráizorg, despídeme de Mara y Moa, diles que pronto regresaré. Me llevaré al Sirfáka para que me acompañe en el viaje.
—Yo les doy tu mensaje, cuídate, muchacho, y que la luz ilumine tu camino.
Ráizorg se dio la vuelta y tomó el rumbo hacia donde estaba su hogar y su familia. Yo miré hacia dónde apuntaba mi sombra, y hacia allá me dirigí.
Después de caminar un tiempo entré al bosque, sospechando de cada movimiento extraño. Pude escuchar que el sonido de la hojarasca se rompía por el peso de alguien que venía caminando detrás de mí. Me venían siguiendo, y para comprobarlo, bajé por una pendiente ocultándome detrás de unas rocas para sorprender a quien viniera detrás, a mi lado estaba el Sirfáka siguiendo mis movimientos.
«¡Sí, lo sabía!, alguien más viene detrás de mí.»
Pensé que era Ráizorg, que tal vez se había arrepentido y había decidido acompañarme. Así que me preparé para hablarle en cuanto lo viera, pero no fue así. Alcancé a ver una silueta que era más alta y fornida que Ráizorg, no era él.
Volví a tomar mi posición detrás de la roca; le hice señas al Sirfáka de que no hiciera ruido y que no se moviera. Él me entendió perfectamente, y se quedó inmóvil a mi lado. Quien me venía siguiendo se detuvo, creo que él pensaba que me había perdido la pista. Ya no hizo ruido, se quedó quieto por si escuchaba algún ruido mío que yo pudiera hacer al caminar. Él estaba alerta por si escuchaba mis pasos, pero yo me quedé quieto, hasta cuidé mi respiración para que ni eso pudiera percibir, y como no escuchó nada, siguió caminando sigilosamente.
Al pasar al lado de donde yo estaba escondido, le salté por detrás y lo tomé con mi brazo derecho por debajo del cuello. Hice que se tumbara al suelo y no opuso resistencia, pero al tenerlo sometido en el piso, me dijo:
—Rónan, Rónan, soy Rúbik; mi padre me sugirió venir contigo para acompañarte en tu viaje, y yo me ofrecí.
—Perdón, Rúbik, no sabía que eras tú, me hubieras avisado antes.
—Allí con mi padre es aburrido, siempre la misma rutina; quiero salir y conocer el mundo; tengo el deseo de saber qué se siente ser libre como tú, conocer gente nueva y lugares misteriosos. ¿Puedo acompañarte?
—No, Rúbik, no quiero involucrarte en esto; suficiente tengo con lo que le pasó a Búrtok por mi causa. Tengo la responsabilidad de reparar esto. Él no merece estar así. Y respecto a conocer lugares misteriosos, no hay más lugares misteriosos que el lugar donde vives. Esa gran fortaleza dentro de ese agujero gigantesco, lleno de recovecos extraños, túneles interminables y sonidos extraños.
—Lo sé, a mí también me dio miedo cuando llegamos allí. Cuando era niño, veníamos huyendo de unos piratas y nos escondimos en esa cueva. Era muy pequeño y mi hermano también. Cuando lo descubrimos, ya estaba abandonado. Nadie ha venido en mucho tiempo a reclamarlo como suyo, así que ya es nuestro.
—Si se puede, ¿un día me llevarás a conocerlo a fondo?
—Claro que sí, te mostraré los túneles que llevan a otros mundos. Yo he tratado de llegar lo más se pueda, pero hay muchos obstáculos y cosas extrañas que me impiden avanzar más, pero contigo sí me animaría a recorrerlo más lejos. Por cierto, Rónan, yo conozco a Búrtok hace mucho tiempo; él me puso esta marca en la espalda. Mi hermano y mi padre la tienen; mi madre también la tuvo; es la marca de inseparabilidad entre nuestra madre y nosotros. Ella se fue de este mundo cuando yo era muy pequeño. Según nuestra tradición, cuando un ser querido se va primero de este mundo, se cree que con esta marca siempre estará con nosotros hasta que todos nos unamos en el mundo de los muertos. Allí, ahora sí, cada quien buscará su camino a donde necesite seguir con su misión por el recorrido en el mundo de los muertos. Búrtok se encargó de ponérsela a nosotros cuatro, así que se lo debo a Búrtok. Quiero ayudar, déjame acompañarte, y tú no te sientas comprometido conmigo. Es mi decisión, quiero volar lejos, salir del nido de mi padre, así como tú alguna vez lo hiciste dejando a tu familia.
—¿Qué puedo hacer? Me dejaste sin palabras. Está bien, vamos, sólo que así como yo descubrí que me seguías, todo el bosque se va a enterar de nuestra presencia. Debes aprender a caminar sin hacer tanto ruido.
—Perdóname, y explícame cómo lo haces para caminar sin hacer ruido.
—Mira, vas a caminar así.
Después de enseñarle el método que aprendí en el ejército de cómo caminar sobre la hojarasca sin hacer ruido, continuamos hacia nuestro destino. Después de ir caminando sigilosamente, Rúbik rompió el silencio.
—Rónan, tengo curiosidad por saber tu origen, le pregunté a mi padre y no me supo decir. Apostamos 5 jarras de yúke a que eras de Kándian, así que quiero ver si ganaré la apuesta. ¿Me podrías decir de dónde eres?
—Mala suerte, Rúbik, creo que vas a perder eso que dices, ni yo mismo sé dónde está mi hogar, creo que soy de otro mundo y me perdí aquí en el tuyo. Esta fue la razón por la que fui a buscar a Búrtok, para ver si él podía ayudarme. Tengo una idea de qué puede ser lo que me ha ocurrido, pero es muy pronto para contarte.
—De seguro vienes de Kándian, allá hay gente como tú.
—¿Y dónde está Kándian?
—Mi padre me cuenta que sus antepasados viajaron a esos lugares del Oriente, y conocieron gente con muchas habilidades, sabiduría y audacia como tú. Tal vez eres de allá y no lo recuerdas. Pienso que ese lugar es inalcanzable para mí; creo que jamás podré conocer ese lugar en esta vida.
—Me sorprende lo que dices, ¿así que de ese modo me ves? No te hagas expectativas tan grandes de mí que no son, pero gracias, me siento halagado por lo que dices. No vengo de Kándian; ya tanto que lo mencionan, me dio curiosidad por conocer ese lugar.
Calla, Rúbik, no hables, no hables.
—¿Qué pasa?
—Escucha, pon atención, ¿escuchas ese sonido?
—Mmmm, no, ¿cuál sonido?
—¿Escuchaste eso?
—Sí, ya lo escuché, ¿qué es eso?
—Ni idea…
—¿Qué vas a hacer, Rónan?
—Espera aquí, no te muevas de este lugar, voy a echar un vistazo, pero no me pierdas de vista. Abraza al Sirfáka para que no me siga; yo les aviso cuando necesite su ayuda.
—Está bien, Rónan, ya lo tengo muy sujetado para que no te siga.
Como era mi costumbre, me fui pecho tierra hasta llegar a unos montículos de rocas. Era un sonido extraño, pero no sabía de dónde provenía. Mientras me desplazaba por tierra, miré hacia arriba y vi las copas de los árboles y de fondo un hermoso cielo azul con las nubes moviéndose rápidamente. Esa imagen en mi mente electrificó todo mi cuerpo. Mi corazón empezó a acelerarse y más eran las ganas de ver qué había detrás de las rocas.
Al llegar a esos montículos, vi por fin lo que había detrás de la maleza, el origen del sonido. No lo podía creer, pero, ¿qué es eso? Más bien, ¿quién es ella?
Era una chica de aspecto extraño, semidesnuda, atada de pies y manos en la orilla del río, y estaba amordazada con una liana de árbol. No podía gritar mucho, sólo gemía de dolor, ya que tenía sus amarres muy apretados. Por lo tanto, hacía mucho esfuerzo por zafarse con todas sus fuerzas. Se le notaba sangre en sus muñecas y en la cuerda también.
Miré a mi alrededor para ver quién más podía estar por esos lugares y no miré a nadie. Me acerqué lentamente a ella y nos quedamos mirando fijamente. Por unos segundos, su mirada era fría, pero retadora, ya que ella no sabía si yo era amigo o enemigo. Le hice entender con un gesto que se calmara, pero su mirada seguía fija en mí.
Le quité la liana de su boca y me respondió gruñendo y enseñando sus dientes, tratando de asustarme. Solo veía en su mirada coraje y odio. Me acerqué un poco más y le toqué un hombro; ella iba cediendo. Le di a entender que no le iba a hacer daño. Sentía su respiración y su pulso; estaba demasiado acelerado. Le dije que se calmara, y que yo no era su enemigo.
Por fin ella se tranquilizó, pero miraba a todos lados como si temiera que sus captores regresaran. Sentía que tenía que darme prisa; sus custodios podrían estar cerca, así que le hice entender que guardara silencio. Me miró fijamente; le hice señas de que la iba a desatar de las manos; ella cedió y le quité sus ataduras. Entonces se sentó y ella misma desató la cuerda de sus pies. No hablaba, sólo me miraba, tratando de defenderse por si yo intentaba hacer un movimiento en contra de ella.
Se levantó rápidamente, se pintó unas líneas con lodo en su rostro; me imagino que eran para camuflarse, y después tomó su arma. Era una vara larga y dura de un árbol que usaba como lanza. En la punta tenía una piedra muy afilada, y enseguida se puso en posición de ataque. En ese momento se escuchó el crujir de la hojarasca, y al mirar yo al frente, estaban tres tipos algo extraños mirándonos.
Estaban los tres parados allí al frente de nosotros. Nos estaban apuntando con arco y flechas. No podíamos hacer nada, cualquier movimiento, y nos atacaban. La chica sabía que no teníamos opción. Nos quedamos quietos, ella se encontraba a tres metros de mí, de mi lado derecho.
De pronto, uno de los tres hombres le dijo algo en su oído a otro de ellos mismos que estaba más adelante. Después comenzaron a poner tensión en sus brazos para estirar la flecha, sabíamos que nos iban a disparar con sus flechas. Escuché la respiración de la chica planeando el ataque. Estaba a punto de hacer yo algo, cuando en ese momento, se escuchó un zumbido de algo que cruzó el espacio donde estábamos. Era un cuchillo que fue lanzado de otro ángulo, pero no vimos quién lo hizo.
Sólo vimos caer a uno de ellos con aquel cuchillo clavado en su pecho, y aprovechando la distracción, rápidamente ella apuntó su lanza, y sin yo darme cuenta, se la lanzó al otro de los dos tipos que quedaron de pie apuntándonos. Y en ese instante, apareció el Sirfáka atacando al tercer sujeto que quedaba de pie. Después salió Rúbik de entre los árboles, clavándole su hacha en un costado de ese hombre. No me dieron tiempo de actuar, todo fue tan rápido que me quedé inmóvil sin poder responder.
Me sentí un inútil; fui rescatado por ellos; no me dieron tiempo de hacer algo. Nos quedamos mirando a los tres. Ella se dio cuenta de que Rúbik venía conmigo, y enseguida ella fue a extraerle su lanza al arquero al que se la había aventado. Rúbik también fue a extraerle su cuchillo al pecho de ese hombre. Ella nos hizo señales de que corriéramos; Rúbik y yo fuimos hacia donde la chica nos indicó.
Me detuve un poco, antes de seguirlos, me acerqué lentamente al arquero más cercano; el Sirfáka me siguió también, tomé su arco y le quité sus flechas que llevaba en un saco amarrado a su espalda. Después, no conforme con mi nueva adquisición, fui tras otro segundo saco con flechas que había dejado caer otro de esos tipos al morir. Tenía que llevar la mayor cantidad de flechas para lo que se ocupara. Era solo un motín de guerra; iba a ir por las flechas del tercer hombre, cuando de pronto vi que alguien se acercaba rápidamente.
Me asomé por un montículo de piedras y sólo alcancé a ver docenas de tipos como ellos que venían hacia mí.
Me agaché y salí de pecho tierra de ese lugar; le chiflé al Sirfáka que me siguiera. Al llegar a unas rocas, bajé por un camino donde alcancé a ver las pisadas de Rúbik y la chica. Me apresuré para alcanzarlos más adelante, pero tenía que asegurarme de que no me hubieran visto esos arqueros. Me oculté detrás de un árbol para ver si me seguían, y no vi a nadie. Después seguí mi camino tras Rubik y la chica.
Después de avanzar varios kilómetros por el bosque, ella y Rúbik por fin se detuvieron. Estábamos en un camino rodeado de árboles. Ella nos indicó que siguiéramos entre la maleza. Nos señaló que llegaríamos a una roca al lado de una montaña, y allí la esperaríamos. Mientras ella regresa por algún motivo, nosotros dos seguimos sobre la ruta que nos indicó hasta llegar a la roca. A los pocos minutos llegó la chica con una rama en la mano.
—¿Para qué es esa rama que llevas en la mano? —le pregunté.
—Hey, ¿acaso no hablas? —le respondió Rúbik algo molesto.
—Rúbik, creo saber para qué lleva esa rama, yo también lo he hecho, es para borrar el rastro de nuestras huellas.
—No se me había ocurrido, al parecer ustedes dos son más audaces que yo, y veo que están adiestrados con muchos trucos de batallas. —respondió Rúbik.
—Algo así, Rúbik, pon atención a todo y aprenderás muchas cosas de ella.
La chica seguía sin ni una palabra, con la cabeza nos indicó que la siguiéramos. Llegamos a una parte del bosque donde terminaba el camino. Era una zona extraña entre una pequeña área dentro del bosque, un lugar con muchas enredaderas y bellas flores de colores que colgaban desde lo alto de los árboles, adornando ese pequeño lugar. Se notaba que habían sido puestas a propósito para camuflar el área, ya que era difícil ver hacia dentro de esa parte del bosque. Era un lugar muy escondido, silencioso y discreto; seguimos avanzando detrás de ella.
Continuamos por un sendero, llegando a un lugar increíble que, al parecer, era la casa de la chica. Estaba dentro un árbol hueco muy grande, se notaba que era su guarida y estaba muy bien camuflada para no ser vista desde el camino principal.
Al llegar, ella nos indicó moviendo la cabeza que entráramos. Ya dentro, se sentía extraño el ambiente, era un lugar tenebroso y fúnebre, pero a la vez con una paz indescriptible. Se veía que ella era algo austera, pero tenía lo necesario para vivir. Bajamos por un túnel en forma de caracol esculpido en la piedra, había algunas antorchas apagadas en los muros. Me imaginé que estaban así por no llamar la atención. Se podía ver poco, ya que solo se reflejaba la poca luz que entraba por su oscura sala. Después llegamos al interior de su hogar donde ya se podía ver algo de iluminación. Había un rayo de luz que entraba por algún agujero desde el exterior, tal vez arriba en la raíz del árbol, muy oculto para no ser visto desde afuera.
Rúbik tampoco hablaba, no confiaba en la chica, ya que a él no le tocó conocerla de la forma como yo la encontré. Ella entró a una habitación mientras Rúbik y yo nos quedamos solos allí, junto con el Sirfáka.
Nos sentamos en unas escaleras, y Rúbik me habló en voz baja:
—Rónan, ¿y a ella de dónde la conoces?
—Jamás la había visto; la encontré en el bosque, ella era la que hacía ruido al querer quitarse la cuerda de sus manos; estaba atada. —Le respondí.
—¿Y así de fácil confías en ella?
—¿Qué no viste que está de nuestro lado? Acabas de correr detrás de ella junto conmigo, huyendo de esas cosas con arcos y flechas que casi nos matan. Confiaste en la chica, quizás si no fuera por ella, aquellos arqueros nos hubieran sorprendido en el bosque, venían casi detrás de nosotros.
—Sí, pero no era nuestro problema, no nos hubieran hecho nada, hubiésemos pasado de largo.
—No creo, Rúbik; después de lo agitada que está esta zona por lo que le pasó a Búrtok, todo puede suceder.
—Rónan, yo pienso que lo mejor sería…
En eso entró la chica a la habitación, solo fue a vestirse, ahora ya tenía mejor aspecto, y por fin habló.
—¿Quiénes son ustedes y qué hacían en el bosque?
—Lo mismo te pregunto, ¿por qué te tenían atadas esas cosas raras allá en el bosque?
—No te importa, yo pregunté primero.
—Está bien, veo que no tienes muchos amigos y no confías en nadie, eso es bueno. A mi parecer eres de fiar; te voy a contar algo: pues resulta que Rúbik y yo vamos rumbo a las montañas de Ízar. Buscamos a una persona llamada Kork, necesitamos su ayuda.
—¿Conocen a Kork? ¿Qué buscan de él? —cuestionó ella.
—¿Conoces a Kork? —le pregunté.
—Ustedes no parecen personas malas, se ve que son unos niños malcriados que se escaparon al bosque sin permiso de sus padres y se perdieron.
—Piensa lo que quieras, si tú conoces a Kork te pedimos tu apoyo; si sabes de él, ayúdanos a encontrarlo.
—¿Cómo no conocerlo? Yo me crié con ellos desde pequeña, cuando quedé huérfana a los 5 años. Ellos cuidaron de mí, así que son como mi familia. Y si van a buscarlos, no ha de ser para algo bueno, de seguro están metidos en problemas. —Dijo ella.
—Suficiente plática por hoy, y como quiera que te llames, gracias por todo. Íbamos pasando y te encontramos allí atada. Sólo quise ayudarte, es todo, y hasta pronto.
—Está bien, está bien, se los agradezco, si no hubiera sido por ustedes, los Gong me hubieran llevado con ellos. Me buscan desde hace tiempo, y su rey se dedica a coleccionar mujeres para esclavas o sacrificios a sus dioses oscuros. Si no hubieran llegado, ya me estarían preparando para su siguiente esclava, así que estoy en deuda con ustedes.
—Nos debes una, por cierto, ¿qué es un Mógaf? —Le pregunté.
—El Mógaf es un pozo ardiente que se encuentra no muy lejos de aquí, en la profundidad de un viejo volcán. Es donde ellos hablan con su dios Veles. Según ellos, si no le llevan ofrendas de mujeres y niños, él se molestará, y arderán todas las aldeas de los alrededores de la montaña donde se encuentra ese volcán.
—Increíble que exista un ser malvado que pida ofrendas de ese tipo, desconocía a ese Dios. ¿Y qué hacen con los niños y las mujeres?
—Si las mujeres no son puras, las arrojan al Mógaf, y si son puras, las usan de esclavas, y los niños son devorados vivos por los dioses, y otros son arrojados al Mógaf, ya que el sufrimiento de ellos satisface a su dios.
—No quiero ni imaginar más eso, me altera solo imaginarlo. Desearía hacer algo para enfrentar a ese dios y detener su maldad.
—Es imposible detenerlo, es un dios que nadie puede ver, no pienses en jugar al héroe, somos simples mortales e indefensos ante esos poderes oscuros.
—Si comen niños y tienen mujeres esclavas, no son precisamente invisibles, pero, mejor cambiemos de tema, por cierto. ¿Vives tú sola aquí en este árbol?
—Así es, me gusta la paz de este lugar, y no es fácil que me encuentren aquí. Ayer me pareció ver un Jádoguar cerca del río y lo seguí, parece que buscan a alguien. Nunca se dejan ver tan fácilmente; fue por eso que de regreso me atraparon los Gong. Es extraño, de ayer a hoy, algo sucede en el bosque; todo está muy inquieto. Pero creo saber por qué tanto alboroto, y pienso que eso está vinculado con ustedes.
—Tienes razón, creo que es a nosotros a quien buscan. —Le dije a ella.
—¿Qué dices? No parece que tengan algo importante que les interese a ellos.
—Algo le hicieron a un amigo, un cazador de Kórdix lo atacó por confiarme instrucciones que yo no debía conocer. Él bajó la guardia, y fue sorprendido por ese ser extraño. Fue entonces cuando lo hechizó.
—¿Lo hechizó? Explícame eso, quizás te pueda ayudar. Dijiste que ibas a la montaña de Ízar, no vas a ese lugar únicamente a saludar a los aldeanos.
—Mi amigo se llama Búrtok, y está en serios problemas.
—¿Búrtok? ¿Qué tiene él?
—¿Ves ese árbol que está allí afuera?
—Sí, ¿qué tiene ese árbol?
—Pues no hay mucha diferencia entre cómo se ve ese árbol, y cómo se ve ahora Búrtok.
—¿Estás diciendo que Búrtok ahora es un árbol? ¿Quién le hizo eso? Tenemos que ayudarlo, él es un gran maestro para mí, estoy en deuda con él, vamos, ¿qué esperan?
—Según me dijeron, es un ser llamado Góspel el cazador de Kórdix.
—¿Ese malvado enano hizo eso? Algún día acabaré con él.
—Hey, ¿así de rápido? ¿Tan sólo vayámonos y ya? —Le repliqué.
—No creas que vas a llegar mañana a la montaña Ízar, desde aquí se hacen varios días caminando.
—Pues andando, es mejor empezar a caminar —dijo Rúbik.
Salimos de su guarida y nos dirigimos por otro sendero entre el bosque. El Sirfáka venía detrás de nosotros cuidando la retaguardia. Llegamos a un establo hecho de ramas y troncos, tal vez lo tenía alejado de su casa para no delatar su ubicación. En él había 4 caballos; ella les dio de comer mientras Rúbik les ponía una manta para montar a tres de ellos.
—Tengo que confesar algo.
—Habla Rónan. —contestó Rúbik.
—No sé montar a caballo. —Les dije.
—¿Es broma? —preguntó ella.
—No, no es broma, jamás he montado un caballo.
—¿Pues de dónde vienes? Aquí todos sabemos montar a caballo desde pequeños. —dijo ella.
—No te preocupes, Rónan, es fácil, yo te enseñaré.
—Gracias, Rúbik, espero aprender rápido.
—Por cierto, yo me llamo Cori.
—Hola, Cori, yo me llamo Rónan.
—Y yo, Rúbik.
—Es un honor haberlos conocido, nunca he tenido amigos como ustedes con quien me haya sentido en confianza, pero a todo esto, es hora de partir, cada uno suba a su caballo y vámonos de aquí; no quiero que nos encuentren los Gong, y yo pase a ser parte de las brasas del Mógaf.
Pero al tratar de montar mi caballo, este hizo un movimiento brusco y salió a todo galope, cayendo yo al suelo.
—Rónan, ¿estás bien? —me gritó Rúbik.
—Sí, creo que sí, sólo me lastimé un pie, pero estoy bien.
—Deja, veo ese pie. —dijo Cori.
Ella tomó mi pie, y lo observó, descubriendo que tenía el hueso del tobillo dislocado.
—Creo que sólo es una torcedura, necesito poner ese hueso en su lugar. Aprieta los dientes, esto va a doler.
Entonces ella, sin preguntar más, hizo un movimiento en mi pie y acomodó mi tobillo.
—¡Haaay, sí dolió!
—Perdón, pero si no lo hago ahora, te dolerá más con el tiempo. No creo que puedas seguir así, tenemos que esperar más tiempo para ver si se te hincha. Creo que esta noche la pasaremos en mi casa en el árbol, y según veamos cómo amanece tu pie por la mañana, entonces decidiremos qué hacer.
Ya era tarde, tuvimos que entrar de nuevo a la casa de Cori en el árbol, ya que pronto oscurecerá. Cori salió al bosque y me quedé con Rúbik. Yo acostado en el suelo sobre una manta, preguntándome cuántos días voy a estar sin moverme. Mientras Rúbik sentado en un tronco, preparando su cuchillo y afilando su hacha.
Tiempo después, regresó Cori con unas plantas, las mezcló con un polvo gris, un poco de agua caliente y curó mi pie.
—Tengo que curar ese pie, se te puso demasiado hinchado, te pondré esta pasta que hice con hierbas, y mañana amanecerás mejor.
—Cori, ¿quién te enseñó a hacer esto?
—¿Tú quién crees?
—No lo sé, dime.
—¿Ahora entiendes por qué quiero ayudar a Búrtok?
—¿Búrtok te enseñó esto?
—Así es, ¿sabías que Búrtok fue aprendiz de Kórdix? Cuando él era joven, era Uchébnik, de un maestro Kórdix, pero un día al despertar en la cueva donde se quedaban a dormir para practicar sus enseñanzas, ya no estaba su maestro; se había ido. Jamás supo nada de él, por lo tanto, Búrtok no terminó su aprendizaje, y no llegó a iniciarse como Kórdix.
—¡Increíble!, jamás me dijo eso Búrtok. —respondió Rúbik.
—Yo sospechaba que Búrtok pudiera ser Kórdix, pero sígueme contando más sobre Búrtok.
—¡Apaguen la vela, rápido, apaguen esa vela! —nos dijo Cori con voz susurrante.
Rúbik apagó la vela, y rápidamente nos tiramos al suelo. El Sirfáka comenzó a gruñir y a mirar hacia una dirección del bosque. Tomó Rúbik rápidamente al Sirfáka para que no hiciera ruido, en eso Cori nos preguntó.
—¿Escucharon ese ruido?
—Yo no escuché nada, —le dije.
De pronto se escuchó un sonido de un ave.
—Yo escucho solo una lechuza, —contestó Rúbik.
—Sí, ella es Lía, mi lechuza, me está avisando que hay peligro; espero que no descubran mi casa debajo del árbol.
La casa de Cori se encontraba construida por debajo de un árbol hueco. Tenía unos escalones que bajaban como a un sótano, pero no estaba del todo enterrada. Había grietas donde se podía ver hacia afuera, sólo que de afuera hacia dentro era muy difícil darse a notar. La cubrían algunas plantas que Cori había puesto para camuflar esas grietas, que daban hacia dentro. También las usaba como vías de ventilación.
Por la posición en la que nos encontrábamos sólo se les miraban los pies; logramos ver a ocho Gong que estaban explorando el lugar por fuera del árbol. Presentía que sospechaban algo sobre nosotros, pero se notaba que no estaban tan seguros de que estábamos debajo de ellos. Los Gong estaban muy quietos allí; por lo tanto nuestros movimientos deberían ser nulos, no queríamos ni siquiera respirar. Fue un silencio absoluto; no se escuchaban ni los insectos nocturnos.
Era sorprendente cómo el Sirfáka imitaba lo que hacíamos; si por él fuera ya hubiera corrido a atacarlos, pero es tan inteligente que sabe que no es prudente hacer ruido, estaba allí también a lado de nosotros, tan quieto como una estatua.
—Muévanse, muévanse, que se vayan ya. —Pensaba yo en mi interior, mis piernas se estaban entumeciendo, pero no debía moverme, ya que nadie se movía; los tres estábamos quietos como estatuas.
De pronto, uno de los Gong se acercó hasta el árbol, y comenzó a observar moviendo únicamente sus ojos. Lo único que se escuchaba era el aire que entraba y salía por su nariz, ya que estaba usando su olfato para localizar lo que buscaban. Su mirada se estaba enfocando en el suelo. Quizás notaba que el árbol era algo extraño y empezaba a sospechar de que podría haber algo debajo.
En eso, escuchamos otros sonidos; era el aletear de muchas lechuzas que llegaron a pararse entre las ramas de los árboles. Unas pasaban volando por encima de los Gong tratando de atacarlos, y eso les distrajo un poco. En ese momento, un Gong que estaba cerca de allí, les hizo una seña con su mano a sus compañeros para que salieran del lugar. Se fueron uno a uno; fue un alivio para nosotros, por fin pudimos movernos, y nos volteamos a ver con una mirada de alivio.
—Pensé que nunca se irían, —comentó Cori.
—Me dio comezón en mi nariz y estuve a punto de estornudar, —dijo Rúbik.
—Gracias a Lía, mi lechuza, ¡no puedo creer lo que hizo! Jamás había hecho algo así de llamar a sus amigas para ayudarnos. —Comentó Cori.
—Lo importante es que ya se fueron, tengo que descansar; mi pie se está recuperando. Mañana nos iremos a la montaña, esté como esté mi pie. —Les dije.
—Muy bien, es mejor que nos quedemos aquí en el piso, por si ocurre algo durante la noche. Buenas noches. —respondió Cori.
—Buenas noches. —Finalizó Rúbik.
A la mañana siguiente, me levanté para tomar algo de beber. Afuera del árbol había un riachuelo con agua que nacía montaña arriba, y al agacharme para tomar un poco de agua, pude ver mi reflejo en ella. Al mirarme a los ojos, me preguntaba cuánto durará este sueño, o quizás, ¿esta será mi realidad? No lo sé. Sólo dejaré fluir mis pensamientos como el agua que estaba bebiendo y aceptar esta nueva vida que estaba experimentando.
—Veo que ya estás bien, —me dijo Cori.
—Se me había olvidado mi pie, ya no tengo dolor, es increíble lo que hizo tu ungüento de hierbas.
—Sí, lo sé, nunca falla.
Después de practicar cómo montar a caballo, en unos minutos aprendí. Ya estaba montando el mío y dando con él unas vueltas alrededor de la casa de Cori.
—Pensé que era más complicado montar un caballo, sólo necesitaba tener la oportunidad y practicar, —les dije.
—Yo los sigo, ya es hora y apenas salió el sol.
—Sí, vamos, —dijo Rúbik.
Iniciamos el viaje, llevamos en los caballos varias bolsas hechas de piel de algún animal extraño, nativo de este mundo, y las llenamos de bastante fruta que cortamos de los árboles de Cori.
Eran increíbles los lugares por donde pasamos. Recuerdo un camino entre la vegetación, era un túnel entre árboles forrados de florecillas de diferentes colores. Había muchas especies de mariposas revoloteando entre las flores; era un paisaje espectacular.
Después de viajar todo el día a caballo, empezó a oscurecer. Estábamos en el lugar más alto del valle, donde la noche no parecía caer, ya que había luna llena y el bosque se veía iluminado. En las praderas, se veían diferentes grupos de insectos luminosos que adornaban los campos nocturnos. Buscamos un lugar para dormir detrás de unos peñascos y descansamos toda la noche.
A la mañana siguiente, comimos cerezas silvestres con leche de cabras que estaban a lado del camino y después seguimos el viaje. Ya al mediodía, llegamos a un lugar extraño, y comenzamos a ver estatuas de piedra muy parecidas a humanos en diferentes poses. Se veían tan reales, cada detalle de su expresión de su rostro, todas tenían cara de angustia.
—Esto lo hizo Góspel y su gente; son personas que se resistieron a obedecer lo que ellos les ordenaban. Esta gente ocultaba a un Kórdix en su aldea y Góspel al ver que era protegido, les hizo esto. Si no haces lo que te indican, en esto te convierten. Estas estatuas algún día tuvieron vida como nosotros, fueron personas de carne y hueso, —nos platicó Cori.
—Es difícil de creer todo esto, de donde yo vengo, nadie puede hacer eso; es imposible que pase algo semejante.
—Pues no sé de dónde vengas, pero aquí vas a ver cosas muy extrañas.
Entre más caminábamos, más estatuas de personas encontrábamos; unas completas y otras solo eran partes de cuerpos. Otras estaban enterradas a la mitad, otras cubiertas de moho, otras bajo las aguas de los lagos. No podía creer que existiera alguien con poderes así.
Esto me hacía pensar solo una cosa, que yo también podría terminar de esa manera. Tengo que tomarme este asunto con más seriedad, debo recordar mi entrenamiento militar, aunque ya era poco lo que recordaba, y era algo que me podría salvar la vida. Algo que me perturbaba eran las leyes naturales que yo conocía, no se aplicaban con tal precisión en este mundo.
Pasó el tiempo, viajando los tres en nuestros caballos, con el Sirfáka a veces delante, o atrás de nosotros. Íbamos sin pronunciar ninguna palabra, cada quien se concentraba en su mundo dentro de su mente. A veces recordaba a Místrait y a Roleux; esto me hacía preguntar. ¿Por qué me involucraron en todo esto? ¿Por qué no usaron a otro? Sea lo que sea, tengo que descubrir la razón que me trajo hasta aquí. Presiento que Kork me va a explicar mejor esta situación, ya que él fue un aprendiz de Kórdix, y está mejor instruido en todo esto.
De pronto, nos cayó la noche, llevábamos dos días viajando, y nuestro andar se hacía cada vez más pesado y cansado, aunque fuéramos montados a caballo.
—Yo digo que descansemos aquí, ¿no creen?
—Está bien, Rúbik, ¿y tú qué dices, Cori?
—Está bien, busquemos un lugar donde dormir esta noche.
Llegamos a un lugar entre muchos árboles, un poco alejado del camino para no llamar la atención. Amarramos los caballos a un árbol, bajamos las frazadas, y nos preparamos para dormir. El Sirfáka siempre que nos detenemos, se sienta en sus patas traseras, y pone mucha atención a los alrededores. Todo el tiempo está buscando algo que le parezca extraño, olfateando el aire y parando las orejas por si escucha algo. Ni un perro de los que conozco tiene esa aptitud como este animal. Después de un tiempo, si no ve nada raro, se levanta, se da la vuelta y se une al grupo tranquilamente.
—Cori, ¿cuándo crees que lleguemos al monasterio?
—Yo digo que mañana a mediodía ya no estamos lejos, el venir a caballo nos ahorró varios días de caminar.
—¿Y cuándo fue la última vez que fuiste a ese lugar?
—La última vez que pasé por aquí, era muy chica, era demasiado niña, recuerdo que un aprendiz Kórdix me traía en sus hombros. Veníamos huyendo de los Jakor; ellos se alimentan de la energía de los seres vivos; su fuerza la obtienen de nuestra energía vital. Decía Búrtok que la energía vital de nosotros se encuentra en la sangre, y eso es lo que buscan los Jakor. Ellos se llevaron a mis padres, ya que mi padre y otros amigos de él estaban formando una resistencia, para evitar que esos seres oscuros pudieran dañar a más gente inocente. Entonces los Jakor, para quitarlos de su camino, hicieron algún trato con los mokrianos del mar del norte para que trabajaran para ellos e hicieran el trabajo sucio. Fueron los que se llevaron a mi padre y a la resistencia; jamás supimos qué fue de ellos.
Los Kórdix me rescataron cuando quedé sin familia vagando por el bosque; ellos me criaron y me educaron, son gente buena. Se dedican a buscar barcos piratas que llevan esclavos; hay Kórdix que son grandes guerreros y entrenados para combatir contra los más malvados y luchan con los hombres malos de esos navíos. Siempre ganan los Kórdix, ya que tienen poderes extraordinarios. Su finalidad es quitarles a los prisioneros, hombres, niños y mujeres, para después ser llevados a los monasterios. Allí los alimentan y los curan de sus heridas. Si ellos desean, se pueden quedar a vivir allí, y les enseñan lo básico del conocimiento Kórdix.
Muchos de los seres que rescatan, después de recibir ese conocimiento, deciden quedarse en los monasterios, para seguir ayudando a más gente como agradecimiento a la vida. Cuantos más seres rescatan, más poder obtienen. Dicen ellos que, al hacer estas acciones, elevan su poder y su nivel espiritual; así fue como creció la fuerza Kórdix.
El aprendiz que me trajo hasta aquí se llama Jérzak, se lo llevaron los Gong en una emboscada; jamás supe más de él. Después me adoptó una hechicera que vivía en el bosque; ella me enseñó muchas cosas de la naturaleza, hasta que un día murió envenenada. Nadie supo cómo ocurrió; la encontraron tirada en el bosque, y Búrtok, al revisarle, dijo que había sido una muerte muy extraña, quizás algo que ella comió, se equivocó en sus recetas y le costó la vida.
Después, Búrtok me ayudó y me cuidó durante un tiempo. Para ese entonces, yo ya tenía 14 inviernos. Me enseñó a cazar y a sobrevivir en el bosque. Desde entonces vivo sola con mis únicos amigos, los animales del bosque.
—¿Así como a Lía, tu lechuza?
—Así es, a esa lechuza yo la rescaté cuando apenas era un polluelo. Cuando yo iba a recolectar moras para comer, la encontré escondida bajo un tronco de un árbol caído. Estaba allí con un ala rota, y la cuidé hasta que se recuperó. Desde entonces está conmigo, se quedó a vivir en la cima del árbol donde ahora vivo y ya no quiso su libertad de regresar al bosque.
—¡Interesante tu historia! Por lo que me doy cuenta, este mundo está lleno de seres raros y malvados; tienen un completo buffet de maldad… Mira, Cori, Rúbik ya se quedó dormido.
—Sí, ya lo vi, buenas noches, mañana hay que salir a primera hora.
—Está bien, buenas noches, Cori hasta mañana.
Antes de cerrar mis ojos para dormir, alcancé a ver algo entre las ramas de los árboles, y me quedé quieto. Me di cuenta de que era Lía la lechuza. Me preguntaba si Cori sabía que estaba aquí. Tal vez nos estaba siguiendo sin que nosotros nos diéramos cuenta, es un ave muy astuta. Me recuerda al ave roja que estaba en casa de Místrait y Roleux.
De pronto, escuché otro ruido en otro extremo del lugar por detrás de mí. No me moví drásticamente, ya que mis movimientos podrían delatar mi posición. Así que me fui volteando lentamente hacia el otro lado, y poco a poco quedé en dirección mirando hacia donde escuché ese ruido. Regresé la mirada, y vi a Rúbik y a Cori durmiendo. El Sirfáka, y los caballos también dormían. Solo yo estaba despierto, y entre las penumbras de esos árboles, observé una sombra que se miraba con tanta claridad. Estaba seguro de que era alguien. ¡Qué mala suerte tenemos! Si no es una cosa, es otra. ¿Qué hubiera pasado si me hubiera dormido igual que ellos? Esa cosa nos hubiera sorprendido y ya estuviéramos heridos o muertos.
Me pasaron miles de ideas por la cabeza en segundos, con eso de que aquí atacan en formas tan extrañas. De donde vengo, solo te disparan o te acuchillan, vives o mueres, pero aquí no es así, aquí te avientan a los pozos ardiendo, convierten a la gente en piedra o árboles. Extrañas maneras de morir, y eso me llenaba de incertidumbre, sobre todo la forma en cómo podría terminar yo aquí en este mundo.
Comencé a sudar frío, no sabía si alertar a los demás o esperar otro movimiento de esa sombra. Temía que fuera a despertar el Sirfáka, y corriera a atacar, sin darnos tiempo a nosotros de ponernos en posición de ataque. Ya estaba preparado, tenía mi arco y mi flecha listos para defender al grupo. Tan solo estaba esperando cualquier otro movimiento, para alertar a los demás. Pero no pasó nada, sólo nos observaba ese ser allí escondido en la penumbra. Pero, ¿dónde está Lía la lechuza? ¿Por qué no ha dado la alerta? ¿Qué está esperando? ¿Por qué no grita o hace algo Lía?
¡Un momento! Si Lía sabe cuándo hay peligro y el Sirfáka también, ¿por qué no nos han alertado? Ella sigue en esa rama observando todo y le vale, y el Sirfáka dormido profundamente; esto significa que quién nos está vigilando no es peligroso, pero, ¿quién será?
Me quedé inmóvil por un momento más, mientras observaba a quien nos estaba vigilando, después se dio la vuelta y se marchó sin hacer ruido. No podía quedarme dormido, tenía que estar alerta toda la noche. Así que decidí quedarme despierto lo más que pude, hasta que me quedé por fin dormido sin querer casi al amanecer.
Más tarde por la mañana me despertó Cori.
—¡Hey! Rónan, despierta, es tiempo de irnos.
—Ya voy, ya voy, —le dije a Cori.
No les conté nada a ellos de lo que vi por la noche, primero quería analizar la situación antes de recibir opiniones. Partimos sin comer nada, montamos nuestros caballos y continuamos el viaje. Por el camino íbamos cortando moras y una especie de tomates silvestres que había por toda la orilla del camino. Nos encontramos muchos árboles de nueces; recogíamos las más que podíamos en nuestros bolsos de piel, ya que era lo que nos proveía de proteínas y nos mantenía sin hambre todo el día.
Pronto entramos por un camino entre montañas, y su cima se perdía entre las nubes. Llegamos a un lugar que se dividía en algunos túneles, donde por dentro había varias bifurcaciones. Sin un guía, cualquier persona se puede perder aquí. Era como un laberinto interminable de túneles, grietas y pozos muy profundos, donde, si alguien cae, quedaría allí su cuerpo por una eternidad.
—Cori, ¿conoces este lugar? —le pregunté.
—Más o menos, creo que debemos buscar en cada esquina de cada entrada un cristal azul muy pequeño incrustado en la piedra. Este cristal ha servido como marca para guiarse en la ruta al monasterio. Solo busquen en el borde de cada entrada ese cristal, y ese será el camino correcto.
—Miren, aquí está un cristal pegado en el muro.
—Tienes razón, Rúbik, este debe ser el camino, sigamos.
Después de media hora por esa ruta, llegamos a otra bifurcación donde se nos iba complicando encontrar la salida de ese lugar, ya que cada vez había más y más caminos diferentes.
—Aquí hay otra desviación, busquemos el cristal.
—¡Sí, aquí está, es por aquí! —dijo Cori.
Después de otro tiempo llegamos a una desviación con tres caminos diferentes.
—Aquí está el otro cristal, —les dije.
— Y aquí hay otro. ¿Cuál será el correcto?
—Ahora sí que estamos en problemas, yo opino que tomemos el camino de la derecha, —dijo Cori.
—Está bien, vamos por ese.
Tiempo después de caminar en línea recta y algunas vueltas, logramos ver una salida y minutos después estábamos afuera del conjunto de túneles.
—Por fin cruzamos ese laberinto, y ahora ¿por dónde seguimos, Cori?
—¡Oigan muchachos, ese túnel que está allí! ¿Acaso, no es la gruta por la que entramos? —preguntó Rúbik.
—Tienes razón, creo que este camino nos trajo de regreso a la entrada, —respondió Cori.
—Tenemos que regresar por aquí mismo y tomar el otro camino, —les dije.
Regresamos por donde mismo, y llegamos de nuevo a la triple bifurcación, pero ahora tomamos el camino del siguiente cristal. Parecía que este era el camino correcto. Después de un tiempo llegamos a otra bifurcación con 5 caminos diferentes y todos tenían un cristal.
—¿Ahora qué hacemos? Todos los caminos están iguales con un cristal incrustado, parece como si alguien hubiera estado jugando con esto para confundir aún más, —dijo Rúbik.
—No sé qué pasó la última vez que estuve aquí, solo había un cristal por camino, tan oculto que el que no sabe que hay marcas, se pierde. Comenzaremos como antes; tomemos el camino de la derecha; si no es, tomamos el que sigue, —opinó Cori.
—Está bien, vamos por ese otro.
Entramos por el camino de la derecha, era una cueva mucho más oscura que las demás, pero más adelante el camino se terminaba, y llegamos a un abismo que no se veía el fondo.
—¿Qué hacemos? El camino se termina —dijo Rúbik.
—Solo se hace más angosto, crucemos por allí, tal vez este es el camino correcto, y por eso es tan complicado, solo tengamos cuidado de no caer al precipicio —respondió Cori.
—Paso yo primero, después pasa Cori, y al último tú Rúbik, —les dije.
—Está bien, adelante, Rónan.
Mi caballo sabía del peligro, lo sentía nervioso. Lo tomé por el cuello y le acaricié su melena, después caminó lentamente hasta llegar al otro lado sin novedad.
—Adelante, Cori, sigues tú.
Después cruzó Cori por ese camino tan angosto, que sólo se veían caer las piedrecillas que se desprendían del bordo a cada paso que daba su caballo. Pero en eso, su caballo se puso necio. No hacía caso a Cori cuando ella trataba de tranquilizarlo, pero al final llegaron a salvo.
—Sigues tú, Rúbik, pasa con cuidado, ya viste que no pasa nada —le dijo Cori.
—Está bien, ya voy.
El Sirfáka se resistió a pasar, sabía mejor que nadie del peligro que nos aguardaba. Se quedó sentado del otro lado, solo mirando, mientras Rúbik se aventuró a cruzar por el angosto borde del abismo. Con toda confianza y seguridad avanzó por el camino. Le faltaban unos metros para llegar con nosotros, cuando de pronto, su caballo se puso nervioso y empezó a relinchar.
—¡Oooooooo caballo!, tranquilo, tranquilo. —Le decía Rúbik a su caballo.
Cori y yo estábamos nerviosos mirando todo, el Sirfáka no podía ayudarnos, ya que él se quedó del otro lado. De pronto, el caballo de Rúbik al tratar de saltar a zona firme, se le resbaló su pata trasera y se cayó al abismo, quedando colgado de la cuerda y del pie de Rúbik. Cori y yo alcanzamos a tomar a Rúbik de los brazos; Rúbik sostenía el peso del caballo, que estaba un metro más abajo a punto de caer. El caballo ya no podía subir, estaba pataleando y moviéndose del miedo y desesperación, por lo tanto estábamos a punto de soltar a los dos.
—Sujétate de esta piedra, Rúbik, necesito cortar la cuerda que sostiene al caballo.
—Listo, Rónan, suéltame, ya me sujeté de la roca, pero Cori, tú no me sueltes.
—Claro que no, Rúbik, te tengo bien agarrado, Rónan date prisa y corta la cuerda.
Rápidamente me agaché un poco al filo del precipicio para alcanzar la cuerda, pero era casi imposible. La cuerda estaba más abajo del pie de Rúbik, y no la podía tomar para hacer el corte. Rápidamente Cori me pasó su lanza con su pie, ya que tenía las manos ocupadas sosteniendo a Rúbik, y le amarré el cuchillo a la lanza. Solo así pude cortar, poco a poco, la cuerda que sujetaba al caballo. Cuando ya estaba a punto de romperse la cuerda, miré hacia abajo por última vez. Pude ver al caballo colgado de la cuerda. Lo miré y él me miró también, vi sus desesperados ojos buscando con sus patas algo para apoyarse y salir de allí, pero no había nada, solo el abismo oscuro que le esperaba debajo de él, y el caballo lo sabía. Ya no podía hacer nada por él, así que di el último corte y la cuerda se trozó, cayendo el pobre caballo al precipicio; solo así lo pudimos rescatar a Rúbik.
—Listó Rúbik. ¿Estás bien?
—Sí, pobre caballo, escuché el golpe cuando cayó al fondo, solo deseo que su muerte haya sido instantánea.
—Un momento, ¿escuchan eso?
—No, ¿qué escuchas, Ronan? —preguntó Cori.
—Escuchen…
—Sí, escucho, es el caballo, no está muerto, está gritando.
El caballo seguía vivo, no murió, pero entre los alaridos del caballo se escuchaba algo más, y el Sirfáka estaba inquieto al otro lado del abismo.
—¡Escuchen eso! Algo más está allí abajo, —les dije.
—Se escuchan voces y risas, —dijo Cori.
—¿Qué habrá allá abajo?
En mi caballo tengo un poco de aceite, hagamos una antorcha con este pedazo de tela de la silla del caballo, la que se me enredó en mi pie, y la arrojamos encendida para ver qué está sucediendo allí abajo, —sugirió Rúbik.
Rúbik hizo una antorcha, la encendió y la arrojó al abismo.
—¡Vean eso!
—¡Increíble!, ¡qué miedo!, son personas. —respondió Cori.
—No son personas normales, son seres de la oscuridad, no conocen el mundo exterior, se ve que son seres salvajes; el que cae allí se lo devoran, vean que el caballo ya no grita, se lo están comiendo, —nos explicó Rúbik.
—Vayámonos de aquí mejor, —dijo Cori.
—Sí, vámonos de aquí, —sugirió ahora Rúbik.
—Vamos por los dos caballos que nos quedan, —les dije.
Pero al ir por los otros dos caballos, estos se habían alejado un poco del pozo. Al escuchar los gritos de su otro compañero al caer, también empezaron a gritar y a rebuznar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cori.
—¡Corran, corran! Son esos seres salvajes del pozo, hay más aquí arriba y son muchos de ellos. Unos se llevan a los caballos y otros vienen por este otro lado.
El Sirfáka del otro lado estaba desesperado tratando de ayudarnos y gritando de una forma extraña, como si nos llamara de regreso. Él sentía el peligro y solo quería protegernos. Rápidamente, regresamos por el angosto camino hacia la salida de ese lugar.
—¡Cuidado! No se vayan a resbalar o estaremos en la cena de esos seres horribles, —nos dijo Cori.
Logramos llegar al otro lado a salvo, corrimos hasta salir de esa cueva. No estábamos lejos de la salida, ya que se alcanzaba a ver un poco de luz del exterior.
Al estar en la salida, por fin regresamos a la bifurcación de cinco caminos, donde tuvimos que elegir otro camino diferente.
—¿Están todos bien? —les pregunté.
—Sí, estamos bien, tuvimos suerte, ya que esas cosas no pudieron cruzar el camino angosto, caminaron torpemente, algunos cayeron al abismo, y el resto ya no pudo pasar, —dijo Cori.
—Esos seres se quedaron con nuestros caballos, —respondió Rúbik.
—Lo siento por los caballos, tuvieron que sacrificarse por nosotros, —dijo Cori.
—Tienes razón, no pudimos hacer nada por ellos, pero debemos avanzar, vamos por otro camino, —les dije.
—¿Saben qué? Ahora elijo yo el camino.
—Está bien, Cori, elige el que tú sientas que es el correcto.
Ella eligió el 4o camino, por allí nos fuimos todos, y después de caminar por 20 minutos más, nos detuvimos a tomar agua en un manantial que había entre las rocas.
—Me estaba muriendo de sed, —dijo Rúbik.
—Qué agua tan fresca, no pensé que hubiera agua aquí entre tanta piedra y polvo, —les dije.
—¿Ya vieron eso? —preguntó Rúbik sorprendido.
—¿¡Pero qué es eso!?
—No lo sé, Cori, creo que son dos niñas que vienen hacia nosotros.
—¿Niñas? ¿Qué hacen dos niñas aquí?
Los tres nos quedamos sorprendidos al ver pasar a ese par de tiernas niñas; venían caminando solas con un canasto lleno de frutas colgando de sus brazos, como si ningún peligro acechaba por aquí. Al vernos ellas allí parados, nos miraron y sin decir nada pasaron de largo. Más adelante, una de ellas se detuvo, y con el dedo de su mano derecha, nos señaló que las siguiéramos. Después entraron por una cueva y las perdimos de vista.
—Vamos, ellas deben saber dónde está el monasterio, —les dije.
—No me gusta la idea, pero vamos, se me hacen tan extrañas esas niñas, —dijo Cori.
Aceleramos el paso para alcanzar a las niñas. Al llegar a la cueva por donde ellas entraron, las perdimos de vista, pero a lo lejos se alcanzaba a ver algo de luz. Así que seguimos por allí, y por fin cruzamos aquel terrible laberinto. Fue extraño que esas niñas, sin conocernos, nos guiaran a la salida de ese lugar. Al llegar al otro lado, había un bosque con árboles muy altos, manantiales por todos lados, y muchos insectos, sobre todo libélulas y mariposas brillantes que volaban por todo el lugar. Debajo de un gran árbol estaban cinco niños jugando entre grandes raíces de un árbol. Lo extraño era que, entre esos niños, había otro niño mucho más pequeño que los demás. No parecía un niño humano, era demasiado pequeño, y su rostro era excepcional. No tengo palabras para describirlo, no me pude detener para apreciarlo más de cerca; solo recuerdo que era de piel muy blanca, tenía la cara alargada y orejas puntiagudas. Seguí el camino junto con mis amigos; esto era maravilloso, era un bosque oculto en medio de tantas montañas.
«¿Dónde están esas niñas?, que extraño, juro que iban por allí. Ahora solo van ese par de muchachos con esas túnicas de monje.» —Pensé en mi interior.
Seguimos entre ese increíble bosque, después llegamos a un muro de piedra, era altísimo, calculé 15 metros de altura. No era un muro natural; se notaba que había sido construido hace mucho pero mucho tiempo. Tal muro estaba hecho de bloques de roca de gran tamaño. Aproximadamente cada bloque era más o menos del tamaño de una caja de camión de carga. Cada bloque estaba incrustado en la pared a lo largo de toda la ladera de la montaña, formando una gran muralla. Todos los bloques tenían el mismo tamaño, apilados encima uno del otro. ¿Cómo pudieron subir cada bloque encima de cada uno? Si cada bloque pesaba varias docenas de toneladas.
—Hemos llegado, muchachos, sólo que no es fácil entrar al monasterio, debemos esperar aquí un tiempo, —dijo Cori.
—¿Esperar? ¿Esperar a quién? —respondió Rúbik.
—Tengan paciencia, yo sé lo que les digo, ellos vendrán por nosotros.
—¿Quiénes vendrán? No entiendo —preguntó de nuevo Rúbik.
—Ellos…
De pronto llegaron dos hombres con túnica blanca; eran de aspecto muy extraño, como lo es todo por aquí. No tenían cabello, estaban parcialmente pelones; sólo tenían un mechón de cabello más largo en la corona de sus cabezas. Estaban acompañados por un par de tigres blancos. Eran tigres muy extraños, tenían una melena parecida a la de un león, pero su tamaño como la de un caballo normal, su color era hermoso, uno era color blanco con negro, y el otro, blanco con naranja, muy diferentes a los tigres que yo conocía. La sangre se me heló cuando vi semejantes felinos parados a un metro de distancia de mí, y no dejaban de oler mis pies.
—¡Cuidado, Rónan!, nos pueden atacar, —respondió Rúbik escondiéndose detrás de mí.
—No tengan miedo, no les harán daño, son animales mansos como una ave, ellos ya me conocen —nos dijo Cori.
Después, los dos hombres, sorprendidos por nuestra presencia, nos miraban de arriba a abajo, primero pusieron su atención hacia Cori. Ella hizo reverencia, agachando su cabeza frente a ellos como muestra de respeto. —Les respondió.
—¡Qué tal!, venimos a buscar a Kork, él es Rúbik, y él Rónan. Necesitamos de su ayuda, ya que un amigo de nosotros fue atacado por un Jádoguar. —les dijo Cori a los dos hombres.
Ellos, sin decirle nada, enfocaron su atención hacia mí. Me observaron como si sospecharan algo raro. Percibieron que yo no pertenecía a esos lugares, se dieron cuenta de que no era un ser común, y eso me preocupaba.
De pronto, de entre sus ropas, sacaron unos cintos de piel. Ellos no hablaban; sólo nos hicieron señas de que nos pusiéramos un cinto en los ojos. Después, nos colocaron una cuerda en nuestras cinturas, de la cual ellos mismos jalaban para guiarnos por dónde debíamos caminar.
Ellos por delante jalan la cuerda, nosotros íbamos en fila india, uno detrás del otro. Delante de mí iban los dos hombres, detrás iba Cori y al final Rúbik.
Después de caminar media hora por un pasillo de grandes bloques de piedra, por fin nos detuvimos. Al parecer, ese pasillo estaba cerrado, al fondo nos topamos con un muro, se sentía la grandeza de la pared y mucho frío por la irradiación gélida que despedían las rocas con las que estaba construido ese lugar.
De pronto, escuché un sonido muy fuerte, como si arrastraran una piedra de gran tamaño. Sentí cómo vibraba el suelo al deslizarse tal piedra; al parecer, ese muro era una puerta que por algún modo fue desplazada. No podíamos ver nada, así que todo era identificar de oído. Una ráfaga de aire fresco salía del interior porque se abrió la puerta.
Entramos y caminamos varios metros, llegando a un lugar muy amplio dentro del túnel, se percibía que era un lugar grande por el eco de nuestras voces. Uno de esos hombres nos quitó por fin la venda de los ojos, pudimos ver el salón al que nos llevaron.
Estaba todo muy oscuro, solo podíamos ver gracias a la antorcha que llevaba el hombre de adelante. Nos hicieron la seña de que los siguiéramos, y después de caminar de nuevo por túneles que parecían otro laberinto más, por fin pudimos ver la luz. Al llegar, apreciamos mejor ese majestuoso monasterio.
Era increíble, en sus muros tenía grabados varios dibujos ilustrando una historia; también, tenía algunos escritos en un lenguaje extraño. Era toda una colosal obra de ingeniería. Jamás hubiera encontrado este lugar si hubiera venido yo sólo. Además, no es fácil entrar aquí, menos para la gente común y corriente como yo.
—¿Qué idioma es ese cori?
—Es Zorak, el idioma antiguo de los Kordix, el que les fue dado por los seres del cielo.
«Por fin en Ízar, hogar de un Kórdix auténtico. Tanto he escuchado hablar de ellos, y por fin tendré la oportunidad de conocer a uno de ellos en persona.»
Había también en los muros marcas de raspones, agujeros y manchas de todo tipo, como si una larga historia de importantes batallas y anécdotas envolviera este misterioso lugar con estas gigantescas y colosales piedras. Era un lugar grandioso, donde se respiraba paz y tranquilidad, pero a la vez una sensación de sentimientos encontrados, algunos de alegrías, angustias y dolor de las personas que vivieron en tanto tiempo en este increíble lugar.
Algo interesante llamó mi atención: se escuchaban unos cantos muy suaves que se entonaban a lo lejos. Alguien estaba cantando coros de música barroca, sus voces eran muy graves, al parecer solo eran hombres, y todo el tiempo desde que entramos no dejaban de cantar.
En un muro en la entrada había dos columnas y en la parte superior había una inscripción en un idioma desconocido para mí.
—Cori, ¿eso es Zorak? ¿tú sabes qué dice allí? —le pregunté.
—Sí, esta en idioma Zorak y dice así:
"EXTRAER DEL FONDO DE TODAS LAS COSAS, LO MÁS HERMOSO QUE HAY EN ELLAS".
—Qué profundo, ya me había hablado Búrtok de esa frase, Kórdix.
—Es el lema de todo Kórdix, —dijo Cori.
La gente vestía con túnicas largas hasta el suelo, unas eran azules y otras blancas. Todos se veían sonrientes y alegres. Por los jardines, los niños jugaban con sus padres, y los ancianos platicaban con sus nietos, la mayoría sentados en bancas hechas de piedra. Preguntando a sus habitantes cómo podríamos llegar al recinto de Kork, nos respondieron amablemente, indicándonos por dónde dirigirnos.
—Cori. ¿Por qué no nos teme la gente? ¿Si ni siquiera nos conocen?
—Porque ellos muy bien saben, si logramos entrar hasta aquí, es porque tuvimos ayuda de los guardianes Kórdix. Y si nos permitieron entrar, es porque nos consideran personas gratas.
—Ahora entiendo mejor, probablemente, ese par de niñas eran guardianes de Kórdix, haciéndose pasar por alguien tan inocente como esas niñas, —le dije a Cori.
—Lo sé, fue una prueba de las más importantes. Si les hubiéramos hecho daño a ese par de niñas inocentes, jamás nos hubieran permitido llegar hasta aquí. Creo que ese par de niñas, eran esos guardianes que nos dejaron entrar, ellos pueden cambiar de forma. —Me dijo ella.
—¡Increíble! Esto se pone más interesante.
«Ahora me cae el veinte, probablemente, la sombra que vi anoche en el campamento, eran ellos mismos. Por eso Lía y el Sirfáka no lo sintieron como una amenaza. Estoy casi seguro de que eran los guardianes de los Kórdix, que nos venían vigilando desde antes de llegar a este magnífico lugar.»
Caminamos por varios callejones del monasterio y algunos pasadizos. Era toda una fortaleza, algunos edificios tenían un estilo arquitectónico muy especial. Gótico combinado con estilo Hindú, digno de admirar. Al final, llegamos al edificio principal. Tenía las puertas demasiado altas, como si las hubieran construido personas de muy alta estatura. Calculé que cada puerta tenía una altura de 10 metros o más. El guardián, que se encontraba apostado en la entrada de esa megaconstrucción, nos dijo que sólo yo debía pasar.
Entonces llegaron unos hombres demasiado altos con aspecto de monje, pero con cuerpo de guerrero y abrieron la pesada puerta de madera con partes metálicas que la reforzaban de posibles ataques. Dentro había una sala muy amplia; me indicaron que pasara hasta el centro de ese lugar sin voltear hacia atrás. Así que entré, y después cerraron la puerta, me dejaron allí solo. Caminé un poco más hasta llegar al centro de ese lugar, y me detuve en un círculo hecho de piedras preciosas incrustadas en el piso que tenía otro tono de color más claro.
Alrededor de ese círculo había 12 columnas hechas con bloques de piedra muy bien pulidos; pienso que eran de onix. Y, entre la parte central de cada columna, tenía a su alrededor gemas o cristales muy brillantes incrustados en la parte central. Se podía ver mejor su brillo cuando, al moverme alrededor de las columnas, se reflejaba en cada gema la poca luz que entraba por una ventana del techo de esa sala, generando en el piso unas formas hermosísimas con la deflexión de la luz que atravesaba en cada gema. Era hermoso apreciar esa gran gama de colores que brillaban y a la vez se reflejaban en algunas partes de las demás columnas. Era un éxtasis visual que jamás lo hubiera visto o imaginado.
Pasaba el tiempo y no sucedía nada, estaba yo solo allí, de pie en ese círculo de piedra. Sentí que habían pasado aproximadamente dos horas más, pero no sucedía nada. Pensé que debía demostrar paciencia; presentía que esto era una prueba que ellos mismos me estaban aplicando.
Querían ver qué tanta paciencia podía tener; ahora estoy entendiendo todo este mundo místico y misterioso. Ya que todo esto no se le puede confiar a cualquier curioso, son secretos importantes de grandes misterios que solo se develan a ciertos elegidos. Recuerdo que Árkon me habló de los grandes misterios, jamás pensé que me iba a involucrar tan pronto en todo esto.
Así que me senté en el suelo con las piernas cruzadas, cerré mis ojos y respiré profundamente. Pasó mucho más tiempo, pero ya no sentía el tiempo. Mis piernas no aguantan más en esa posición, pero sabía que tenía que soportar la incomodidad de tener que esperar tanto tiempo para recibir algo grande.
Lo bueno no llega tan fácil, todo lo grandioso llega después de sacrificio y dolor. Ya mi espalda se estaba arqueando, no soportaba más esa posición. Estaba a punto de moverme, y de pronto se oscureció el lugar. Alguien se paró en la entrada de la sala, y tapó la poca luz que entraba de fuera.
Acostumbrado a conocer gente extraña en este mundo, ya no me sorprendía nada en ese momento. Tenía la inquietud de ver cómo era realmente esta persona.
La voz dijo:
—¿Kak tibié sabút, maladoy?
—Miniá sabút Rónan, gaspadín.
Por lo general, podía hablar y entender su idioma. ¿Cómo podía hacer eso? No lo sé, pero lo hablaba fluidamente, solo que a veces me salía responder en mi idioma materno, hasta que mi mente corregía y respondía en su idioma.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—¡Mi nombre es Rónan señor! —le respondí con mucha energía, como si me hubiera preguntado mi comandante de batallón.
—Yo soy Kork, un Kóbda azul del norte, gusto en conocerte, muchacho; me comentan que necesitas ayuda, ¿no es así?
Me respondió con una voz tranquila y paciente, muy diferente a cómo yo me imaginaba que iba a responder.
—Sí, así es, señor, necesito su ayuda, un amigo mío está en problemas.
—¿Y qué tipo de problema tiene él?
—Digamos que Góspel lo convirtió en algo extraño.
Le dije la verdad directamente y sin rodeos, había algo en mí interior que bloqueaba decirlo tal cual. Aun mi sistema de creencias y mi lógica no aceptaban que alguien podría ser convertido en árbol, pero tenía que aceptar esta realidad tan loca y extraña para mí.
—¿Has dicho, Góspel? Él es un Jádoguar muy avanzado; ellos no deben entrar en este mundo, tienen prohibido usar su fuerza de este lado. ¿Estás seguro de que fue él?
—Así es, señor, yo estaba presente cuando hechizó a mi amigo, pero yo alcancé a escapar.
—¿Escapaste? De ellos nadie escapa, es muy extraño que alguien se les escape. Debería tener uno un gran motivo para dejar ir a alguien. Más bien, no es que él lo haya permitido, fue tu audacia, poca gente de por aquí tiene esa fuerza de escapar.
Todos caen rendidos ante el miedo de ver un Jádoguar, más bien se dejan atrapar en vez de hacer el esfuerzo de huir. Digamos que Góspel se encontró con alguien, con un gran sentido de supervivencia, y te subestimó demasiado, pero dime muchacho. ¿Cómo se llama tu amigo?
—Se llama Búrtok.
—¿Has dicho, Búrtok? pero sí, él sabe defenderse solo de esas cosas que andan por allí sueltas. ¿Cómo fue que le sucedió?
Observándome de pies a cabeza, y dando vueltas a mi alrededor, Kork me seguía evaluando discretamente. Me estaba conociendo en base a mis respuestas y movimientos, después le respondí.
—Búrtok me estaba contando la historia de Kadámu. De cómo unos seres de una esfera brillante les dieron unos objetos con unas cualidades extrañas a los hombres de aquella época, y en ese momento apareció Góspel de la nada convirtiendo a Búrtok en un árbol.
—¿Búrtok te contó esto?
—Sí, por eso me he asignado la misión de ir a rescatarlo.
Yo, ignorando la trascendencia que significaba que un hombre como Búrtok le confiara a alguien como yo algo tan importante como esto, le seguí comentando lo sucedido.
—Muy bien, estoy tratando de hilar esta madeja, pero por lo que me platicas, veo tu interés por ayudar a Búrtok, por aquí es poca la gente que tiene ese sentido de ayuda a los demás. Yo te puedo ayudar, pero necesito conocer más de ti. ¿De dónde vienes, muchacho? He notado que no eres de aquí, pero sígueme platicando.
—Vengo de un lugar muy lejano, no sé cómo explicarle, ya no sé si esto es un sueño o una realidad, solo venía a pedir su ayuda. Espero que usted pueda apoyarme para terminar con todo esto. Lo único que sé es que un par de ermitaños me enviaron a este lugar, y uno de ellos se llama Místrait.
Kork se quedó mudo al escuchar el nombre de Místrait, quería decirme algo, pero noté que no podía hablar. Se le hizo un nudo en la garganta. Tartamudeó y pasó saliva al querer seguir hablando. Se tomó un momento, respiró profundo y pensó lo que iba a decir. Yo sentí que él se llenó de un sentimiento muy sublime, y fue así como bajó la guardia conmigo. Se puso sentimental, pero a la vez tenía una cara de alegría que no podía con ella, reposó su mano sobre mi hombro, y mirándome a los ojos dijo:
—Percibo que tú no eres un ser cualquiera, ignoro de dónde vienes y quién seas, pero si llegaste con la orden de Místrait, él supo lo que hacía. ¿Y así que Místrait aún vive? —Sonrió levantando una ceja, tocándose la barbilla con su mano, mientras simulaba una risa retadora.
—Así es, y Roleux también.
—¡interesante! muy interesante, así que ese par de viejos aún viven.
—¿Usted conoce a Místrait?
—Claro que lo conozco, muchacho, es un Uchébnik de los mejores Kóbdas, peleó en docenas de batallas en este mundo y en los otros, sólo que con la llegada de los Utúku. Todos tuvimos que huir, llevándonos con nosotros el poder que se nos fue asignado desde generaciones atrás, y que hemos venido protegiendo durante siglos y siglos.
—¿Puedo preguntarle algo, maestro?
—Sí, Rónan, pregunta lo que quieras, eres la clave que muchos esperábamos.
—Maestro Kork, ¿qué es un Kóbda? Yo había escuchado sobre los Kórdix, pero no de los Kóbdas.
—Es una larga historia que no te puedo contar por ahora. Solo te puedo decir que los Kóbdas son maestros de sabiduría, surgidos después de los Kórdix. Solo cambiaron de nombre por intervención del primer maestro Kóbda, el cual enseñó al Kórdix una habilidad más de la que les habían enseñado los señores Éntrix. Un maestro Kóbda es alguien que ha logrado la maestría sobre la vida y el mundo que nos rodea, alguien que ha despertado a la realidad; puede vivir miles de años si él lo desea; es alguien que tiene el dominio de sí mismo y ayuda a los demás a despertarlo también. Vive aplicando y desarrollando la sabiduría por donde quiera que él se mueva, transformando y transmutando la piedra vil en Áu, el metal más precioso y valioso de este mundo.
A un maestro Kóbda jamás se le hiere, los malos temen enfrentarlo, porque siempre sale victorioso, ya que él trabaja del lado de la luz. Un Kóbda solo se va de este mundo por voluntad propia o cuando sabe que ha completado su misión.
Un Kóbda jamás está triste, ni exaltado, jamás está enojado, es alguien ecuánime y amoroso con los demás, y a la vez es el asesino de su propio Góu. El maestro Kóbda busca el equilibrio en todas las situaciones de la vida. Lo aprende y lo pone en práctica, para que los demás aprendan de él.
Busca siempre el brillo en todas las apariencias oscuras, y da el ejemplo con sus obras. Ser un Kóbda no es fácil; se requieren muchas vidas para llegar a serlo. Kóbda es un nivel del ser, es el nivel más alto de savies que cualquier ser inteligente puede alcanzar.
—Maestro, ¿cómo es que un Kóbda puede convertir el metal en Au?
—Rónan, este dicho es simbólico, no es que lo puedan transformar en forma literal, y aunque sí lo puede hacer materialmente, de nada le sirve el Áu en la vida de un Kóbda, ya que ellos no tienen ambiciones. El trasfondo de este dicho, es que puede transformar su interior, lleno de ira, miedos y tristezas, en paz y armonía. Todo es interno, es una transformación del corazón de cada Uchébnik a Kóbda.
—Me siento honrado al estar ante usted, maestro Kork, jamás me imaginé conocer este tipo de filosofías… Maestro, ¿todo esto lo puede lograr cualquier ser? ¿Es para los seres comunes lograr ser un Kóbda?
—Si tú quieres y es tu valia si lo puedes lograr, cualquier ser pensante lo puede lograr siempre y cuando sienta el llamado desde su corazón, nadie lo obliga; es un trabajo personal, alegre y voluntario.
—A partir de hoy si usted me acepta como Uchébnik, me pondré a sus pies.
—Jamás rindas culto, ni te pongas a los pies de nadie, menos de ningún dios; todos son farsantes. Un Kóbda no busca seguidores, ni sigue a nadie; él sólo obedece a la ley de los mundos y enseña lo que sabe al que él considere que es digno de saber.
"EL KÓBDA APARECE CUANDO EL UCHÉBNIK ESTÁ PREPARADO".
—Gracias, maestro, me ha quedado clara su explicación, ahora ya sé que es un Kóbda y su misión; deseo convertirme en uno, seguiré su enseñanza con esmero.
—El tiempo lo dirá todo, si eres digno de serlo, lo demás llegará por añadidura.
—Tengo otra pregunta, maestro: ¿Quiénes son los Utúku?
—La mayoría de ellos son seres oscuros que se enviaron a este mundo para hacer contrapeso a nuestra inocente e ingenua raza, sobre todo a devorar y controlar las mentes más débiles. Se alimentan de nuestras emociones, en todas partes y en todos los mundos habitan ellos. No puede haber quietud absoluta por ningún lado. Siempre debe existir un opuesto, de lo contrario los mundos se detendrían y no funcionarían en la forma como los conocemos; es por eso que el lado oscuro es el motor que nos hace ir hacia la luz y buscar una salida; por lo tanto, estos seres son el contrapeso que hacen agitar el mar calmo de este mundo y otros más.
Son seres que no te gustaría conocer, ellos son diferentes a nuestra raza; ya que si fueran iguales, estarían al mismo nivel que nosotros, y no tendrían los poderes que ahora tienen ellos. Por diseño, a nuestra raza le bloquearon una gran parte de poderes, pero eso no significa que no los podamos activar, tan solo han sido ocultos. Esos seres tienen un poco más de privilegios que nosotros para poder remover la parte oscura del mundo. Siempre un Kóbda estará por encima de ellos, pero no los subestimes; algunos han logrado aprender cosas que no deberían.
Si nuestros mundos fueran todo paz y amor, no nos esforzaríamos en evolucionar, no buscaríamos esa fuerza que nos da el impulso para ir hacia arriba y adelante; a esta fuerza se le llama valia, por lo tanto nuestra raza no hubiese sobrevivido, y por ende, no hubiera existido el mundo como lo hemos conocido por tanto tiempo.
Es por eso que aquí, en el monasterio Kóbda, enseñamos el control de las emociones y a descubrir la fuerza del valia. Sólo teniendo tal control y conocimiento, serás inmune al poder oscuro, ya que a ellos no les sirves si no generas emociones. Ellos son unos parásitos mentales, y han infectado a nuestra raza con el Góu.
El Góu es la mancha oscura que nos confunde y desarmoniza la mente de nuestra raza. Según lo que cada quien lleve dentro, es lo que construye en su propio entorno. Es la semilla del deseo por la satisfacción de nuestros sentidos. Él no saber controlar tus pensamientos, endurece al corazón, y duerme la savies.
Esto nos hace caer en la comodidad de la ignorancia. Ellos te venden un sueño muy cómodo, para que no puedas ver la realidad tal y como es; no permiten que veas la salida de este letárgico sueño. Nos hacen desear las frivolidades, alejándonos de nuestra esencia, que es la fuerza de nuestra vida. Así que quien cae en esa trampa, queda deambulando por este mundo y ciego a la realidad, generación tras generación.
—Eso que dice del Góu, yo lo entiendo como el Ego, —le dije al maestro Kork.
—El Góu es seductor, muy fácil de caer en él. Debes cuidarte de eso y de ellos. Una vez que te dejas seducir por esa mancha oscura, serás uno con ellos. Se alimentarán de ti, y tú te alimentarás de los demás. Si al Góu lo dejas entrar en ti, él te controlará y dejará pasar a la legión para controlar tu mente; ellos te pondrán miles de opciones en tus pensamientos para tergiversar tu realidad y hacerte generar algún tipo de baja emoción, para que tomes decisiones equivocadas y no las que tú te propones desde tu corazón.
Por lo tanto, jamás podrás ver el mecanismo que hay detrás del mundo que percibes. Solo ellos son los que mueven la realidad por detrás de las sombras, ya que desde hace mucho tiempo lograron tomar el control de los mundos, guiando a los confundidos por la fosa de la discordia.
—Con cada pregunta que haces, abres un portal de luz, y es mi deber instruirte. La savies es la herramienta maestra que nos abre la mente. Recuerda esto muy bien: "la savies no es la mente". La mente es solo una herramienta de la savies, no la confundas. La savies nos muestra la verdad, es la forma real y verdadera de cómo piensa la gran mente, es una herramienta que se va desarrollando con el tiempo desde que entras a este mundo, a partir del momento en que sales por el portal del vientre de tu madre. La savies íntimamente estará a tu servicio, será tu guía, siempre y cuando la uses, pero la función del Góu es evitar que pongas tu atención en ella. El Góu está diseñado para atrapar la savies y enviarla a la celda del olvido, y en ese momento el Góu controlará tu mente.
—Interesante lo que he aprendido de usted; ahora que me doy cuenta que es la savies, voy a trabajar en desarrollarla para saber reconocer el bien y el mal.
—A partir de hoy, ya no puedes decir que no lo sabes ni ignorar esto, de lo contrario serás castigado por la gran ley. El haber recibido esta enseñanza te hace responsable de tus actos, trabaja con sinceridad y que la luz ilumine tu camino.
Bien, lo que importa ahora es ayudar a Búrtok, y por el momento tú eres el que está involucrado en esto, así que eres el único que puede ayudarle.
—Lo sé, maestro, no puede quedar él así, haría cualquier cosa por solucionar todo esto.
—Tu valor y valentía es lo que importa, debo adiestrarte con la sabiduría Kóbda, pero no hay tiempo, así que haré lo posible por prepararte lo más que se pueda.
Poca gente por aquí es como tú, así que serás el elegido para esta misión. Mira, Rónan, esta será tu elección. Hay un mundo oculto allí afuera donde las personas deambulan con su savies cerrada. Desconocen el engranaje de todo esto, ignoran que hay un paraíso y un abismo a la vez y en cambio eligen el abismo. Cada quien elige ciegamente por cuál caminar, y lo hacen a base de la poca o mucha experiencia que llevan dentro, y el Góu es la respuesta principal. Pero hay un camino que pocos eligen, que es el camino del OA, o el camino del centro. Este camino está oculto para los profanos, porque ellos fueron educados en la dualidad, heredada por sus generaciones pasadas, enseñada por los Ukútu, estos son los proveedores y maestros del Góu.
Los estudiantes que ves aquí en el monasterio, toda esta gente que hemos rescatado de los mokrianos y de los piratas, tienen sólo dos opciones en su visión: es el bien o el mal, pero son pocos los que están fuera de este doble camino. Tú estás en ese centro; tienes tu visión abierta, sólo se necesita tu elección y la fuerza de tu valia para seguir adelante en todo esto. Yo te doy la oportunidad de entrar en él, pero el cruzar el umbral depende de ti.
—No entiendo lo que trata de decirme, explícame más claro, solo recuerdo que Místrait me dijo lo mismo.
—Mejor sígueme, Rónan, conoce esto por ti mismo.
Entramos por una puerta del otro extremo de la sala, llegamos a una habitación que se encontraba dos niveles debajo de la sala circular donde estábamos. En ella, había dos sarcófagos casi llenos con un líquido cada uno. Uno de ellos tenía un líquido blanco luminoso, el otro un líquido violeta brillante. Me indicó Kork que me pusiera de pie en el centro de los dos sarcófagos y eligiera uno de ellos, pero antes me dijo:
—Lo que te voy a mostrar es sólo una parte de la infinita verdad, el resto lo tendrás que ir descubriendo tú mismo poco a poco, así que elige desde tu corazón.
Si eliges el sarcófago con el líquido blanco que tienes a tu derecha, te dará la oportunidad de terminar tu viaje en este mundo, en el cual Místrait te dio la opción de cruzar el umbral, despertando en el mundo de donde iniciaste esta aventura.
«¡Lo tenía! Por fin estaba en mis manos la oportunidad de terminar todo esto y regresar a casa. Pero otra parte de mí me decía que no podía terminar esto así de fácil; si llegué hasta aquí, fue porque confiaron en mí. Pero sigo sin entender eso: ¿Para qué me enviaron aquí? ¿Solo para cumplir mi capricho de saber qué había en el barril? ¿Debe haber otra razón más profunda que aún no he descubierto?
Sea lo que sea, debo llegar hasta donde tope todo esto, debo seguir con el rompecabezas de Místrait. Además, tengo algo pendiente. Búrtok está así por mi causa, y no puedo irme dejándolo de esa forma. Debo cerrar primero este círculo que yo mismo decidí abrir, y terminar con esto cuando logre cerrar todas las puertas que he dejado abiertas. Y solo así, tendré el valor de marcharme de aquí.»
Ya en ese nivel de conocimiento que había logrado adquirir por la información que me transfirió Kork, decidí sacrificar mi vida por el bien de ese mundo. Al fin y al cabo, qué más da luchar por alguna causa, ya sea en ese mundo o en el mío, de todas formas tendría que hacerlo; al menos allí, lo haría por una noble causa. Fue allí donde llegué a la conclusión de mi elección.
—Maestro, elijo el líquido color violeta.
—Es tu decisión, y así será. Quítate la ropa, muchacho, no debes tener ninguna prenda ni objeto contigo. Entra al sarcófago y sumerge todo tu cuerpo, lo más que puedas en él. Debes estar todo cubierto por el líquido, no debe haber nada de tu cuerpo fuera de él.
Y así lo hice, mientras me sumergía en el sarcófago, Kork llamó a alguien. Aplaudió tres veces y entraron 7 mujeres hermosas, con un atuendo de túnica blanca con violeta. Se posaron a mi alrededor y comenzaron a cantar. Era un canto hermoso; jamás había escuchado unas voces tan celestiales. Era una canción en una sola voz, donde cada una interpreta un tono diferente. Mientras ellas iban caminando a mi alrededor, se esparcía el humo de unas brasas que se estaban quemando en un sahumerio de oro, al que ellos le llaman Áu.
Ya dentro del sarcófago, Kork puso una especie de monedas de oro muy pesadas sobre mis ojos para que los mantuviera cerrados todo ese tiempo. Tuve que soportar la respiración lo más que pude. De pronto, sentí algo extraño en mi piel. El líquido empezó a hacer reacción de efervescencia con las vibraciones del canto de las muchachas. Comencé a sentir cada partícula de agua entrar por los poros de mi piel. La vibración, al ritmo de su canto, hacía vibrar las partículas de ese líquido, como si cada partícula tuviera vida propia y se apodera de mí. En ese momento perdí el sentido y no supe más.
Cuando desperté, recuerdo que una mujer de edad avanzada estaba secando mi húmedo cuerpo con una tela muy suave. Las otras chicas ya no estaban, sólo esa mujer y yo.
—A partir de hoy llevas una responsabilidad dentro de ti, algo que el maestro Kork te explicará cómo usarlo. Te deseo lo mejor en tu nueva vida y úsalo para el bien, es todo lo que te puedo decir. —Me dijo la mujer mientras secaba mi piel.
—No sé nada de eso, no entiendo, ¿a cuál responsabilidad se refiere?
—Ya te explicará Kork su funcionamiento y cómo debes manejarlo. ¿Sabes por qué te enviaron a este mundo?
—No lo sé, es por lo que me vengo preguntando desde que estoy aquí.
—Estoy casi segura de que lo que vieron en ti es lo mismo que estoy viendo ahora.
—¿Y qué es lo que usted ve en mí?
—¿En verdad no te imaginas?
—No, tengo muchas ideas de lo qué puede ser.
—Rónan, es lo más claro; a simple vista te eligieron por tu fuerza de corazón, sencillez y sobre todo, tu juventud. Solo alguien como tú se podría preparar para una misión como esta. Aún no estás contaminado por el umbral del mal de los mundos; estás limpio para aprender lo bueno que hay aquí.
—Gracias, señora, no lo había visto por este lado.
—Así es, nunca vemos el trasfondo y la belleza del mundo, siendo que está por encima de todo y escrito en el rostro de cada quien, solo debes aprender a percibirlo.
—Muchas gracias por su explicación de esa percepción, pero ¿quién es usted?
—Soy la mujer sacerdotisa de Kork, él y yo somos almas gemelas y en esta vida por fin nos encontramos.
—¿Almas gemelas?
—Así es, todos tenemos una contraparte opuesta a nuestra parte Dujabni, sólo que se encuentra dispersa en algún mundo de tantos que existen en el infinito, así como granos de arena en el mar. Navegando por algún rincón del vació, buscando oportunidades de vivir y poder desarrollarse, aguardando para encontrarse tarde o temprano con su otra mitad. En algún punto de tu camino encontrarás la tuya, hijo mío; sólo tienes que caminar por el sendero de la luz y vivir siempre despierto.
—Perdón que la interrumpa, pero ¿qué es Dujabni? —Le pregunté.
—Dujabni es tu esencia, lo que permanece vivo después de que te vas de este mundo.
—Lo comprendo; lo que usted llama Dujabni yo lo conozco como espíritu.
—Veo que es solo diferencia de lenguaje.
—Interesante, espero y...
De pronto, Kork entró a esta sala y me dijo:
—No queda tiempo, eres la única esperanza que tenemos. Un vigilante "ragnor" nos ha informado que un grupo de Jádoguar están tratando de encontrar la entrada a Ízar. Los vieron intentando atravesar el laberinto. Si logran descifrar la ruta, llegarán hasta aquí en poco tiempo. Ellos tienen poderes para encontrar este monasterio, y si logran encontrarlo, destruirán y esclavizarán a todos los que no han desarrollado sus poderes para defenderse. Ellos son los inquisidores de Kóbdas que pretenden robar la perla violeta de Krívek; es la fuerza que está en el fondo del sarcófago con el líquido violeta donde te transferimos la orden.
A todo aquel cuerpo que se sumerja él, se le transfiere la orden. Ahora tú tienes parte de esa fuerza. Antes, esta perla estaba incrustada en un brazalete de Áu que sólo yo portaba. Después de una batalla con los Utúku, el brazalete fue robado. Estuve mucho tiempo buscando al ladrón; cuando por fin lo encontré y le corté la cabeza, sólo pude rescatar la perla, ya que el ladrón le quitó el brazalete de Áu y lo vendió en algún mercado de mercenarios, porque para ellos era la perla lo más importante y no el brazalete. Por suerte no sabían cómo usar el poder de la perla, y no hubo transferencia de poder a ningún hombre común. Después ocultamos la perla debajo de este monasterio, hasta ahora que llegaste y se volvió a activar.
—¿Por qué, siendo usted un maestro de sabiduría, tuvo que actuar con tanta violencia cortando la cabeza de su enemigo?
—Porque estamos en un juego donde las reglas dictan que debe haber buenos y malos, donde el mal siempre tiende a seducirte para que seas uno con él. Todo ser pensante, como nosotros, desde que nace en este mundo, ya está escrito que su tendencia es irse al lado de las sombras, pero existe también la resistencia de la luz, que tiene el conocimiento para aprender y enseñar las formas de trascender la tentación, solo que para estas filas hay muy pocos aspirantes. La tentación es muy frágil y volátil para las mentes débiles; te seduce y te engaña como la flor de túrgia y no te das cuenta. Los seres que han sido seducidos por el mal no tendrán compasión por ti, y aunque tengas un poder como el que ahora ya tienes, también puedes estar pisando la delgada línea entre la luz y las sombras, y de igual forma puedes perder la cabeza, y no hay poder que te la vuelva a poner en su lugar.
En este mundo te vas a encontrar en circunstancias que no te van a gustar, y debes tomar decisiones que quizás después te vas a arrepentir, pero debes buscar prioridades, siempre que no atenten contra la vida de los seres inocentes. Así tengas que arrancar 100 cabezas de seres oscuros, no debes tenerles compasión, porque esos seres oscuros jamás, jamás, jamás, despertarán a luz; esta es la forma de pensar y el carácter del guerrero Kóbda.
Después de esa compleja clase de las artes Kóbda, adquirí más conocimiento, habilidades y confianza de lo que era mi deber. Me preparé mentalmente mientras se acercaba un joven con un atuendo diferente; portaba unas botas de piel oscura hasta la rodilla, fijadas con varias vueltas de listones hechas de la misma piel pero muy bien fijadas; llevaba una bata tipo monje hecha de lana de borrego color café, y en la cintura un ancho cinturón de cuero muy bien ajustado; era como una faja de donde se sujetaba una funda con una espada corta.
Ahora ya no hay tiempo, ve con Róku, es mi mejor Uchébnik, él te explicará cómo usar este poder, date prisa, sólo tú puedes por ahora luchar contra ellos.
Así que me vestí y fui con Róku; nos dirigimos por varios pasadizos que, al parecer, tenían tiempo sin ser transitados; estaban llenos de alimañas de todo tipo. Teníamos que ir encendiendo antorchas que estaban apagadas y sujetas entre las piedras de los muros. El aceite que contenían las antorchas aún estaba funcional, y a pesar del tiempo que estaban aquí abandonados, encendieron la primera chispa. Al final del túnel llegamos a una puerta oculta entre la maleza; para esto, ya estábamos afuera del monasterio. Parecía un jardín, estaba lleno de flores, y había muchas tumbas cubiertas por la hierba. Era un cementerio olvidado detrás del monasterio. Caminamos hasta el final del camposanto, y allí había una cripta que resaltaba entre las demás; a cinco metros de la entrada, había unas escaleras que bajaban al subsuelo; descendimos y llegamos a una sala con celdas para prisioneros.
—¿Qué es este lugar, Róku?
—Es donde tenemos encerrados a unos Utúku que fueron capturados desde hace tiempo; no debemos matarlos, así que los tenemos en estos calabozos. El maestro Kork tiene fe en que pueden convertirse hacia el lado de la luz, pero otros estamos seguros de que eso es imposible. Ya tienen el mal en su sangre. Dice Kork que dentro de nuestra sangre hay un código que fue asignado desde antes de que viniéramos a este mundo y sólo allí se encuentra el código de cada uno de nosotros.
Sólo los Éntrix pueden manipular y modificar el juego del que te habló Kórk, por ejemplo: nuestras habilidades mentales, emocionales y físicas también aplican para los Utúku. Ellos fueron hechos de la misma fuente que nosotros, solo que ellos fueron creados con algunos sentidos opuestos a los nuestros.
Según me platicó otro maestro Kóbda que ya no está aquí, él descubrió que los Entrix, en sus inicios, tenían un lugar donde jugaban con sus creaciones, y diseñaban criaturas de todo tipo, feos y bonitos, malos y buenos, de todos colores, combinaciones de todas formas. De entre tantas criaturas se destacaban las que más inteligencia desarrollaban y lograban escapar a otros mundos donde no debían estar.
Por lo que me contó ese maestro, dice que los Entrix y nosotros tenemos mucho en común. También se equivocan como nosotros y cometen errores muy graves que después sus maestros Entrix tienen que arreglar, y hasta ahora veo que les falta mucho por reparar.
—Es increíble todo lo que he aprendido; esto jamás lo hubiera imaginado; ahora entiendo de donde viene el mal.
—Así es; es por eso que algunas criaturas han desarrollado el mal en donde quiera que se encuentren y generan discordias o descontrol. Ellos no cambiarán jamás para el bien, así que por esa razón los alimentamos todos los días y les enseñamos a reconocer el bien, pero hasta ahora no se ha podido; es en vano.
—Comprendo que esto es su laboratorio y experimentan con ellos, que locura, pero Róku… ¿Entonces qué vinimos a hacer aquí?
—Vas a practicar con ellos y despertar el poder que te fue asignado; aún tu poder está dormido; si no aprendes a usarlo podrías morir con él sin haberte dado cuenta de lo que llevas dentro.
—¿Qué? ¿Estás seguro de lo que dices?
—Sí, no hay otra opción, si te enfrentas a los Jádoguar sin haber practicado y despertado tu poder, perderemos todos. Nadie más tiene despierto ese poder, solo tú y el maestro Kork. Él ha reservado esta oportunidad para que aprendas a despertar el poder, me lo acaba de decir. Además, tú eres joven y valiente, y puedes desarrollar nuevas formas de aplicarlo; pienso que por esa razón te enviaron a este mundo. Sea quien sea que lo haya hecho, lo primero que se fijó en ti fue en tu fuerza y juventud, así que debes regresar a tu mundo con este conocimiento y aplicarlo en el equilibrio del bien.
—Está bien, Róku, comprendo la misión… Adelante con esto, ¿qué debo hacer?
Ya estando dentro de esa sala, había cuatro celdas, donde en cada una había alguien que no se distinguía bien quién era. En el centro de las celdas se encontraba una mesa de piedra redonda, en su centro había un hueco que estaba casi lleno de agua, y en el fondo había un cristal amarillo que yo desconocía su función. De este cristal amarillo se desprendía un vapor formando una neblina que se esparcía por todo el lugar, y dentro de las celdas había algo que se perdía entre la penumbra… Observé que había alguien en cada una de ellas. Se notaba su silueta entre esa niebla ligera que rodeaba el lugar. Nos acercamos a la primera celda y me sorprendió lo que vi. —Róku me advirtió:
—Lo que vas a ver, quizás te sorprenda; no temas, estos Utúku tienen sus poderes dormidos. El cristal que ves en el centro de esa mesa bloquea su poder. La neblina contiene algo que los debilita y los vuelve dóciles. Ese cristal fue diseñado por un Kóbda llamado Hilkar. Él es experto en conocer el orden de las cosas, y fabricó esos cristales para modificar el código que hay en la sangre de estos seres para así poder controlarlos. Debes ser fuerte con lo que vas a ver.
—Está bien, estoy preparado, adelante.
Cuando Róku acercó la antorcha y vi a uno de ellos, debo confesar que sentí miedo. Jamás había visto a alguien así, con esa musculatura y peso. Pensé que tenía una enfermedad en su piel; podría tener lepra o algo parecido. Era muy extraña la textura de su piel. El Utúku estaba acurrucado en una esquina. Al acercarme, se levantó y se acercó a nosotros.
Su piel era verde oscuro y tenía escamas en varias partes de su cuerpo. Cada vez que daba un paso hacia nosotros, se sentía todo el peso de su cuerpo y cómo el piso se cimbraba. En mi imaginación se me ocurrió llamarle reptílio. No sé de dónde escuché eso, pero fue lo primero que se me vino a mi mente. Era más bien un hombre con piel y ojos de serpiente.
Quedé anonadado, era increíble, su porte era imponente, parecía tener una gran fuerza, era como ver un gran gorila, así de intimidante era ese ser extraño.
—Rónan, él es un Utúku de los más agresivos, no le temas, está debilitado. Ahora te voy a explicar cómo funciona esto. El poder que yo tengo no es como el tuyo. Yo aún no he podido despertarlo por completo. El mío es solo un poder mental temporal. Le puedo transferir a su mente imágenes que a él le molestan mucho, pero no le hace ningún daño en su cuerpo físico, solo es para que veas cómo le vas a hacer tú.
Róku puso la antorcha en el muro para que yo pudiera ver mejor lo que le iba a hacer a ese reptílio. Se puso frente a él, mientras Róku le miraba los ojos. El lagarto comenzó a gritar fuertemente; era un grito desgarrador. En las otras tres celdas de al lado, los otros prisioneros le gritaban que se detuviera, pero Róku firme en lo que hacía, continuó así un momento más.
De pronto vi cómo el lagarto se tiró al piso gritando, se retorcía en el suelo, estaba lleno de pánico, tenía su mirada fija en el horizonte; se notaba que seguía atormentado viendo las imágenes aterradoras que le transfirió Róku a su mente, quedando tirado en el suelo. Yo no sabía qué hacer, ¿cómo es que se podía hacer esto?
Ahora seguía mi turno; ya no había vuelta atrás; Búrtok dependía de mí y no debía compadecerme ahora por estos seres. Miré de nuevo a ese lagarto; solo vi cómo daba suspiros de dolor y desesperación, pero muy dentro de mi corazón, sentía pena por él. No podía soportar ver tanto sufrimiento aunque fuera de esa forma, pero Róku seguía torturándolo.
—¡Déjalo, déjalo, Róku! No merece eso, ya no lo lastimes.
—No les tengas compasión, Rónan, ellos no la tendrán por ti. No te imaginas de lo que son capaces; son expertos en el engaño y manipulación mental. Jamás confíes en ellos; te pueden seducir con su mirada para alimentarse de ti. Tú eres su alimento.
Miré ese reptílio tirado allí; sentí lástima por él, pero sabía que no debía dejarme llevar por mi sentimentalismo.
—Ven, vamos con este otro Utúku de la otra celda, ya que este está atormentado y no nos sirve para tu práctica. Debes hacerlo con otro que esté consciente; sólo debes mirarlo a los ojos e imaginar lo que quieras hacerle. Tú tienes el poder de cambiar la forma; mi poder es temporal y débil, el tuyo es fuerte y es para siempre, así que es tu turno; inténtalo con este otro.
De pronto, me paré enfrente de la segunda celda, y ese reptílio sabía lo que le iba a hacer. Me miró y se me dejó ir con una furia increíble. Las piedras que estaban entre esa celda casi se vienen abajo de la fuerza con la que se abalanzó contra mí, pero las piedras estaban tan pesadas que lo detuvieron.
—No le tengas miedo, Rónan, ya no tiene poder. Hazlo, ya no hay tiempo, hazlo rápido. —Me habló Róku con un tono más alto, esto me hizo entrar en acción.
Entonces miré al segundo reptílio fijamente de la forma que me explicó Róku, pero no pasaba nada, él me miraba esperando sentir algo de lo que yo le iba a hacer, el reptílio no sabía que yo era un novato en todo esto. Volví a concentrarme, pero tampoco ocurría nada. Creo que mi sentimiento de lástima bloqueaba el poder.
—Rónan, deja de tenerle lástima o el poder no lo podrás activar nunca. Imagina que este Utúku se ha comido a varios niños y mujeres, pronto saldrá de aquí, y se comerá a los niños y mujeres más cercanos a ti.
Lo que me dijo Róku hizo que expandiera mi imaginación, construyendo un mundo mental donde realmente este lagarto fuera tras Mára y su familia. No lo podía imaginar más.
De pronto el lagarto, muy molesto, al ver que él no podía tener escapatoria, me miró a los ojos y me dijo:
—Acabemos de una vez con todo esto, ¡hazlo! No me tengas compasión, si logro salir de aquí, te aplastaré, te destrozaré y te devoraré, me alimentaré de ti y después iré por tu familia; desearás no haber nacido, ¡hazlo, vamos, hazlo!
No tenía idea de cómo se escuchaba un ser así, su voz tenía un volumen muy fuerte, y su timbre vocal era un sonido muy cavernoso, con dificultad para hablar. Al parecer, no les era fácil adaptar las palabras a la estructura física de su garganta. Al escuchar lo que me dijo, mi sangre se llenó de adrenalina. Pude ver en mi mente a ese lagarto sufrir; su mismo odio que me lanzó, fue la misma fuerza que le regresó a él.
Simultáneamente, vi cómo empezaba a gritar igual que el otro lagarto, tirándose al suelo y retorciéndose. Miré su rostro cambiar, solo que a este, su cara empezó a derretirse como si fuera cera que se derrama de una veladora. Una densa nube de vapor inundó los alrededores. La transformación de su cuerpo generaba gases. Es como si se estuviera quemando vivo. Después de un minuto, quedó allí en el suelo retorciéndose sin poder gritar, ya que su boca solo era un minúsculo agujero. Ya no tenía ojos, ni oídos, solo esa pequeña abertura por donde podía respirar con mucha dificultad.
—Muy bien, lo lograste, jamás había visto algo así tan extremo. Tu poder es grande por ahora; ya sabes cómo usar esta habilidad mental de Krívek. Nadie aparte de Kork lo había logrado. Vamos, debemos ir a donde está Kork.
Corrimos los dos hacia la salida, pero antes de salir me detuve un poco…
—Espera, Róku, olvidé algo.
—¿A dónde vas, Rónan?
Regresé a las celdas y fui con el primer Utúku que Róku le había aplicado la inducción de pesadillas. Recuerdo que ese reptilio me miró con mucho miedo. Él no quería sufrir; estaba allí en el suelo, seguía suspirando, tenía sus ojos abiertos, mirando al horizonte. Continuaba contemplando en su mente algo que lo atormentaba.
Daba vueltas en el piso de un lado a otro; al arrimarme a su celda, él sintió cuando me agaché para tratar de tocarle una pierna. Percibí que pedía clemencia, lo miré, cerré mis ojos y me concentré en él. Lo imaginé de la forma como lo recordaba antes de que Róku le indujera las pesadillas. De pronto se tranquilizó; poco a poco su mirada iba volviendo.
Me miró y yo a él. Vi cómo abrió sus ojos verdes de serpiente mientras se ponía de pie lentamente. Ya se sentía mejor, sin decirme nada, levantó su mano derecha en forma de reverencia y al mismo tiempo inclinaba su cabeza, como agradeciendo lo que hice por él. Yo también hice lo mismo, y sin más, salí rápido de allí, rumbo a donde estaba Róku esperándome.
—Vamos, Róku, había olvidado mi lanza que llevaba conmigo y fui por ella.
—Está bien, vámonos.
Llegamos de nuevo con Kork, y con él estaban Rúbik, Cori y el Sirfáka.
—Muy bien, Róku, gracias por tu ayuda, ve a tu puesto, ya sabes qué hacer. —Le dijo Kork a Róku.
—Sí, maestro.
Róku se despidió de nosotros haciendo reverencia, agachando su cabeza y se fue.
—Rónan, ahora eres parte de nosotros; ya eres un aprendiz Kóbda. Debes enfrentar a los Jádoguar y a Góspel, ¡derrótalos! solo así podrás ayudar a Búrtok. Después debes regresar a este monasterio para terminar tu aprendizaje, ya que te falta conocer más de este poder Kóbda.
Esa fuerza que acabas de recibir conlleva mucha responsabilidad. Tengo que transferirte más códigos que deberás aprender. Controla el poder, así que tienes que practicar todo este conocimiento. Solo te digo que Kóbda significa Corona; es lo más alto que un ser como nosotros puede llegar.
—Gracias, Kork, te aseguro que regresaré, lo prometo.
—Róku los espera a la salida del monasterio con los caballos para llevarlos a donde los guardianes Rágnor vieron al grupo de Jádoguar buscando la entrada a Izar, y que el poder ilumine su camino. Recuerda, Rónan, que el lema Kóbda es:
"EXTRAER DEL FONDO DE TODAS LAS COSAS LO MÁS HERMOSO QUE HAY EN ELLAS".
—Gracias, maestro Kork, siempre lo recordaré.
Nos despedimos de Kork y fuimos a la salida; allí estaba Róku con algunos caballos. Cada uno de nosotros montó el suyo, y Róku nos acompañó hasta el lugar donde podrían estar los Jádoguar. Bajamos por un camino entre la montaña, ya estaba oscureciendo. Íbamos preparados para pelear, nadie decía nada, sabíamos lo que probablemente nos esperaba al enfrentarnos con los Jádoguar, sabíamos de la peligrosidad de esos seres, pero nuestra prioridad era rescatar a Búrtok.
Al llegar a una brecha, seguimos el camino de regreso a donde se encontraba Búrtok, pero al poco tiempo sentimos la presencia de alguien; presentimos que nos venía siguiendo. Nuestro Sirfáka comenzaba a ponerse inquieto, gruñía como león, y volteaba a todos lados, pero nosotros no mirábamos a nadie. El ambiente comenzó a cambiar, la temperatura bajó demasiado; empezó a notarse una neblina densa, que de pronto se volvió muy espesa. No alcanzaba a ver mi mano por tanta neblina. En eso Cori gritó:
—Algo pasó cerca de mi espalda, ¿qué fue eso?
—Pero tú vienes detrás de nosotros, eres la última, no hay nadie más atrás. —Le dije a Cori.
—¡Algo nos está rodeando! Lo estoy sintiendo, —dijo Rúbik.
—Rónan, tú puedes controlar esto, recuerda el poder que te han otorgado, ahora tú eres más poderoso que ellos, y ellos desconocen que tú tienes un poder. ¡Vamos, Rónan, sorprendelos!, y sorprenderme también a mí. Cuando veas a alguien que nos vaya a atacar, usa el poder. Sólo tú podrás defendernos. Recuerda lo que le hiciste al Utúku en aquella celda; trata de hacer lo mismo con ellos. El poder te guiará; sigue tu instinto para que sepas dónde están ellos. Cuando el poder percibe que tú estás en peligro, él solo se activará. Cierra tus ojos y concéntrate en el poder, conéctate a esa fuerza. —Me advirtió Róku apresurándome por lo que pudiera suceder.
De pronto, la neblina desapareció. Creo que ese vapor se producía cuando los Jádoguar entraban de su mundo a este otro mundo. El bosque se había despejado de la densa neblina. Quiere decir que ya estaban aquí. Al entrar a este mundo, el proceso de materialización termina y la neblina se disipa.
Inesperadamente los vimos ya materializados; estaban cinco Jádoguar rodeándonos; uno de ellos se acercó rápidamente a Rúbik, pero no me di cuenta a tiempo y no pude responder. Rúbik fue más hábil y alcanzó a saltar de su caballo. El caballo fue tocado por algo que lanzaron los Jádoguar y trató de saltar para huir, pero ya no pudo moverse, quedó paralizado y lo convirtieron en piedra.
Rúbik se levantó y se puso detrás de mí; el Sirfáka estaba por atacar a un Jádoguar; le grité que no lo hiciera y regresara a nuestro lado, pero fue demasiado tarde. Lo convirtieron también en piedra; no lo podía creer; nuestro guardián ya no iba a estar en nuestro equipo.
Después de la terrible pérdida de nuestro Sirfáka, nos preparamos para pelear; nos pusimos espalda con espalda. Cori y Róku estaban juntos y al lado de nosotros, mientras los Jádoguar se preparaban para la pelea, se pusieron en círculo alrededor de nosotros. Cada vez se acercaban más, era estresante ver cómo nos estaban rodeando. No sabíamos cuál era su plan, sólo sus miradas penetrantes que trataban de someternos e infundirnos miedo.
De pronto, uno de ellos se acercó hacia Cori; sabían que era la más vulnerable por ser mujer. Me adelanté y me puse de frente a ese Jádoguar, concentrándome como me explicó Róku. Vi su mirada, y de pronto, cayó el Jádoguar al suelo, tocándose el rostro. Dejó de gritar, ya que su boca desapareció, quedando sin la forma de su rostro; su piel se derretía como la mantequilla en el sartén, y sólo le quedaron los orificios nasales abiertos. El resto de los Jádoguar, al ver lo sucedido, intentaron atacarnos con sus flechas, pero yo actué rápido y también ellos corrieron con la misma suerte que su compañero. Solo quedó uno de ellos que no fue alcanzado por el poder, ya que no lo pude ver. Ese Jádoguar estaba escondido detrás de una roca, observando todo; se dio la vuelta y se perdió entre el bosque; más adelante desapareció rápidamente en una nube de vapor.
Los Jádoguar que estaban en el suelo se retorcían y gritaban. Inmediatamente, otra densa neblina de nuevo inundó el ambiente. Sentimos ese olor característico como un hueso quemado. Todos nos juntamos espalda con espalda para luchar de nuevo. No se veía nada, sólo percibimos que algo pasó delante de nosotros. Se escucharon algunos pasos y algo se arrastraba. En cuestión de segundos todo quedó en silencio. La neblina se fue disipando, y los Jádoguar caídos a los que le había aplicado el poder Krívek habían desaparecido.
—¿A dónde se fueron esos Jádoguar? —Preguntó.
—Se han ido todos, —dijo Rúbik.
—No desaparecieron de la nada, se los llevaron sus compañeros; no pueden dejar un Jádoguar vivo ni muerto en este mundo, no deben arriesgarse a darse a conocer. Jamás esperaron que alguien tuviera este poder; no van a regresar por un tiempo; tal vez regresen algún día, cuando hayan robado otro poder a otro Kóbda y tengan la osadía de volverse a enfrentar a alguien como tú.
—¿Pero por qué no nos hicieron nada? Pudieron habernos convertido en piedra en el momento en que estábamos confundidos por la neblina que cubría el lugar. En ese momento no nos hubiéramos podido defender, pero no fue así; solo regresaron a llevarse solo a sus compañeros caídos.
—Bien saben ellos ahora quién eres, Rónan, saben de tu poder y no quisieron arriesgarse. Siento que el Jádoguar que se escapó fue a avisar a otros, pero le dieron la orden de no atacar. Creo que el único Jádoguar que tenía el poder de transformar seres en piedra fue al primero que transformaste, y a los demás no les quedó de otra, ya que eliminaste a su único líder que los podía defender. Ahora harán hasta lo imposible por capturarte y desaparecerte, ya sea en este mundo o en el otro de donde vienes. No se van a quedar así. Para ellos eres una amenaza por ahora, y también eres un reto para adueñarse del poder Krívek. Por lo tanto, no los seguirán más, no se atreverán a cruzarse en su camino. Yo los acompaño hasta aquí, no se preocupen por mí, no me seguirá nadie. Ustedes sigan su camino y ayuden a Búrtok; les deseo lo mejor, ahora se quedan solos.
—Gracias, Róku, espero pronto vernos de nuevo.
—Así será, Rónan, te esperamos para que culmines tu aprendizaje. —dijo Róku.
Nos despedimos de Róku y continuamos nuestro viaje de regreso con Búrtok. Faltaban varios días de camino; no era un viaje seguro, ya que estábamos al acecho de seres oscuros con el interés de eliminar a cualquiera que tuviera este poder.
Ya en camino, no bajábamos la guardia. Íbamos alerta mientras conversábamos de varios temas para conocer más este asunto.
—Cori, háblame sobre los Jádoguar y Jágad Yoisna que mencionaste hace unos días.
—Está bien, Rónan, te contaré… Jágad Yoisna es el rey de los Jádoguar. Son seres que su obsesión es conquistar a todas las especies inteligentes de este mundo. Su reino está en el mundo de la oscuridad. Dicen que es un mundo alterno al nuestro, donde desde un principio en su mundo todo se creó a la inversa de los mundos convencionales. Es un mundo bizarro y deforme. Al conocer ellos nuestro mundo casi perfecto, han sentido envidia de nuestra perfección. Ellos saben que fueron creados con aspecto y atributos contrarios a la belleza, por eso tratan de controlar nuestras mentes a través de nuestras emociones. Saben muy bien que las emociones son la entrada a nuestra mente; usan el engaño para hacernos vulnerables y así tener el control. Ellos viven a través de nosotros, al igual que los Utúku, pero los Jádoguar sólo buscan controlar las mentes de los seres poderosos, más no de las personas comunes como nosotros.
Ellos saben que si controlan a un ser vivo poderoso, pueden controlar toda una región o un mundo completo; ponen más su atención con los reyes, grandes hechiceros y guerreros. Mientras los Utúku se conforman con cualquier ser, sobre todo con los comunes como nosotros, los Utúku son carroñeros. Por alguna razón han encontrado cómo acceder a una parte del código de nuestra creación. Saben cómo funciona nuestra mente y emociones, pero no del todo. Hay lugares a los cuales no pueden entrar.
Ellos tienen acceso a la ventana principal de tu mente, pero no pueden entrar a lo más profundo de ti, al menos que tú lo permitas.
—¿Tratas de decirme que pueden leer mi mente?
—No, exactamente, todos tenemos una máscara externa donde mostramos a los demás quienes somos, los engañamos haciéndoles creer algo que no somos, solo es una creación mental temporal, en ella está lo más básico de cada uno de nosotros, y sin darnos cuenta permitimos que los demás vean en nosotros lo que llevamos dentro. Esto es natural, así nos crearon y no nos hemos dado cuenta.
Por lo general, dejamos abierta esa ventana hacia afuera; los Kóbdas saben de esto y su primer trabajo es cerrar esta ventana, no permitir que otros vean lo que llevamos dentro antes de conocernos a nosotros mismos. También buscan que los demás seres comunes aprendan a protegerse por sí mismos.
Es por eso que los Jádoguar conocen también cómo somos por dentro, saben de esa máscara externa, conocen muy bien cuáles son nuestros puntos débiles y una vez que logran ver por esa ventana a nuestra mente, saben cómo actuar en contra de nosotros.
—¡Increíble! No me imaginaba que esto fuera así, y ¿cómo puedo cerrar esa ventana hacia mi mente?
—Necesitas practicar, primero debes observar lo que piensas y lo que dices, analiza tus palabras, debes ser un observador de ti mismo, sólo así puedes darte cuenta de qué es lo que expresas a través de tu boca, ya que eso es lo que sale de tu corazón; solo así conocerás que tan abierta o cerrada tienes tu ventana mental.
—Ahora entiendo por qué, cuando te conocí, no hablabas ni una palabra. Enséñame, dime cómo cerrar esa ventana.
—No te puedo decir mucho, lo que te conté es lo poco que yo sé; no terminé tampoco mi aprendizaje con los Kóbdas. Me escapé muy chica y aquí ando con ustedes dos. Ahora que te conozco y he vivido esta experiencia, consideraré regresar al monasterio a terminar mi aprendizaje.
—Espero algún día ser un aprendiz de Kóbda.
—Rónan, no es fácil, necesitas conseguir un maestro Kóbda que esté dispuesto a enseñarte, y ellos no se fijan en cualquier ser curioso como nosotros.
—No sé cómo, pero buscaré un maestro que esté dispuesto a enseñarme.
—Está Kork, pero si él no pudiera enseñarnos, he escuchado que hacia el sur hay otro Kóbda que vive muy oculto en un archipiélago de islas. Él resguarda uno de los 10 poderes, y enseña Uchébniki que estén dispuestos a aprender. El arte de su enseñanza se llama: Jad-eiki.
—¿Cómo sabes todo eso?
—La mujer que me cuidó cuando yo quedé sola y abandonada, me hablaba de ese maestro Jad-eiki; me decía que de grande podía ir con él para aprender sus enseñanzas, pero ella murió y con el tiempo lo olvidé; hasta ahora que me recordaste, yo era solo una niña, más no sé si aún esté él allí.
—Cori, platícame todo lo que sabes de ese maestro Jad-eiki.
—Lo único que sé es que tiene poderes como tú, utiliza la mente, puede mover cosas, levantar objetos y pelear atacando a su enemigo con una vara luminosa. Es un arte que pocos pueden alcanzar, es todo un desarrollo personal y muy difícil para un adulto; por lo general enseña ese arte a los niños, nosotros ya somos adultos y es difícil que nos enseñe, pero podemos intentarlo. Él conoce muy bien el acceso al código de la creación; es todo lo que ella me platicó.
—¿Así que es un desarrollo? Entonces cualquiera, si quiere, puede tener ese poder, ¡interesante!
De pronto Rúbik interrumpió.
—Perdón que me meta en su plática, se nota que es muy interesante, pero ya está oscureciendo y debemos buscar un lugar donde quedarnos esta noche para cuidarnos de los Jádoguar.
—Tienes razón, Rúbik, ya está oscureciendo.
Por la noche acampamos en un pastizal de hierba alta; no hicimos fogata; no queríamos delatar nuestra posición. Nos turnamos la vigilancia toda la noche. Primero empezaría Cori, después yo; al final despertaré a Rúbik para irme a dormir y él vigilará hasta el amanecer.
Esa noche, en el tiempo que me quedé haciendo guardia, observé a Cori y a Rúbik dormir, entonces me puse a meditar sobre lo que me ocurría. Recordaba poco sobre mi mundo original. Me costaba trabajo diferenciar cuál era el real y cuál el sueño. A veces trataba de descifrar lo que sucedía, pero por lo poco que trataba de atar cabos, concluí que tal vez estaba en un tiempo muy atrás de mi origen, probablemente en el pasado, mucho antes de Cristo, o tal vez es un mundo alterno a mi mundo original.
Recordando también lo que me dijo Kork, de regresar de nuevo a terminar la enseñanza Kóbda, eso era importante para mí; solo espero no fallarle y haré mi mejor esfuerzo para regresar con bien y cumplir mi promesa. Creo que ha terminado mi turno; debo despertar a Rúbik para irme a dormir.
Después de despertar a Rúbik para continuar su tiempo de vigilancia, me fui a dormir y no supe nada más de mí.
Sin más, comencé a soñar, y en mi sueño, me vi cayendo en un vació profundo, al sentir que iba llegando al fondo, la velocidad iba disminuyendo poco a poco, hasta quedar allí casi tocando el suelo, di un salto y toqué por fin el suelo, era un piso suave y brillante, era extraño, no sentía mi cuerpo, creo que todo era mental, realmente no tocaba el suelo con mis pies, solo era la sensación de la costumbre de usar los pies, bajé mi cabeza para tratar de ver mis pies y no podía hacerlo, me di cuenta que no tenía cuerpo, percibí que flotaba, podía voltear a donde yo quisiera y observar todo al mismo tiempo, mi percepción era de 360 grados en todas las direcciones, los muros eran extraños, había líneas y cuadros de todos colores y formas, en la mayoría de esas formas podía ver mi reflejo, mi intención era ver mi rostro, pero no estaba dentro de ningún cuerpo, solo era la sensación de haber habitado tanto tiempo en un cuerpo.
Pude ver en aquellos reflejos de esas formas que mi cuerpo solo era una esfera de luz y en el centro estaba mi rostro, como yo lo recordaba. Era extraña esa sensación; se podía ver tanto atrás como adelante, arriba y abajo, todo al mismo tiempo. Es como si tuviera ojos en todos lados.
No sabía qué hacer, trataba de moverme y no podía. Entonces, una voz se escuchó en todo el ambiente. No tenía una dirección fija esa voz, solo la vibración del sonido que simplemente la podía sentir.
El sonido de esa voz, que era una especie de vibración, venía acompañado de un sentimiento, y al mismo tiempo estaba cargada de muchas otras sensaciones que mi cuerpo, siendo solo una esfera, era un cúmulo de sensores que no sé cómo, pero podía percibir.
—No intentes moverte, no tienes un cuerpo como el que estás acostumbrado a cargar, solo imagina que te mueves, es todo. —Me dijo aquella voz amablemente.
Entonces hice lo que me dijo, me imaginé cómo se movería una naranja rodando encima de una mesa y así pasó; solo era cuestión de imaginarlo. Comencé a moverme entre ese espacio; había algo parecido a un piso, pero no era sólido; era traslúcido y gelatinoso, en forma de ajedrez; al mismo tiempo se podía ver lo que había debajo; era un abismo con muchas luces de colores extraños en su interior. ¿Cómo puedo describir esos colores? No hay palabras para describirlos; en nuestro mundo, nuestros sentidos no pueden percibir esa gama de colores, ya que mi cuerpo actual tenía mis sentidos expandidos. Solo el que ha estado aquí sabe de lo que estoy hablando.
No sabía qué hacer, entonces decidí bajar más por ese piso gelatinoso. Con tan solo pensarlo, me desplazaba para donde yo quisiera, pero conforme me iba moviendo, podía ver muchas imágenes acompañadas de sonidos y muchas formas extrañas. Todas esas formas llegaban a mí; es como si tuvieran conciencia y, llenas de curiosidad, sorprendidas al verme aquí, yo era tan solo un ser extraño y nuevo en este vecindario.
Trataba de acordarme de todas las figuras geométricas que yo conocía. Había unas triangulares, rectangulares, romboides, circulares, etc., pero había unas que desconocía. Esto era diferente; ¿cómo explicar con el lenguaje convencional este tipo de formas? Es más, ni siquiera pudiera dibujarlas; es imposible. No eran mis ojos con los que podía percibir eso, ya que los ojos que tenía en mi rostro pegado en esta esfera de luz solo estaban de adorno; no tenían una función visual. La percepción era diferente, era sentir una forma, era sentir un sonido; todo era música inefable, sonidos que nunca escuché con mis oídos; era una vibración que sentía en toda mi forma. ¿Cómo describir esos sonidos? No existe en mi mundo ningún instrumento musical con el que pueda expresar tal sonido.
Decidí seguir bajando por ese espacio lento y gelatinoso. ¿Cómo saber en qué dirección iba, si no tenía un punto de referencia para comparar mi rumbo? Solo usaba la sensación desde que llegué aquí. Sentía que iba cayendo lentamente; un instinto extraño me dictaba la dirección. No sabía cómo, pero sabía que iba bajando.
De pronto llegué a un lugar sólido, era un ambiente con aire. Estaba yo allí de pié, ahora sí, con mi cuerpo físico completo. Mis cinco sentidos ahora funcionaban como yo los conocía; no sé en qué punto aparecí con mi cuerpo en la forma normal; ahora sentía que algo me faltaba. Al ya no tener esa forma de esfera y esos sentidos expandidos, me sentía pesado, lento y torpe, pero era lo normal.
Ahora tenía una vestimenta de tela color blanco aperlado, una textura inexplicable. Era suave y lisa, ninguna arruga, no tenía ni una línea de costura, no tenía botones ni cierres, era ajustable a mi cuerpo y era toda del mismo color. Seguí caminando hasta llegar al lado de una escalera que tenía gradas de muchos colores muy brillantes. Miré hacia arriba de ella y se perdía en lo infinito. Miré hacia abajo, y muy en el fondo se veía una parte donde los escalones se encontraban de un color opaco. No tenían color. Eso me llamó la atención; bajé caminando hacia esa zona gris. Cuando llegué allí, pude ver que esos escalones no tenían color ni iluminación. Escuché pasos; detrás de mí venía bajando un anciano con atuendo de monje. Pensé que era Místrait, pero no era él. Este hombre tenía barba oscura y una vara en su mano derecha que usaba como bastón. Se detuvo enfrente de mí y me preguntó:
—Malchik, ¡ya jachú pit! —Me habló en un idioma extraño.
—No entiendo lo que dice usted. —Le respondí.
Él se quedó observando y escuchando lo que le contesté. Noté que estaba analizando mis palabras. Después de un instante, me respondió en mi idioma materno, el español.
—Muchacho, tengo sed, ¿tendrás un poco de agua para beber?
Sentí que yo traía algo colgando de mi hombro. No me había percatado de que la llevaba cargando eso desde que aparecí aquí con mi cuerpo físico. Era una bolsa de piel de consistencia dura; dentro tenía varias cosas, pero había algo especial: llevaba una especie de cantimplora que contenía agua. Cori me la dio desde que salimos de su casa en el árbol.
—Sí, claro, aquí tengo un poco de agua, beba la que necesite. —Le dije, dándole la cantimplora en su mano.
Aquel hombre se tomó el agua hasta terminarla toda; después tapó la cantimplora con un trozo de tronco que tenía como tapón, me la dio en la mano y me preguntó:
—¿Qué haces aquí, muchacho? Este no es un lugar para niños como tú.
—No sé cómo llegué aquí, estaba durmiendo y empecé a soñar; de pronto aparecí en este lugar, y después apareció usted.
—Ja, ja, ja, claro que esto no es un sueño, ¿entonces no tienes idea de qué es este lugar? Yo soy el guardián de la Strókakoda de la vida, así que tú debes saber algo sobre esto. ¿Quién te ayudó a llegar hasta aquí? No creo que tú así de joven tuvieras la osadía de buscar un espacio como este, y mucho menos llegar hasta este lugar por ti sólo.
—Nadie me ayudó, sólo aparecí de pronto aquí, por cierto, ¿usted me podría explicar qué es este lugar?
—Claro que puedo, pero no debo decirte mucho, no entenderías esta información y tal vez te pueda hacer daño saber de esto. Sólo te puedo decir que éste es el centro de la biblioteca de todo lo que existe.
—Enséñeme algo de lo que yo pueda aprender aquí en este lugar; no quiero regresar sabiendo que visité un lugar tan especial sin haber aprendido nada.
—Está bien, veo que eres osado y te noto un perfil de guerrero. Pocas veces he visto a alguien como tú por estos espacios, así que quiero obsequiarte algo de conocimiento. Espero que con lo que te lleves de aquí puedas ayudar a alguien más. Toda esta biblioteca está abierta para toda criatura viviente, pero nadie se interesa en llegar hasta aquí. Alguien les ha ocultado todo esto; sé muy bien de otros seres que han logrado infiltrarse hasta aquí y han modificado cosas en varios mundos. Es por esto que se ha roto el equilibrio en lo infinito.
—Se lo agradezco, haré buen uso de esta información que usted me de.
Me llevó a un rincón del estante de libros y me mostró uno en específico. Lo abrió y se veían varios códigos con letras extrañas, eran unos caracteres como el código binario pero con algunas alteraciones.
—Mira, muchacho, abre tus sentidos, activa tus Shishkobidna zelesa para que lo que te voy a transferir no se lo lleve el viento. Esto que ves aquí son instrucciones primigenias; yo soy el encargado de administrarlas; cada ser lleva dentro de ellos una parte de estas instrucciones.
Los escalones de esta infinita escalera que ves de diferentes colores son un libro donde está escrito lo que debe saber y hacer cada uno de ustedes. Dentro de cada libro, hay más y más instrucciones; cada escalón tiene una función, que dependiendo a quien pertenezcan, se ejecutan de forma diferente.
Al iluminar dichos escalones, se activan y se pueden ejecutar sus instrucciones, sólo que por modo estándar, únicamente se activan las funciones más básicas para los seres que entran a explorar el Mirsisni. Todos pueden desarrollar estas capacidades y hacer uso de ellas; solo necesitan conocerlas y saber de su existencia, y si ustedes lo desean, pueden activarlas.
—¿Qué significa Mirsisni? ¿Me podría explicar?
—¡Muchacho!, ¿pues de dónde vienes? Veo que te falta mucho que aprender. Mirsisni significa: "mundo de la vida", es un paquete donde se encuentra el código de los mundos y su vida, es la fuente de donde viene toda esencia, y donde se encuentra la gran mesa del juego que tú ya conoces. Aquí no sirven de nada, aquí es solo un paquete inerte y sin vida, hasta que algún maestro preparado y autorizado se lleva uno de estos paquetes y se encarga de hacer el trabajo, creando mundos y vida con sus dramas.
—Gracias por la información, ahora comprendo lo que usted me dice, ¿cómo hago para activarlos?
—No está permitido para los seres comunes y ordinarios. La mayoría de ustedes han sido secuestrados por la legión oscura y los han distraído con cosas exclusivas de su mundo. Necesitas escapar de tu mundo y convertirte en un ser autorizado, adquirir un conocimiento superior al que pocos tienen el privilegio de encontrar y de recibir; solo te digo esto:
"LOS LABIOS DEL MAESTRO PERMANECEN CERRADOS, HASTA QUE LLEGA AQUEL UCHÉBNIK DE MENTE ABIERTA Y LE ES DERRAMADA LA SABIA DEL CONOCIMIENTO".
—Interesante todo lo que usted me explica, y en todo esto, ¿quién es usted y cómo se llama?
De pronto, sentí algo que me jaló hacia arriba; cada vez observaba ese lugar más y más pequeño hasta desaparecer de mi amplitud visual. Es como si ese lugar hubiera estado en una escala atómica, y al regresar, me expandí hasta alcanzar mi escala normal. No terminé de escuchar lo que aquel viejo me decía; terminó mi sueño.
Algo me despertó; fue el crujir de las hojas secas del suelo; escuché a alguien que caminaba cerca de donde nos encontrábamos durmiendo; yo estaba tapado de pies a cabeza con mi frazada; no me atrevía a moverme, pero tenía que hacerlo. Después de un momento se dejaron de escuchar esos pasos y quedó todo en silencio. Me moví lentamente y volteé hacia donde escuché ese ruido. Miré a Cori que ya se había despertado. No estaba en su lugar, sino que estaba escondida detrás de un matorral. Ella voltea y me dice en voz baja que no haga ningún ruido. De pronto, Rúbik despertó y comenzó a moverse. Rápidamente rodé por el suelo hasta donde estaba él y le tapé la boca; le hice señas con mi mano de que no hiciera ningún ruido y se quedara quieto.
Rúbik y yo nos agachamos y nos pusimos de rodillas para no ser vistos. Cori estaba más adelante de nosotros, observando algo que yo no alcanzaba a ver. Ella nos hizo señas de que nos acercáramos con mucho cuidado. Me puse pecho en tierra y le hice señas a Rúbik de que me siguiera en la misma forma que yo me desplazaba por el suelo. Nos acercamos más y, al estar al lado de Cori, observamos por arriba del matorral lo que estaba delante de nosotros.
Lo que vimos eran tres Jádoguar que estaban rodeando a un hombrecillo de baja estatura.
—¡No puedo creer!, ¿qué rayos es eso? —murmuré a los demás en voz baja.
—Es un Énkor, desde niña, que no veo a uno de ellos. —Dijo Cori en voz susurrante.
—¿Qué habrá hecho para que los Jádoguar lo hayan atrapado? —preguntó Rúbik.
—Su única culpa fue toparse con los Jádoguar; ellos nos buscan a nosotros; puedo alcanzar a leer los labios del Énkor. Les está respondiendo que él no sabe nada y que no ha visto a quienes ellos buscan. —Respondió Cori.
—Cori, ¿quiénes son los Énkor? —le pregunté.
—Son hombres algo extraños, es muy difícil poderlos ver por el bosque, nadie sabe de dónde vienen, nadie ha encontrado su aldea o su origen, y siempre andan solos. Mi madre me dijo que son seres que viven entre dos mundos. No pertenecen a este mundo de la superficie, ni tampoco a los reinos del inframundo. Se cree que los Énkor pueden desaparecer entre los troncos de los árboles o agujeros entre las piedras; siempre buscan Áu o cosas valiosas que los seres de este mundo olvidan en los bosques o jardines. Mi madre los llamaba: "Los guardianes de los tesoros".
—Es algo fascinante, después me gustaría aprender más sobre ellos. ¿Y qué hacemos con él?, al parecer, los Jádoguar le van a hacer algo. —Les comenté.
—Tienes razón, algo malo le piensan hacer, Rónan, tú puedes ayudarle, tú tienes el poder y puedes hacerlo, quizás él nos pueda recompensar con un tesoro, —dijo sonriendo Rúbik.
—No me interesa nada de él, pero me siento responsable; no es justo que algo le pase, ya que los Jádoguar están aquí por mi causa —les dije.
—¿Qué vas a hacer, Rónan? —preguntó Cori sorprendida.
—Ya verán, déjenmelo todo a mí, soy el único de los tres que puede ayudarle sin derramar sangre.
Me levanté y me dirijí hacia donde estaban los Jádoguar torturando al hombrecillo. Cori me arrojó su frazada negra que cargaba entre sus cosas; me envolví en ella ocultando mi rostro y con mi vara en mano me acerqué a ellos sigilosamente; estaban a 25 metros de nuestra posición.
Al irme acercando, fui planeando cómo hacer mis movimientos; estudié cada probabilidad de ataque de cada uno de ellos y posibles reacciones; de pronto, ellos sintieron mi presencia y los tres voltearon a verme al mismo tiempo.
El Énkor estaba amarrado de espaldas a un árbol, mientras a cada flanco del Énkor estaba un Jádoguar apuntándole con su tridente que tenían en sus manos. El tercer Jádoguar estaba de frente al Énkor que sólo se podía defender con algo que tenía en su mano. Parecía una esmeralda de un verde muy brillante, al parecer no era suficiente para defenderse de ellos, ya que los Jádoguar lo estaban reprimiendo contra el árbol, picando su panza con sus tridentes.
De pronto el Jádoguar que estaba frente al Énkor, se volteó hacia mí, mientras los otros dos se quedaron vigilando al hombrecillo. El Jádoguar me apuntó con su tridente. Yo tenía mi poder listo para atacar y no titubeaba en hacerlo.
Algo me dijo el Jádoguar en su lenguaje que no entendí nada, y en lo que él hablaba, aproveché la oportunidad. Levanté mi mano rápidamente, apuntando a él con mis cinco dedos. Le ataque como me enseñó Róku; de pronto vi el efecto. El primer Jádoguar se tiró al suelo y comenzó a retorcerse. Su rostro se había deformado; entre más gritaba, su rostro más se disolvía como si le hubieran rociado ácido en la piel.
Había vapores que se desprendían de su cuerpo por la transformación de su rostro. Después, la piel del resto de su cuerpo se comenzaba a derretir como cera caliente. Los otros dos Jádoguar, al ver eso, se dieron vuelta y desaparecieron entre la maleza. El Jádoguar se levantó lentamente, como pudo, colocó su tridente apoyado en el suelo con las puntas en su pecho, sin poder ver ni escuchar nada, dejó caer su pesado cuerpo sobre su tridente, y murió atravesado con su propia arma. Solo escuché su último suspiro de vida, las puntas de su tridente salieron por su espalda salpicando sangre con trozos de sus entrañas.
El Énkor se quedó quieto mirando todo. Observó cómo se aniquilaba el Jádoguar por sí mismo, mientras sus otros dos compañeros huían. El Énkor volteó su mirada hacia mí, y yo, parado allí, mirándolo también, sin despegar nuestras miradas, me volteaba a ver de arriba a abajo. Al mismo tiempo daba vueltas caminando a mi alrededor.
—¿Y tú de dónde saliste? ¿Por qué hiciste eso? —Me contestó furioso.
—Te ayudé con tu problema del Jádoguar, no iba a permitir que te hicieran daño.
—¿Me ayudaste? Si ya los tenía, sólo era cuestión de tiempo, los hubiera hecho añicos, —me respondió levantando y empuñando su mano con mucha fuerza.
—Pero estaban a punto de lastimarte con su arma.
—¡Te equivocas! No me conoces, soy capaz de hacer más de lo que tú les hiciste.
—Está bien como tú digas, te dejo, no trato con necios, hasta nunca.
Me di la vuelta hacia mis amigos, Cori y Rúbik que estaban detrás de mí observando toda la discusión.
Al seguir caminando y dejando a ese hombre allí parado, escuché la voz de él, diciendo...
—Espera, muchacho, tienes razón, me ayudaste y te lo agradezco.
Me detuve y di media vuelta hacia donde estaba él, mirándolo a los ojos, le respondí...
—Está bien, no te preocupes, hasta pronto, sigue con tu vida.
—¡No, no, espera! No me puedes dejar así; los Énkor somos agradecidos cuando alguien nos ayuda y más cuando nos salvan de la muerte. No te puedes ir así como así, pide un favor, que yo te lo concederé.
—¿Y tú quién eres? —le pregunté con mirada incrédula.
—Yo soy Jobizakaridarcújam, pero pueden decirme Job únicamente; soy un Énkor, guardián Sacrobísha, que busca objetos perdidos, cosas de valor que olvidan ustedes, los seres de la superficie.
—Me imagino que has de ser muy bueno encontrando cosas.
Me miró con una sonrisa burlona, invitándome a que lo desafiara.
«Me está retando y no descansará hasta lograrlo, así que lo pondré a prueba; quizás, pueda realmente ayudarme.»
—Está bien, —le dije—, necesito algo, y no sé si puedas ayudarnos.
«¡Increíble! ¿Cómo supo que había pensado eso?»
—Está bien, —le respondí—. Necesitamos llegar a un lugar pronto, ya que el viaje es muy tardado por este camino. ¿Conoces algún atajo?
Me miró cerrando un párpado y levantando la otra cejilla; después me dijo:
—Aún no me conocen muchachos, síganme todos.
Cori me tomó del brazo y me dijo:
—Rónan, ¿estás seguro de esto? ¿Cómo podemos confiar en él? Apenas lo conocemos y no se sabe mucho de esos Énkor. Puede engañarnos o burlarse de nosotros y hacernos perder el tiempo.
—Pero ustedes confían en mí, ¿o no?
—Está bien, Rónan, te seguimos, —respondió Rúbik.
Así que no nos quedó otra opción que seguir a ese hombrecillo. Era curioso ver a una persona con esa estatura tan pequeña. Medía como un metro de altura y vestía algo extraño. Su ropaje era de pedazos de diferente tipo de tela, de varios colores y texturas, confeccionado de un modo muy extravagante. También traía un hacha en su mano, parecida a la que portaba Rúbik, pero ésta era más pequeña; parecía un hacha de juguete. En la otra mano llevaba una bolsa llena con cosas extrañas. Tenía una mirada tenaz; sus ojos volteaban a todos lados como los ojos de un camaleón. Observaba cada detalle de cada uno de nosotros, poniendo mucha atención cuando alguien hablaba o hacía algún movimiento. Mi intuición me decía que podíamos confiar en él.
Seguimos al Énkor por una senda entre el bosque; avanzamos por ese camino hasta llegar a un muro de rocas; este muro rodeaba toda la falda de una montaña. En una parte muy oculta entre los matorrales y las rocas de ese muro, había una pequeña entrada, una cueva oculta que al parecer solo los Énkor sabían de ese lugar. Él entró hincado por ese pequeño agujero; lo seguimos, pero nosotros teníamos una estatura mayor a la de él. Era más difícil para nosotros entrar por allí, ya que teníamos mochilas y armas cargando con nosotros.
Como pudimos, pasamos mochila por mochila y arma por arma. Cuando al fin entramos todos a la cueva, parecía una madriguera de algún tipo de animal, olía a humedad y se escuchaban gotas de agua cayendo sobre las rocas. En las paredes había símbolos extraños; eran una especie de indicaciones para los Énkor, ya que Job, el hombrecillo ese, se detenía a leer y sabía lo que allí decía.
Recorrimos unos 10 metros más aproximadamente y la gruta cada vez se hacía más amplia hacia dentro. Llegamos a un punto donde ya podíamos estar de pie, Job nos dijo:
—Bienvenidos a mi mundo, quiero decirles que ustedes son afortunados, pocos seres como ustedes han entrado a estos lugares y han salido con vida.
Nos quedamos viendo unos a otros. Cori me miró con una mueca de: "Te lo dije", pero yo sabía que este enano estaba bromeando. Confiaba en él, su mirada me decía que era de confianza. Lo seguimos por una gruta; se notaba que ya conocía con precisión este lugar y era algo elegante. Tenía espacios donde había mesas y sillas hechas de piedra con madera. Había iluminación con lámparas también hechas de piedra y pegadas en los muros. Se mantenían encendidas con algún tipo de combustible. No era alcohol, ni petróleo. Desconoce qué era ese líquido amarillo que tenían dentro, ya que las lámparas se mantenían encendidas día y noche. Deduje que usaban algún tipo de destilado como combustible.
Después de caminar durante más de dos horas aproximadamente, llegamos a un lugar dentro de la gruta, donde sin acercarnos tanto, vimos una ciudad a lo lejos. Entramos poco a poco a ella, para no ser vistos por los habitantes de allí, ya que a lo lejos se escuchaban voces en idiomas extraños. Era una caverna enorme, era tan grande que apenas se miraba el techo de ese lugar. Tenía su propia atmósfera. Por encima de la ciudad se veía un resplandor. ¿Pero si estábamos bajo tierra, de dónde provenía la iluminación? Probablemente era por la iluminación que había a lo largo de caminos y callejuelas. Todas ellas estaban iluminadas con algún tipo de lámparas incandescentes.
Conforme nos íbamos adentrando, se apreciaban mejor los detalles entre los muros. No llegamos hasta dentro de la ciudad, ya que no queríamos ser descubiertos. Nos detuvimos en un muro donde podíamos apreciar ese lugar desde lejos. Había casas construidas entre las paredes; estaban hechas entre la misma piedra, esculpidas a mano. Cada detalle de los dibujos en la piedra estaba hecho con mucha precisión.
Cada casa estaba adornada con piedras preciosas, en cada una vivía una familia Énkor, y en el centro de la ciudad había un jardín donde estaba un pequeño castillo, adornado también con piedras preciosas. Una avenida atravesaba la plaza central, con cristales y metales brillantes en el suelo sobre la avenida. En el centro de la plaza había un altar donde se veía que hacían algún tipo de culto o adoración a alguna deidad.
—Este es mi hogar, es la ciudad Rénkor, aquí es donde vivimos nosotros.
—¿Cuánto llevan viviendo aquí? —le pregunté asombrado a Job.
—Después de habernos liberado de los Egrukóntes, la raza que nos tenía esclavizados, huimos a este bello lugar; aquí nos establecimos para no ser encontrados jamás. Cuando llegamos, ya estaba este lugar tal como lo ves ahora, sólo que sin las piedras preciosas. Nuestra gente era esclava de esa raza de seres usureros. Nos ponían a buscar Áu o piedras preciosas como los cristales, pero esto era allá en otro mundo donde nos tenían, así que al llegar aquí, se nos quedó esa costumbre.
Seguimos buscando por instinto los cristales; sólo nos sirven para adornar la ciudad, ya que nosotros compartimos todo con todos, no necesitamos de cosas valiosas, no les damos un valor como lo hacen los seres de arriba, que usan objetos donde, según ellos, califican de valiosos y hacen más difíciles sus vidas.
—Perdón mi atrevimiento, Job, pero ¿qué es Áu?
—Es una piedra dorada y casi indestructible que usan ciertas razas para tener poder, para sanarse de enfermedades mortales y para vivir muchos años. Otros lo usan para crear cosas mágicas y objetos voladores; es lo más valioso que podemos encontrar... mira, esto es Áu.
Me mostró un brazalete que tenía puesto Job en su brazo. Le faltaba algo en el centro, algo así como una piedra o cristal. Reconocí ese material y también ese brazalete.
—Esto es oro, —le dije a Job.
—¿Qué es oro? —Me respondió preguntando.
—Esto es oro; de dónde vengo se le llama oro, ¿y cómo hacen para conseguir todo esto?
—Llámala como quieras, al final es lo mismo. —Dijo Job algo molesto.
No pude aguantar la risa; se me hizo graciosa la forma como lo dijo.
—¿De qué te ríes, muchacho?
—Perdón, no pude aguantar la forma en cómo lo dices, ¿me podrías decir dónde conseguiste ese brazalete?
—Lo encontré ayer; lo cambié por unas puntas de flecha que les quitan a unos cadáveres que estaban en el bosque.
—¿Y a quién se lo cambiaste?
—No importa, solo era un morador de los abismos, a ellos jamás los podrás ver, viven bajo tierra.
—¿Y pueden ver de noche? —Le seguí preguntando esto, ya que me hizo recordar el día en que Friks, hermano de Rúbik, me ayudó a bajar al pozo de las calaveras y vi un ser parecido al que mencionaba Job.
—Así es, ellos no tienen ojos, usan la percepción y no pueden ver la luz; jamás salen a la superficie, explorando cuevas nuevas. Me lo topé cerca de un pozo y allí hicimos el intercambio.
—Creo saber de quién es este brazalete, ¿puedo quedármelo?
—Si, tómalo y quédatelo, puedo conseguir todos los que yo quiera, además está incompleto; le falta la piedra preciosa que llevaba en el centro.
—Muchas gracias, Job, ¿y cómo es que salen a buscar cosas a la superficie?
—Hay varios Énkor que son elegidos por un grupo de ancianos, donde califican a los más fuertes y valientes de nosotros para poder salir al exterior en busca de todo tipo de objetos preciosos. Hay otro grupo de nosotros que se interna en la profundidad de las cavernas en busca de Áu entre las piedras. Lo divertido de este mundo es que está lleno de cavernas y pasadizos por dentro. Para nosotros es un reto emocionante descubrir uno nuevo, y así es como hemos hecho este grandioso lugar.
—Hace un momento dijiste que huyeron hacia este lugar, ¿te refieres a este lugar como mundo?
—Así es, muchacho, eres astuto. Los Enkor no somos de este mundo, nuestro mundo está muy lejos de aquí. No sé cómo explicártelo. Llegamos junto con esa raza nefasta de que te hablé. Ellos también estuvieron aquí por algún tiempo, pero tuvieron problemas con otra raza que ya había llegado. También venían en busca de Aú, se enfrentaron en una gran batalla y los Egrukóntes la perdieron. Fueron expulsados de este mundo y ya no se ha sabido más de ellos. Nosotros, al ser seres libres de nuevo, tuvimos que adaptarnos a este mundo que tiene todo. Cualquier raza orgánica, puede sobrevivir y evolucionar sin problemas.
—Increíble, jamás creí que eso pudiera suceder, —dijo Rúbik.
—No te preocupes, Rúbik, ya somos dos; de dónde vengo esto es solo fantasía, —le dije.
—¿Qué es la fantasía, Rónan?
—Después te lo explico, Rúbik, Job, ¿cómo podemos llegar a lo que acordamos? Nos dijiste que nada es imposible para ti. De seguro sabes de un atajo.
—Jamás me dijiste qué lugar era al que querían llegar, ¿cómo voy a saber a dónde los voy a llevar?
—Ni yo sé dónde es, sólo sé que está en el bosque cerca de la casa de un amigo que se llama Búrtok.
—¿Dijiste, Búrtok? ¿El viejo Búrtok? —preguntó sorprendido Job.
—Así es, Búrtok ha sido un buen maestro para todos nosotros.
—Cuando lo veas, llévale un mensaje que tengo para él.
—Job, no sé si pueda dárselo.
—¿A qué te refieres, muchacho? ¡Habla!
—No es fácil, ¿cómo te lo explico?
—Habla, muchacho, ¿pasó algo?
—Sí, Búrtok fue convertido en una extraña cosa por el hechizo de un Jádoguar llamado Góspel; no pude hacer nada por él, es por eso que nos urge llegar, ya tenemos el antídoto para deshacer su hechizo.
—He visto que hacen eso los Jádoguar a muchos seres de arriba; incluso a algunos Énkor les han hecho algo así. Conozco bosques completos de seres convertidos en árboles o piedra; los Jádoguar siempre han querido encontrar esta ciudad y, gracias a esos Énkor fieles, no han podido encontrarnos.
Respecto a ser convertido en árbol, no he sabido de alguien que haya podido deshacer el hechizo. Siguen allí, dando hogar a muchas aves y dándoles de comer a muchas orugas. Ja, ja, ja, es broma lo de los pajaritos, pero sí es verdad que los convirtieron en árboles, y ¿cómo piensas hacer eso, Rónan?
Lo miré con actitud seria e incrédula, le dije...
—Confía en mí, así como yo confié en ti, sé cómo deshacer el hechizo.
—En este mundo he visto muchas cosas extrañas y pienso que todo puede suceder y me gustaría ver eso. Vamos a darnos prisa para llevarlos a ese lugar.
De pronto, sentimos la presencia de alguien que nos observaba detrás de nosotros. Al voltear, vimos a ocho Énkor que estaban observándonos, todos con una espada desenvainada apuntando a cada uno de nosotros.
—Alto allí, ¿quiénes son ustedes? Job, ¿cómo pudiste permitir la entrada a estos seres de la superficie? ¿Sabes qué es contra la ley Énkor? permitir entrar a nuestro reino a todo aquel que no es un Énkor.
—Yo… he… esto… ya iban de salida, tengo una deuda con ellos y voy a ayudarlos.
—Job, sabes muy bien que no debiste hacer esto, ahora tendremos que desaparecer a estos extraños, y debemos cortarles la cabeza. No debemos permitir que alguien ajeno a nosotros salga de aquí con la ubicación de nuestra ciudad, así que no se van a ir vivos de aquí.
—¡No pueden hacer esto! Son mis invitados. Permite que salgan, les aseguro que no dirán nada.
—No podemos, no confiamos en ellos, así que caminen hacia su muerte, les cortaremos la cabeza.
Nos empezaron a empujar con sus lanzas, eran ocho contra tres, no podíamos hacer nada; sabía que sólo teníamos una opción, utilizar mi poder para inhabilitarlos y así poder escapar, pero no quería lastimarlos, ellos no eran culpables; debía pensar rápido en algo, de lo contrario había sido en vano todo el camino que hemos recorrido.
Se me ocurrió una idea: trataré de usar mi poder sin hacerles daño. Los miré, y en mi mente tan sólo me imaginé cómo se verían quietos sin poderse mover sin ningún tipo de sufrimiento, y en ese instante se quedaron inmóviles. Miré sus ojos de esos Énkor, y vi su mirada de asombro al no poderse mover, cuando en eso Job dijo:
—¿Qué les pasa? ¿Por qué se quedan así?
Job no entendía qué había sucedido, pero sin más, pronto percibió que había sido intervención mía; me volteó a ver sorprendido, quedándose quieto y pensativo por un rato.
—¡Increíble, Rónan!, cada vez me sorprendes más, —dijo Cori.
—Lo veo y no lo creo, pienso que debemos partir.
—Así es, Rúbik, Job, Job, despierta, ¿por dónde debemos escapar para llegar a nuestro destino?
—Tengo que irme con ustedes, si ellos logran moverse y ustedes escapan, a quien le cortarán la cabeza sería a mí. ¡Perderé mi bello rostro! y no me gustaría que las lindas chicas Énkor ya no se fijaran más en mí, así que me iré con ustedes.
—¿Y por dónde nos vamos, Job? Hay demasiados túneles por aquí, no queremos perdernos como la última vez.
Después de inmovilizar a los guardias Énkor, no sabíamos cómo escapar de allí, ya que en toda la ciudad se había activado la alarma de intrusos, y su consigna era cortarnos la cabeza. Nos ocultamos en una casita que al parecer estaba abandonada y allí hicimos un plan de escape. Entonces Job nos tuvo que explicar la historia de unas piedras que para ellos eran mágicas y que él sabía que nos servirían para escapar vivos de allí.
—Hace varias lunas, un Énkor de nombre Tiférious tenía tiempo que vigilaba a un hombre llamado Kalmoc; este hombre era un caza recompensas y en una de sus aventuras, había logrado conseguir unos cristales extraños. Tiférious al enterarse de eso, lo vigiló por varios días y aprendió cómo Kalmoc utilizaba esos cristales.
Cierto día, unos seres de cierta hueste persiguieron a Kalmoc porque se habían enterado de que él tenía los cristales, y en su huida, Kalmoc escondió los cristales dentro de un cofre, debajo de unas piedras al pié de un río.
Tiférious aprovechó tomarlos prestados cuando Kalmoc se fue a esconder lejos de allí. Después, Tiférious ya con los cristales, al llegar a la ciudad Rénkor, nos enseñó cómo funcionaban, ya que él había visto cómo los usó Kalmoc varias veces. Así que Tiférious los puso en el suelo para hacer una prueba de su funcionamiento, de tal forma que apareció una esfera de luz muy brillante.
Tiférious entró en ella y de pronto desapareció él y la esfera de luz se apagó. En ese momento todo quedó en silencio. Nos había dicho que con esos cristales se podía viajar al lugar que quisiera, solo necesitaba imaginar el lugar al que quería ir, y allí estaría en un instante. Así que vamos por esos cristales; recuerdo muy bien cómo lo hizo y donde están ocultos.
—¿Y qué le pasó a Tiférious? —le pregunté.
—Nadie sabe, nadie supo qué le ocurrió, ya no pudo regresar porque los cristales se quedaron aquí.
—Pobre Tiférious, espero que un día pueda regresar. Tal vez se imaginó un lugar fuera de este mundo o tal vez de aquí, pero muy, muy lejos. —Dijo Cori.
—Lo más probable es eso, ya no pudo regresar y quedó atrapado en el lugar que se imaginó. —Respondió Job.
—¿Y así quieres que confiemos en estos cristales? No saben realmente qué le ocurrió a Tiférious, ¿cómo sabes que llegó a donde él quería ir?
—Muchacho… ¿Tienes otra opción?
—Está bien; por ahora nos vamos a arriesgar, ¿y dónde están esos cristales? —Le pregunté a Job.
—Debajo de una torre en el centro de la ciudad.
—¿Tenemos que ir hasta la ciudad? Yo pensé que los traías contigo.
—Eso déjamelo todo a mí, yo sé cómo salir de esto, vamos, síganme.
—Si vamos todos a la ciudad, nos van a descubrir y ahora sí, rodarán cabezas. —Le dijo Cori a Job.
—¿Y quién les dijo que nos descubrirán? solo síganme.
Seguimos a Job por un callejón y llegamos a otra casa abandonada; al fondo de la casa había unas escaleras que subían al techo, y debajo de las escaleras había un pequeño cuarto donde guardaban herramientas. Allí debajo de un tapete, estaba una alcantarilla. Bajamos todos por allí y nos encontramos un pasadizo secreto; Job nos dijo que debíamos ir por ese lugar.
—Apenas cabemos, Job, este lugar es muy pequeño.
—¡Ja, ja, ja! Eso les pasa por comer tanto, —dijo Job en su estilo burlesco.
Después de varios caminos recorridos, llegamos a una sala subterránea de metro y medio de altura. Para ellos era perfecta, pero para nosotros era muy pequeña. Se escuchaba mucho alboroto allá arriba en la superficie.
—Creo que ya nos descubrieron, escucho que dicen: "Busquen en todos los lugares", al parecer, los Énkor que paralizaste ya lograron moverse y han alertado a toda la ciudad.
—¿Y ahora qué vamos a hacer, Job?
—¿Ven esas tapaderas en el techo de este lugar? Una de ellas sale a la torre; debemos levantar cada una de ellas y ver cuál es el lugar correcto. Podrán ver una estatua de un Énkor de piedra sosteniendo una antorcha encendida en su mano; allí en ese lugar están los cristales.
—Rápido, empecemos por esta, cada quien vaya levantando una tapadera y vea si está esa estatua —sugirió Rúbik.
Después de varios intentos en busca de ese lugar, por fin Cori la encontró.
—Aquí está esa estatua, vengan todos.
Subimos por esa entrada a ese lugar, parecía un almacén de cosas antiguas, y entre tantas cosas llenas de polvo, por fin tuvimos buenas noticias. Job abrió un baúl y sacó los cinco cristales.
—Los Énkor guardianes están abriendo puerta por puerta de los otros edificios buscándonos, y ya casi llegan a esta torre. Debemos darnos prisa para escapar de aquí con nuestras cabezas pegadas al cuerpo, ja, ja, ja. —dijo Job sarcásticamente.
Rápidamente, Job nos explicó cómo funcionaban y nos pidió que le ayudáramos a acomodarlas en su posición.
—Necesito que tomen estos cuatro cristales y me ayuden a ponerlos alrededor de este lugar. Con los tres cristales amarillos debemos formar un triángulo casi perfecto. Todos sus lados deben tener la misma distancia entre cada esquina.
Rónan, sostén con tu mano el cuarto cristal azul; imagina con los ojos cerrados el lugar donde está Búrtok. Este cristal azul, me imagino, es el cristal maestro, carga la imagen de tu mente y te envía a ese lugar. Si ya tienes en tu mente esa imagen, dámelo rápidamente para colocarlo en el centro del triángulo.
Así que tomé ese cristal azul y me imaginé el lugar donde estaba Búrtok, enseguida se lo devolví a Job en su mano, pero Job lo tomó con un trozo de la tela de su ropa, tratando de no tocarlo él directamente.
—Ya está Job, ponlo allí.
Después de colocarlo en el centro del triángulo donde estábamos todos nosotros, Job tenía un quinto cristal color blanco en su otra mano, pero este estaba afuera del triángulo del área formada por los tres cristales amarillos. Según él, al juntar en el centro el cristal azul con cristal blanco, debería pasar algo. Job, con su mano, tomó el cristal blanco y lo metió dentro del triángulo; al juntar los dos cristales, comenzaron a brillar, pero no sucedió lo que Job esperaba.
—¿Qué pasa, Job, ¿qué debe de suceder?
—No me interrumpan que me ponen nervioso, ayúdenme a mover este cristal amarillo, está un poco desacomodado, deben de tener todos la misma distancia.
—¡Ya están ellos aquí! Están tratando de abrir la puerta, dense prisa, se ve que son muchos Énkor, se escuchan muchos gritos allá afuera. —Gritó Cori, asustada.
Entonces fui hacia ese cristal amarillo y empezamos a alinearlo con los demás cristales. No era mucho lo que faltaba; sólo tenía unos centímetros de desajuste en comparación con los otros dos. Volvimos a centrarnos en medio del triángulo, y de pronto comenzaron a brillar por sí solos.
—No se muevan y no me suelten, esta vez sí volamos lejos de aquí. —Nos dijo Job.
Un olor a flores, sonidos de aves y un cambio de temperatura hizo la diferencia. Nos encontrábamos en el suelo de aquel bosque. Era una sensación extraña; la pesadilla de saber que nos iban a cortar la cabeza había terminado.
—¿Dónde estamos? —preguntó Cori sorprendida.
—¿Es este el lugar? —Ahora preguntó Rúbik muy desubicado.
—No lo sé, es muy parecido, pero no veo a Búrtok. —Les respondí dudando del lugar.
—¿Qué Búrtok no quedó convertido en árbol? —preguntó Job.
—Debe de estar cerca de aquí, busquemos bien. —les dije con un poco de inseguridad.
De pronto escuchamos un murmullo, como de personas hablando cerca de nosotros. Al voltear a nuestra derecha, vimos un grupo de arqueros como los que habían capturado a Cori, sólo que estos eran demasiados. Se toparon con nosotros frente a frente. Ellos no sabían que aparecimos en ese lugar, ya que por casualidad aparecimos en su camino. Al vernos allí, todo se quedó en silencio. Mientras ellos decían algo en voz baja, comenzaron a acercarse a nosotros lentamente; estaban como a 30 metros de nosotros. Job nos dijo:
—Son los Gong, si ellos nos atrapan, estaremos perdidos, nos llevarán con su dios Veles y nos arrojarán al Mógaf, así que piensa en algo rápido, hazlo ya, Rónan.
—Rónan, sácanos de aquí, por favor —gritó Cori.
—Sujétense todos, ya lo tengo.
Tenía muy poco tiempo para hacer algo, así que sólo se me ocurrió una cosa. Me hinqué poniendo solo una rodilla en el suelo, después con mi puño cerrado de mi mano derecha toqué el suelo, y con el dedo pulgar de mi mano izquierda toqué mi frente. En mi mente me imaginé a todos esos Gong, convertidos en una masa inmunda, y cuando yo abriera mis ojos, se ejecutaría el poder.
Apliqué toda mi fe, tenía la certeza de que así sucedería. Al levantar mi cabeza para verlos, cayeron al piso inmediatamente. Solo se escuchaban sus alaridos y el ambiente se llenó de una neblina espesa y maloliente como siempre. La transformación de su piel generaba un vapor y un olor a carne quemada. Mi poder estaba haciendo efecto.
—¡Increíble! —murmuró Cori.
—Esto sí que me está agradando, para meterse en problemas, siempre hay una salida —dijo Job con una sonrisa traviesa.
De pronto, todo quedó en total quietud; los Gong estaban tirados en el suelo, no se movían, estábamos libres de seguir con el plan.
—Vámonos de aquí, —les dije—. Ya reconocí este lugar, estamos cerca de Búrtok, recuerdo esa montaña que está allá... vamos.
Llegamos al lugar donde se encontraba Búrtok. Él estaba allí, regalándonos una confortable sombra entre arbustos, flores y un canto de aves que ya habían anidado entre sus ramas.
—¿Es este el lugar? —preguntó Job.
—Espera, aquí debe de ser.
Caminé alrededor de esa área y encontré a Búrtok.
—Si, este es el lugar, él es Búrtok.
Señalando al árbol donde estábamos y que sobresalía de entre el resto de los demás árboles, todos quedaron sorprendidos al ver a Búrtok. Era extraño, al tocar el árbol se sentía como si fuera de piel; estaba algo tibio, no era como tocar cualquier árbol frío y duro; se sentía una vibra familiar.
—¡Increíble! —exclamó Job.
—Rónan, ¿y ahora qué vas a hacer? —preguntó Cori.
—Sí, ¿qué vas a hacer ahora, muchacho? ¿Cómo piensas regresar a Búrtok como estaba? —reclamó Job.
Sin escuchar a los demás, me puse frente al árbol y cerré mis ojos. Puse en mi mente la imagen de Búrtok en la forma como yo lo recordaba, imaginé la escena cuando me platicaba sobre los Éntrix, esa imagen jamás la olvidaré.
De pronto, comenzamos a escuchar el crujir de las ramas del árbol, y una niebla rodeó a Búrtok y a todo el entorno. No abrí los ojos. Seguía pensando en Búrtok tal y como él era, y con la palma de mi mano tocando la corteza del árbol le transmitía mi energía. Comenzaba a sentirme débil, sentía que me iba a desmayar. Solo escuchaba a lo lejos las voces de mis amigos gritar jubilosamente; sabía que lo que estaba haciendo estaba surtiendo efecto; solo recuerdo escuchar a Cori decir:
—¡Increíble!, es Búrtok.
De pronto perdí el conocimiento y caí al suelo.
Cuando desperté, estaba en casa de Cori; reconocí el lugar, me sentía aún débil y tenía un poco de sangre en mi nariz. Poco a poco iba recobrando mis movimientos. Escuché que platicaban jubilosamente, me levanté e hice un esfuerzo por caminar hacia donde se encontraban ellos. Al entrar a esa habitación, Cori corrió hacia mí y me abrazó. Estaban todos sentados conversando entre ellos, Cori, Rúbik, Job y Búrtok; no lo podía creer, todo había salido muy bien.
—Rónan, te debo la vida, hiciste un buen trabajo; de no haber sido por ti, estuviera sirviendo de alimento para larvas y hogar para las aves. Ya me contaron todo lo que hicieron por mí; no sé cómo se los voy a agradecer.
—No hace falta, Búrtok, de donde yo vengo; nunca dejamos un compañero atrás; todos regresamos juntos o nadie regresa.
—¿Qué puedo hacer por ti, Rónan? —Me preguntó Búrtok preocupado por cómo me veía agotado.
—Sólo termina usted de explicarme lo del poder que falta. Me iba a explicar el último poder cuando Góspel le hizo eso. Tal vez con ese poder pudiera regresar a casa. Es demasiado todo lo que he vivido aquí, pero, aunque no lo crean, ya me estoy encariñando con ustedes y con este lugar a pesar de todas las cosas raras que me ha tocado vivir.
De pronto Job me miró con sus ojos penetrantes y curiosos.
—¿A qué seres raros te refieres, Rónan? —preguntó Job.
—Ja, ja, ja, no me refiero a ti, Job. —Le respondí con una sonrisa sarcástica.
Todos reímos por un rato; era intensa la emoción de vernos todos juntos y enteros, demasiada alegría.
—Está bien, te lo diré, tengo que mostrarte la verdad de tu situación. —Me dijo Búrtok.
Búrtok y yo nos sentamos en un lugar alejado de los demás, para explicarme con detalle lo que yo necesitaba saber.
—Rónan, después de lo que viviste aquí en este mundo, creo que superaste con creces tus habilidades; has logrado un nivel muy alto en el mundo de los Mudry, siento que vas a ser la atención entre todos ellos y de muchos que no deben saber nada de ti.
—¿Qué es un Mudry, Búrtok?
—Un Mudry es un hombre o mujer con conocimientos superiores y poderes especiales para controlar y ordenar la naturaleza. Son personas muy difíciles de encontrar en el mundo; no los ves tan fácil entre los seres comunes, viven aislados y son dignos de respeto por los pueblos.
—Ya veo, del mundo donde yo vengo, se les conoce como hechiceros o chamanes.
—Solo es cuestión de palabras… Rónan, explícame una cosa que me tiene intrigado, ¿cómo lograste quitar el hechizo que me mantuvo atrapado en ese árbol?
—Es difícil de explicar, es una historia muy larga.
—No importa, necesito saber para poder revelarte otros secretos que es imperativo que tú los conozcas.
—Está bien, te lo diré de forma rápida.
Después de que te convirtieron en árbol, corrí y corrí…
Le conté con detalle toda la historia que sucedió posterior a su hechizo, y después de un tiempo conversando, por fin terminé de contarle todo.
¿Así que el maestro Kork te inició en el poder Krívek? ¡interesante! ¿Sabes que tienes una responsabilidad muy grande encima de ti?
—Lo sé, todos me lo han dicho igual que tú.
El mal uso de ese poder te llevará a pagar las consecuencias de la peor manera si no usas ese poder adecuadamente. Así que te recomiendo regresar con Kork a completar tu aprendizaje, no puedes andar por allí, jugando deformando rostros de medio mundo.
—Lo sé, Búrtok, ya no soy el mismo de antes y también siento la carga de lo que llevo dentro. Un día regresaré con Kork para terminar de aprender el buen uso de este poder. Pero por ahora, necesito saber lo que ha quedado pendiente; necesito conocer el doceavo poder; explícamelo, por favor.
—Muy bien, Rónan, siéntate y te lo explico. El doceavo poder es igual de importante que los demás. Todos tienen el mismo nivel, todos tienen el mismo origen; todos fueron hechos por los mismos Éntrix para controlar y gobernar el mundo apegados al bien colectivo.
—¿Origen? ¿Cuál es su origen?
—El origen nadie lo sabe, solo se conoce que una raza muy antigua y muy avanzada fue la primera en descubrir la forma de manipular la naturaleza. Ellos comenzaron el desarrollo de todo lo conocido; fueron los primeros en ser creados como especie única en todos los mundos, aunque otros Kóbdas dicen que fueron los últimos y no los primeros en ser creados entre tantos mundos. Ellos crearon a las otras razas posteriores; esparcieron todo tipo de vida en la gran creación; una de ellas somos nosotros.
Muchos piensan que este mundo fue creado por primera vez aquí, que hubo un único origen sin ningún propósito de solo nacer, vivir y morir. Otros sugieren que el origen del cual venimos es el último en existir, que no hay otros y que somos los únicos en la vasta creación, ¿me comprendes?
Es de locos imaginar que pudieron existir infinidad de razas y civilizaciones antes de nosotros, pero así es. ¿Y dónde están todos ellos? ¿Qué fue de ellos? Están perdidas en el tiempo o en otras dimensiones. Ahora me pregunto: ¿valió la pena su existencia? Ya que nadie las recuerda, ha habido cantidades infinitas de creaciones, cada una con sus propias razas, unas más adelantadas que otras, siguiendo su propio desarrollo como conciencias.
Así funciona esto, muere un ciclo, nace otro, y así eternamente. Somos los mismos en todos los ciclos, todo se repite, existimos en una rueda de vida y muerte, así trabajan los mundos, nada se destruye, todo vuelve a existir, en diferente forma y lugar.
Un gusano sirve de alimento al ave, el ave a la serpiente; la serpiente es tragada por una lechuza; esta muere y es tragada por gusanos. Así continúa el ciclo; como es aquí, es en todo el infinito.
—Creo que mis creencias chocan con lo que usted me dice. En mi mundo se cree que fuimos creados por un sólo Dios. Hay una historia donde Dios creó a dos seres que fueron los primeros seres en nuestro planeta.
—¿Qué es un planeta? —preguntó Búrtok.
—¿No sabes que es un planeta?
—No sé, por eso te pregunto.
—Un planeta es el mundo donde vivimos. Es una bola azul flotando en el espacio donde alberga toda la vida que conocemos.
—¿Estás diciendo que existen en una esfera a la que llaman planeta? Creo que de dónde vienes es muy diferente a este mundo, al menos aquí no es una bola como dices tú. Este mundo es un círculo plano, cubierto por una burbuja sobre una superficie de hielo, sentado en una base donde al lado de nuestro mundo hay más mundos parecidos, tanto para arriba y tanto para abajo. Es como un panal de abejas.
Algún día te puedo enseñar sus límites, aunque tardemos muchas lunas en llegar al límite más cercano. Así como hay este mundo, existen infinidad de mundos, unos más cerca que otros, y en cada uno hay diferentes tipos de existencias, unas más avanzadas que otras, pero no son planetas, no son bolas flotando en ningún espacio, como dices tú.
—Creo que somos de mundos diferentes.
—Rónan, no quiero distraerte de tus creencias, pero lo que los maestros de la sabiduría conocen es otra muy diferente a la que me pláticas.
Nosotros nos basamos en los conocimientos que se nos dan de labios a oídos, a través de las generaciones elegidas, donde cada uno debe superar las pruebas de confianza, así que lo que yo sé te lo voy a confiar, seas de este u otro mundo. Todo Kóbda no debe aliarse con la incertidumbre ni la ignorancia.
La información que te voy a confiar hoy lo voy a hacer porque has demostrado tener el valor para cargar una responsabilidad tan importante como es el poder que llevas en tu sangre. Yo sé que no harás mal uso de él.
Los seres que nos crearon no son el origen: ellos toman también la energía y el conocimiento ancestral para su uso y para sus fines en este vecindario de mundos.
—¿Me dices que los que crearon nuestra raza no son dioses?
—No, los seres que crearon estas razas no son fáciles de percibir; según la sabiduría antigua, se dice que ellos existen en el Mikrodeórum. Esto significa que los creadores de todo lo existente provienen del interior del todo y no en el exterior, ni en ningún lugar lejano, sino que ellos existen en lo más pequeño y aún siguen existiendo más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir.
¿Crees que cuando ves un gran árbol, es realmente sólo un tronco con ramas y hojas? No, no es así. El corazón de un árbol no está en el tronco, ni en las ramas. El corazón de un árbol está por debajo del nivel de la tierra donde se encuentra plantado. Allí está su centro y su centro es diminuto. No lo puedes ver a simple vista, y sin embargo, tú ves todo un gran árbol majestuoso lleno de vida. En ese mundo tan pequeño se encuentra el origen del árbol. Allí se encuentra la clave de todo lo que existe, de todos nuestros mundos, el porqué de todos los sucesos. Allí está escrita la razón de nuestra existencia y el funcionamiento de la maquinaria de todo lo que percibimos. Allí está el código primordial de todo lo que existe.
Es por eso que el dibujo de la espiral que ves por doquiera simboliza el mapa del todo. La espiral hacia arriba es infinita, y hacia abajo también lo es; en el centro tiene un anillo que la rodea. Esto significa que está expandida en múltiples dimensiones y en el centro está el Mikrodeórum, el código de la fuente.
—¡Increíble! Esto que me está diciendo me hace explotar la cabeza, jamás me había puesto a pensar en eso; todos piensan que somos pequeños, y que el TODO está arriba, que es algo grande en comparación de nosotros.
—Imagina esta planta; siempre va a crecer hacia afuera, hacia arriba y hacia los lados, al mismo tiempo hacia abajo. La raíz cada día va explorando más espacio debajo de la tierra, buscando vestigios de agua o nutrientes. Siempre se va a expandir a todos lados, y así como este árbol, hay muchos en el bosque infinito. Si exploras su capullo, vas a encontrar sus semillas, si observas una semilla, dentro de ella hay un centro que ya no podemos ver. Dentro de ese centro hay otro centro, y otro, y otro, y así sucesivamente. Hay una infinita cantidad de centros, cada vez más pequeños. Es allí donde está el origen de todos sus mundos y sus creaciones. Se llama Mikrodeórum. Es el punto donde se proyecta todo lo que existe.
—Déjeme ver si estoy comprendiendo; ¿dice usted que Dios o el creador es alguien como un observador que se encuentra dentro de una burbuja llamada el Mikrodeórum, en lo más profundo de la existencia, y que de allí está experimentando toda su creación expandiéndose hacia el exterior?
—Has entendido bien, muchacho, no está él solo, ha creado a sus ayudantes, unos buenos y otros malos, pero, aun así, ellos siguen su orden.
—Me enseñaron que Dios estaba en el cielo, y no en un universo microscópico.
—Indirectamente, sí está en el cielo, y en el cielo de este mundo, ya que nuestros mundos están en el mismo batidillo del infinito.
—¡Increíble! Es difícil comprender esto, demasiada información para procesar.
—Lo que hoy tu mente no comprende, con el tiempo lo descubrirás a través de tu conciencia.
Aquí es donde acaba el misterio, es dónde está la clave del todo, y en lo que nos concierne saber, sólo te puedo decir que el líquido que envuelve el doceavo poder proviene del Mikrodeórum, es decir, es la entrada y salida de la Mátka; que significa el utero donde se crea todo lo que existe.
Allí dentro existimos todos en registros, y estos registros, dentro de otros, al final son uno solo. Allí está todo lo creado, seleccionado y clasificado en niveles. Si entras en contacto con ese líquido, puedes salir de la Mátka y conocer los secretos que allí se guardan. Quien lo logre hacer, podrá ver cada escrito de la vida, grabado en incontables libros blancos, y podrá modificar todo lo que allí se encuentre. Este cristal no debería estar al alcance de cualquier ser pensante; de lo contrario modificaría nuestro mundo a sus ideas propias y pondría en riesgo a toda la creación.
Cuando entras en contacto con el líquido de cualquier poder, especialmente con la parte de tu rostro, este se introduce por tu piel y penetra hasta llegar a lo más profundo de ti. Esta orden que viaja en cada partícula tuya es modificada por tal cristal; altera tu sangre. Esta orden sabe lo que tiene que hacer según su código.
Cada uno de nosotros normalmente tiene una línea de tiempo. Tenemos también un mapa escrito dentro de nosotros que podemos modificar con la mente y con nuestras decisiones de nuestro libre albedrío. Esta orden nos otorga privilegios que inicialmente tenemos apagados.
Desde el momento en que nuestro cuerpo físico empieza a ser creado en el útero de nuestra madre, no podemos hacer más de lo que se nos ha establecido. Venimos a este mundo en un molde muy básico. Entonces es aquí donde los poderes de los cristales modifican tu molde general y te elevan con privilegios, activando tus códigos que tenías apagados.
Llevas dos poderes dentro de ti; el primero es cuando se te fue activado el poder con la perla de Krosso, viajando hasta este mundo, pero como no eras consciente de saber cómo usar el poder Krosso, éste se situó en algún lugar y época donde las instrucciones de la perla calcularon a donde era conveniente que viajaras.
Te lo explico de otra manera: Místrait te dio el poder con agua del barril, donde en el fondo se encontraba esta perla Krosso. Todo ese líquido tenía la orden de activar el poder en quien tuviera el contacto de su piel con el líquido; como tú no eras consciente de su uso, la orden se activó situándote donde el Mikrodeórum consideró bajo ciertos factores a donde tú podías viajar.
Te situaste en algún punto de una línea de tiempo o espacio de cualquier mundo, tal vez al azar, por eso siempre pienso que viajaste en el tiempo y el espacio.
Hizo una copia de tu conciencia y tu estructura física, generó un punto de inicio de tu mundo, después se generó un segundo punto de destino que fue aquí, creando un cuerpo físico idéntico al tuyo, después transfirió tu conciencia, y ahora tú le puedes dar continuidad a esa creación de este cuerpo nuevo. Te da el permiso de recapitular esta nueva vida con tu mismo libre albedrío y recuerdos.
No sabemos cómo ni por qué lo hace, eso es desconocido para nosotros; también no funciona con cualquier ser. Esa orden sabe quién es digno de ejecutar el plan; es como si esa inteligencia conociera por dentro al ser que será elegido. Explorará si es digno de caminar por la senda de la sabiduría y depende también del nivel de desarrollo espiritual que tenga el elegido.
—¿Entonces, es probable que cuando yo llegué aquí, mi cuerpo se creó de la nada?
—Así es, Rónan, cuando despertaste en aquel lugar solitario y frío. Tu cuerpo apareció en este espacio y tiempo; se materializó. Se te asignó una misión que poco a poco debes ir descubriendo; a veces el Mikrodeórum juega con su obra y eso es un completo misterio. Nadie te dirá qué hacer, tú mismo debes descubrir cuál es.
Al aparecer, tu conciencia y la mayoría de tus recuerdos se enlazaron a este cuerpo, y en ese momento empezaste a respirar en esta nueva forma, como si hubieras nacido de nuevo. Y fue cuando diste el último suspiro allá en el barril. Le diste continuidad a tu nueva vida, y aquí estás, viviendo una nueva oportunidad en este espacio.
—Entonces, ¿es por eso que no recuerdo muchas cosas de mi mundo original?
—Probablemente así es, no se enlazaron todas tus memorias, por eso no las recuerdas. Tal vez el código solo transfirió lo más necesario para ti, o tal vez no deberías recordar nada. Probablemente algo salió mal y puedes recordarlo.
—Cada vez voy conociendo algo nuevo; lo que me dice no lo había pensado. Quizás tienes razón y no debería de recordar nada. Si voy a iniciar una vida nueva aquí, mis recuerdos de mi mundo están obstaculizando la misión. ¿Entonces existirá una forma de revertir esta instrucción Krosso?… ¿Cómo puedo regresar a mi mundo?
—La única forma es destruyendo tu cuerpo que tienes aquí actualmente; es lo más sencillo. Esta es tu esperada respuesta. Sólo así, tu conciencia regresará a su mundo original. Esta es una brecha entre el tiempo y el espacio. Por alguna razón, si decides terminar este círculo de vida y mueres por tu propia elección, al salir de aquí, regresarás a la línea de tiempo donde iniciaste todo, al espacio donde fuiste creado por última vez, en el espacio donde se hizo tu última concepción. Si estás preparado para semejante decisión, toma esta daga y córtate la vida, o resignate a vivir aquí, hasta que llegue tu hora natural de irte de aquí.
Al escuchar esas palabras, quedé impactado; no pensé que fuera tan fácil y a la vez tan difícil decisión. En algún momento llegué a sentir que era sólo un sueño interminable, que llegaría el tiempo y la hora en que despertaría, pero ahora veo la realidad: solo tengo dos opciones, y necesito elegir la correcta.
—Rónan, tienes que decidir qué vas a hacer con tu vida, no puedes quedarte siempre así con tal incertidumbre. Acepta tu destino y aprovecha esta oportunidad de tu vida. Por algo estás aquí; debes descubrir la razón que vio Místrait en ti para permitirte usar semejante poder, y hacer lo que hasta ahora has hecho, debes tomar un camino.
Después de meditar un momento a solas conmigo mismo, tomé una decisión.
—Tienes razón, Búrtok, debo hacer algo, así que regresaré con Ráizorg y su familia, ellos me han dado su confianza y creo que me necesitan. Viviré honestamente todo el tiempo que me quede de vida en este mundo, hasta que llegue mi hora final.
—Muy bien, Rónan, has tomado una decisión sabia, entonces nos seguiremos viendo de vez en cuando. Ve con tu nueva familia, bienvenido a este mundo, y puedes visitarme cuando quieras; esta es tu casa, ya lo sabes.
—Gracias, Búrtok; tengo que hablar esto con los demás y explicarles lo que he decidido.
—Muy bien, vamos.
Fuimos hasta la sala de estar de la casa de Cori, donde estaban mis amigos. Al llegar con ellos, estaban los tres, Cori, Rúbik y Job, platicando y riendo. Al entrar Búrtok y yo, todos guardaron silencio y me pusieron atención.
—Rónan, no te ves bien, ¿qué te ocurre?
—No pasa nada, Rúbik, todo está perfecto, solo te puedo decir eso: nada sobra, nada falta, cada engranaje encaja perfectamente en su lugar.
—Entonces, ¿qué tienes, Rónan? No te veo de buena pinta.
—Quería hablar con ustedes sobre mi vida y mi destino. Como ustedes saben, yo no soy de aquí, y toda esta historia que ustedes ya conocen y han vivido conmigo es tan sólo para buscar una razón del porqué estoy aquí y la forma de regresar a mi mundo. Ahora que conozco la verdad, he tomado una decisión.
—¿Cuál es la verdad? ¿Vas a poder regresar a tu mundo?
—Si, Job, hay una forma de regresar, la única forma es quitándome la vida aquí y ahora, al morir aquí, mi conciencia regresará de nuevo a mi mundo, así que, si he de vivir aquí, viviré de la mejor manera. Me dedicaré a tener una vida honesta, al lado de la familia que me dio asilo y confianza. Retornaré con Ráizorg y su familia, así que queridos amigos, esta aventura no ha terminado; este sueño aún continúa. Regresaremos a nuestras vidas que dejamos pendientes; nos podemos ver de vez en cuando. Ya saben dónde estaré, ya no hay nada que hacer por ahora, y muchas gracias por todo, por arriesgarse conmigo. Doy gracias por haberlos conocido. Son mis únicos amigos que tengo, así que no me despido; nos seguiremos viendo.
—Rónan, gracias a ti y a Rúbik, ustedes me salvaron de los Gong; no sé qué sería de mí si me hubieran atrapado, yo seguiré aquí, Rónan, ya sabes dónde estoy y tienes tu casa en mi árbol.
—Gracias, Cori, te visitaré de vez en cuando.
—Rónan, no me gustaría despedirme, yo quedé con hambre de más aventura, pero regresaré con mi padre. De hecho, no le dije nada a donde iba; creo que me espera una reprimenda llegando a casa.
—Muy bien, Rúbik, salúdame a tu padre y a Friks de mi parte, dale las gracias por toda su ayuda; sin él, no hubiera sabido qué hacer, no te olvides de mí, espero vernos pronto.
Y tú, Búrtok, creo que nos veremos con más frecuencia. La casa de Ráizorg no está lejos de la tuya, gracias por todo, Búrtok.
—Muy bien, Rónan, ve con cuidado y espero verte pronto.
—Gracias, Búrtok, así será, y tú, Job, ¿regresarás a Renkor?
—Esto no se vale, yo dejé todo para seguirlos a ustedes. ¿Y ahora se acaba la aventura, así como así? —respondió Job tristemente.
—Perdón, Job, pero ya terminó todo. Aquí lo importante era recuperar a Búrtok, y ya está a salvo. Todos regresamos a nuestra vida de antes; tú has lo mismo; de seguro alguien te espera en casa.
—Yo no tengo a nadie en este mundo, nadie me espera, ahora estoy sólo. Si regreso con mi gente, me encarcelarán o me cortarán la cabeza por traición.
—Te entiendo, Job, no sé qué decirte, pero ¿cómo ves mi idea? Te invito a venir conmigo, no creo que haya inconveniente el que vivas con nosotros en casa de Ráizorg, ¿aceptas?
—¿Lo dices en serio, Rónan? Me encantaría, con tal de no vagar por el bosque sólo, y no regresar con mi gente. Si me voy contigo, siento que hay mucho que aprender en su mundo. Tú dices cuándo nos vamos.
—Ahora mismo, vámonos.
Todos nos despedimos y cada quien tomó su rumbo. Job se fue conmigo; no podía dejarlo sólo, así que caminamos hacia la casa de Ráizorg, donde veíamos un futuro diferente, pero a la vez incierto, ya que Job y yo éramos de mundos diferentes y no teníamos a nadie que nos esperara.
El día que nos despedimos todos en casa de Cori, ya por la tarde llegamos Job y yo a la casa de Ráizorg. Al verme llegar salió toda la familia a darme la bienvenida, Ráizorg me abrazó como a un hijo más, me preguntó por Búrtok, y le dije que ya había solucionado el problema y se encontraba bien en su casa del pantano. Después, Moa, el más pequeño de la familia, salió a mi paso y saltó sobre mí para que lo cargara. Me dijo que me extrañó y quería que me quedara con ellos para siempre.
Ráizorg había aceptado a Job, aunque desde el primer día fue algo nuevo para la familia de ellos; jamás habían visto y convivido con un enano de estos; sólo sabían de ellos en los cuentos de sus abuelos, fue todo un suceso. Hasta la gente de todos los alrededores iban a conocer a Job; con el tiempo se acostumbraron y ahora lo veían como alguien más de la familia.
—Muy bien, Moa, creo que ahora sí me quedaré con ustedes, seré uno más de su familia.
—Gracias, Rónan, te queremos mucho.
En eso, vi a alguien más que se acercó al encuentro; eran esos ojos y la carita más hermosa que jamás había visto; la chica más bella de este mundo, era Mara. Allí, parada hasta atrás, esperando ser la última para quedarse el resto del tiempo conmigo. Al verme, corrió a abrazarme y con lágrimas me dijo:
—Rónan, qué gusto me da verte, pensé que jamás te volveríamos a ver, gracias por regresar, espero que no te vuelvas a ir.
—No, ya no, Mara, me quedaré con ustedes; tu padre me ha aceptado, junto con mi amigo Job.
—Gracias, Rónan, quiero llevarte a conocer toda la campiña y a presentarte con mis conocidos; mucha gente te quiere conocer, ¿aceptas?
—Está bien, Mara, sólo deja instalarme en donde me voy a quedar y me llevas a conocer la campiña.
Esa tarde, Mara y yo salimos a caminar por la comarca; había fiesta, estaba toda la gente reunida en una zona despejada del bosque. En el centro, tenían cinco cerdos clavados en unas estacas dando vueltas alrededor del fuego, y a un lado había un árbol seco de pino. Yo pensé que era para quitarle ramas y seguir avivando el fuego, y que no se apagará, ya que allí rostizaban a los cerdos para comer en las fiestas. Pero no fue así; ese árbol era un símbolo de adoración. Este árbol simboliza el término de una temporada de cosechas, donde se reunía la gente de la región a compartir lo poco o mucho que tenían y de lo que habían cosechado en esa temporada. Agradecían al sol por haber finalizado la temporada con buenas cosechas.
—¿Mara, qué significa esta fiesta?
—¿Qué es la fiesta?
—Bueno, de dónde yo vengo, se llama fiesta a una celebración que hace un grupo de personas para festejar algún día importante.
—Ya entiendo, aquí le decimos Partiya, esta es una Partiya y se festeja la culminación de un godik.
—¿Qué es un godik? —le pregunté.
—Un godik se completa cuando el sol permanece sin inclinarse por 3 días, y se festeja hoy. Es la noche más larga de la temporada; es donde se reúnen todas las familias a dar gracias al sol por la buena cosecha. Las familias comparten todo: las que sembraron chechebiza, dan chechebiza a las que sembraron risky, y estas comparten su risky a las que mantuvieron y alimentaron a sus sbinin, estas familias son las que los ponen en las estacas para compartir su carne en toda la comarca, y así, compartimos y damos gracias por un buen godik. Mañana iniciamos un nuevo amanecer, hasta que llegue el día más largo, en 6 lunas más, tiempo en que los días son más soleados y se respira polvo de flores en todos lados.
—Entiendo, es algo parecido de donde yo vengo.
—Explícame cómo es el mundo de donde tú vienes. —Me sugirió Mara.
—Está bien, te explicaré lo que tú llamas godik, nosotros le llamamos año, y tiene 4 temporadas; a lo que ustedes llaman lunas, nosotros les llamamos meses, y al final del año, o godik, tenemos una festividad que se llama Navidad; también se dan regalos entre las familias.
—¿También dan chechebiza, risky y sbinin?
—No, lo que tú conoces como chechebiza, risky y sbinin, yo los conozco como lentejas, arroz y cerdo. En la cena de Navidad la tradición es comer pavos, que son los que tú conoces como Indeyka, pero también se dan regalos materiales, como ropa o juguetes para los niños.
—¿Qué son regalos materiales y juguetes para los niños?
—Digamos que es como si ustedes regalaran figuras de piedra o madera para que jueguen los niños.
—Qué extraños son ustedes, para nosotros no tiene sentido regalar eso, no tiene ningún valor.
—Lo sé, yo tampoco le encuentro sentido a eso, pero así es la tradición.
En ese momento, se dio inicio a la fiesta, todo mundo comía y bebía sin juicio; era un festín en grande; había una mujer que tocaba un instrumento parecido a una flauta, otra tocaba una especie de arpa, y todo mundo bailaba alrededor de la fogata.
De pronto, sentí que Mara me tomó de la mano. Era extraño; ella sentía algo por mí, aunque me habían pasado desapercibidos todos sus mensajes de su interés hacia mí. Esa noche inició todo; yo realmente siempre la había visto como amiga, solo que esa noche se veía inmensamente bella; era una chica joven como de 16 años, rubia de ojos azul claro, pelo a la cintura y una mirada hermosa. Muy en mi interior despertó ese interés por ella; no me pude contener y le correspondí tomándole también su mano. La miré a los ojos y fue donde inició todo. El amor hizo efecto en nuestros corazones; le tomé de las dos manos y me acerqué para besarla; de pronto, ella se apartó de mí antes de que pudiera darle el beso. Una voz nos interrumpió; era un hombre que gritaba algo; ella me jaló de la mano y corrimos a ese gran pino que tenían en el centro del lugar. Iba a iniciar la quema del pino.
—¿Qué van a hacer ellos, Mara?
—Es la quema del gran árbol; se quema después de la cena. Es una forma de dar gracias al sol por darnos su calor y ayudarnos en todo el godik.
—Qué coincidencia; de dónde yo vengo, en esta época, en los hogares de la gente, también se tiene un árbol parecido, sólo que no lo queman como este; ahora entiendo de dónde vienen tantas tradiciones.
De pronto, un joven con antorcha en mano empezó a encender el árbol y mientras se encendía, la gente comenzaba a cantar en una sola voz. Era una época de alegría y paz, y al ver esto, me recordaban las costumbres de mi mundo.
Mientras la gente cantaba y adoraba aquel árbol, yo volví a tomar a Mara de la mano e intenté besarle de nuevo, y en el momento en que mis labios iban a tocar los suyos, ella me detuvo. Me di cuenta de que para ella, el beso en los labios era algo desconocido. Nadie se besaba en la boca, de pronto ella me dijo:
—Esto no lo podemos hacer aquí, nos van a ver, mejor sígueme.
Ella me tomó de la mano y salimos de ese lugar inmediatamente. Fuimos a un lugar apartado de la comarca. Llegamos a una cueva cerca de allí. Esa cueva la usaban como pesebre, un lugar donde los pastores protegían al ganado cuando llovía o nevaba demasiado. De pronto, ella me correspondió el beso; fue algo grandioso; no quería que el tiempo avanzara, pero todo tiene un final. Estuvimos en una entrega total de nuestro amor. Fue la noche más maravillosa de esa parte de mi vida. Ella se entregó a mí y yo a ella. Fue el principio de una nueva vida.
Pasaron varios meses, donde Mara y yo decidimos compartir nuestras vidas para siempre. Ráizorg me aceptó como su yerno y fui parte de su familia. Como resultado de aquella noche de solsticio de invierno, en aquel pesebre, tuvimos a nuestro primogénito, un hermoso varón, al que ella le puso como nombre Fárey; tuvimos 2 hijos más, Dáli, una hermosa niña, y Volix, un niño hermoso como Fárey; en total tuvimos 3 hijos.
Cuando Fárey tenía 10 años, ya toda la comarca me conocía; yo era un hombre respetable. La gente me buscaba para pedir consejos, y les daba fórmulas para curar alguna enfermedad, ideas para construir casas, consejos de cómo organizar mejor su estilo de vida, etc.
En ese entonces, el rey de aquella región enfermó de algo grave, ya tenía tiempo con un dolor en el estómago y por las noches no podía dormir. Las personas que lo cuidaban me mandaron llamar para ver qué podía hacer por el rey. No tenía un diagnóstico preciso; sólo sabía que un día, el rey salió a pasear montando en su caballo. Este caballo, al reparar, tiró al rey y le dio una patada en su estómago. Desde allí fue empeorando; yo no podía hacer nada; su situación era delicada, creo que tenía algunos órganos inflamados. Una noche, el rey Jásin falleció, murió por algún órgano interno roto, escupía sangre y tenía un dolor tan fuerte que no pudo soportar más.
Tres días después, buscaban a alguien que lo fuera a suceder en el trono. El rey tenía 3 hijos, pero 7 meses atrás, dos de ellos habían muerto a manos de piratas, y la única hija que tuvo murió de una enfermedad a los 12 años; por lo tanto, no había quien heredara el trono. Hubo tres candidatos para suceder al rey que tenían parentesco, pero uno tenía una enfermedad mental, y dos no aceptaron la sucesión, entonces la gente eligió por votación popular a su nuevo rey. Al día siguiente, después de una reunión entre varios líderes de la comarca, dieron el resultado del nuevo rey, y para mi sorpresa, el nuevo rey sería yo.
Fui el rey de la comarca por muchos años. Guíe y dirigí a mi gente por el camino de la paz y la honestidad. Fueron tiempos de prosperidad, sólo que esta era una comunidad a la que otras comarcas no veían con buenos ojos. Había una comunidad vecina, la cual estaba empeñada en querer controlarnos. Sus políticos eran dirigidos por los Jádoguar que trabajaban detrás de las sombras. Su misión era provocar miedo y descontrol para generar pánico y angustia en mi comarca. Era el alimento que ellos consumían; se alimentaban de esa energía de los seres que aquí vivíamos.
Transcurrieron 48 años, ya era yo un viejo; viví muchas aventuras en todo ese tiempo, incontables batallas; ayudé a solucionar muchos problemas sociales de mi pueblo. Ahora tenía un reino fundado hace 10 años, llamado Kratória. Cada día, el reino de Kratória era más codiciado por ciertos grupos y aldeas de la región. No podían soportar cómo Kratória podía vivir con tanta paz y armonía. Era algo que para ellos era imposible de lograr, ya que su filosofía se fincaba en el poder y la ambición.
Gracias a Búrtok, que enseñaba el Iom, una doctrina basada en el control de las emociones, donde los aldeanos tenían el poder de gobernarse a sí mismos, aplicando el control de la respiración, desarrollando el conocimiento de rechazar lo que no fuera acorde con el amor y la paz.
Por este motivo, no eran capaces de atacar directamente a Kratória. Así que Turok, el rey de la comarca enemiga, contrató a piratas para invadirla, ya que de ese modo ellos se lavaban las manos de la sangre derramada y fue allí donde mi destino quedó escrito.
Una fría noche de invierno, cuando todos dormían tranquilamente, un estruendo de caballos irrumpió en Kratória; eran grupos de piratas del mar del norte. Fuimos atacados, comenzaron a quemar y destruir las casas de los alrededores, mataban a quien se atravesara, no les importaba si eran niños o mujeres; yo tomé a Mara y a mis hijos para ocultarnos en el bosque.
Llevé a mi familia por túneles secretos en el subsuelo del castillo a la cueva en que Mara y yo nos conocíamos desde jóvenes. Le dije que me esperaran en ese lugar; tenía que regresar a defender Kratória. Entre lágrimas y gritos de ellos, me despedí de mis tres hijos y dos nietos y de Mara, la mujer que amé con toda mi alma. Nos soltamos de la mano mirándola por última vez.
Aunque yo estaba seguro que iba a regresar con mi familia, sabía muy en el fondo de que el destino siempre está en movimiento y el juego cambia. Job se quedó cuidando a mi familia dentro de esa cueva; fue entonces cuando salí rumbo a la batalla en la comarca. Al avanzar unos metros de la cueva escuché la voz de alguien que dijo mi nombre:
—Rónan…
—Búrtok, ¿qué haces aquí?
—Rónan, no vayas, no es conveniente, al menos no para ti.
—No puedo dejar a mi gente así, debo pelear junto con ellos, recuerda que soy un guerrero y juré un día cuidar y proteger a mi pueblo, hasta dar la vida por ellos.
—Rónan, si vas, ya sabes lo que probablemente pueda pasar; ellos son bárbaros y son demasiados, recuerda que has jurado no usar el poder que se te ha otorgado.
—No me importa, Búrtok, con una sola persona que yo logre salvar ya es ventaja; no me puedo quedar viendo cómo matan a mi gente.
—Rónan, es tu decisión, no te puedo detener, tu destino lo estás escribiendo a base de tus emociones y no a tu razón, así que sólo te puedo decir que la Luz ilumine tus pasos.
—Gracias, Búrtok, gracias por todo; si no te veo mañana, te veré en la eternidad, y cuide a mi familia, por favor.
Me despedí de Búrtok, yo sabía que volvería a ver a mi familia, así que corrí. Llevaba un hacha colgada a mi espalda, un saco con flechas, y el arco que tomé de los Jádoguar cuando era joven. Sabía que no podía usar mi poder contra nadie, hice un juramento y debía cumplirlo. Tenía que valerme solo de mis armas como cualquier otro hombre.
Al llegar al campo de batalla, clavé mi lanza contra todo bárbaro que se me atravesaba en mi camino, corté con mi hacha cabezas de docenas de hombres, logré llevar al bosque a varias mujeres y niños para resguardarlos, y peleé con fuerza y valentía. Cada vez había menos de mis hombres vivos en la batalla y cada vez mataban más; sabía que tenía que luchar hasta ya no poder. Mi coraje y mi furia, que no había lanza o hacha, que no atravesara el cuerpo del enemigo; había demasiada sangre regada por donde quiera; al caminar me resbalaba por tanta sangre derramada.
Eliminé muchos bárbaros, había dos de ellos sacando su lanza del pecho de dos de mis hombres. Vi la oportunidad de atacarlos; a uno le corté la cabeza y al otro le clavé mi hacha en su frente hasta llegar a su pecho. Le abrí la cabeza en dos. Al sacar mi hacha de la cabeza de ese bárbaro y darme la vuelta para seguir peleando, sentí algo en mi pecho; al bajar mi mirada para ver qué era lo que me había ocurrido, vi lo inevitable.
Toqué con mi mano la punta de un tridente de un Jádoguar que había atravesado por mi espalda y salió por mi estómago. Sentí cómo mis piernas se doblaban; caí al suelo de rodillas y sin fuerza. De pronto, el Jádoguar se posó frente de mí con un hacha levantada lista para clavarla en mi cabeza. Ya no me podía mover, no sentía mi cuerpo, pero como pude, me concentré y de pronto, su hacha cayó al suelo, y enseguida su cuerpo al lado de mí.
Yacía ese Jádoguar convertido en una masa deforme; fue lo último que pude hacer, usé mi poder para defenderme inútilmente. Después de un momento trate de tomar conciencia, la cual no era fácil; mis órganos se estaban deteniendo, no podía hacer ya nada. Mi sangre salía a chorros entre mi estómago y el tridente; estaba mi abdomen abierto. Levanté mi mirada al cielo y pedí por mi familia. Vi, como en una película, todos los detalles más importantes de esta vida. Pude ver el rostro de Mara cuando la vi por primera vez, vi a Búrtok, a Kork, también cuando vi nacer a mis tres hijos, hasta el momento en que me despedí de ellos en esa cueva hace unas horas. Por último, escuché la voz de Búrtok cuando me dijo: "Que la luz ilumine tus pasos"
Ahora sólo escuchaba el latido de mi corazón cada vez más lento; sabía que el final estaba cerca, el tiempo se hacía más corto. Los minutos y segundos se hacían uno; ya sólo sentía mi respiración, lenta y profunda; me resistía a irme. Dejé de escuchar el exterior, mis oídos fallaron, no había marcha atrás. De pronto mi mente se detuvo; dejé de pensar, solo quedaban emociones, y en ese instante mi rostro quedó mirando al cielo. Con mi vista clavada en aquella luna llena, fue en ese instante cuando me desvanecí, di mi último suspiro y fue entonces cuando partí de ese mundo.
Yo pensé que había muerto en aquel lugar mirando aquella luna llena, pues no fue así. Es como si la cinta de mi vida no se hubiera detenido. Seguía escuchando la melodía de la vida. Fue en ese instante cuando vi de nuevo la luna en el fondo del barril. Sentí cómo el agua entraba por mi nariz, y de pronto, una mano jaló mi chaqueta militar y me sacó del agua donde tenía metida mi cabeza; estaba muy desorientado. Vi aquel barril de nuevo; lo sujeté con fuerza, recordaba poco, pero algo dentro de mí comenzó a activarse. Una tos incontrolable me invadió por unos minutos, tratando de sacar el agua que había entrado por mi nariz.
—Rónan, ¿estás bien?
—¿Któ buí, gidié ya? —Respondí en el idioma que estaba acostumbrado a hablar.
—¿Któ buí, gidié ya? —Repetí.
Miré dos siluetas paradas enfrente de mí; no los reconocía, uno sólo me observaba, y el otro trataba de animarme. Me llevaron cargado de brazos y piernas a su cabaña, mientras lo único que vi fue aquel barril, el cual se iba alejando de mi vista conforme me alejaba de ese lugar.
Cuando recobré la conciencia, aún sentía el dolor de aquel tridente atravesado en mi abdomen. Toqué mi estomago y no tenía nada. Miré al techo de madera de aquella cabaña que daba vueltas a mi alrededor, tenía algo de vértigo. Me sentía confundido, perdí la noción del tiempo, no sabía ni el día, ni la hora; de pronto escuché de nuevo esa voz.
Me contestaron en español, idioma que tenía más de 60 años sin escuchar ni hablar. Róleux entendía perfectamente aquel idioma extraño, y yo hablaba el mismo idioma que él. Me explicó lo que sucedió y me hizo saber que mi verdadero mundo era este. Fue cuando, de pronto, como si activaran un interruptor eléctrico, comencé a hablar en español. Fue entonces cuando Místrait me hizo ver mejor las cosas.
—Rónan, soy Místrait, él es Róleux, ¿nos recuerdas? Somos los viejos de la montaña, estás aquí en tu mundo, cerca de aquí están tus camaradas, los soldados.
—¿Hace cuánto tiempo que estoy aquí?
—No ha pasado mucho tiempo desde que metiste la cabeza al barril, solo transcurrieron unos segundos. Fue todo muy rápido.
—¿Tratas de decirme que todos esos 48 años que viví con esa gente sólo fueron unos segundos para mí?
—No sabemos qué hiciste, qué viste o viviste allá, sólo sabemos que desde que te trajimos aquí a la cabaña, tan sólo han pasado 10 minutos, solo te mostramos un poco del poder que guardaba ese barril.
No entendía bien qué había pasado; ya no sabía cuál era realmente mi mundo, no comprendía cuál era el sueño, si mi vida en el mundo como militar, o mi vida a lado de Mara y mi familia en aquel lejano lugar.
—Dime, Rónan, ¿qué es lo que recuerdas? —Me preguntó Místrait.
—Sólo recuerdo que llegué a un bosque, estaba desnudo y casi moría de hipotermia; unos leñadores me ayudaron, me hice amigo de esa familia y conocí a un tal Búrtok; viví aproximadamente 65 años, hasta que fui atravesado por una lanza en una batalla por defender a mi gente; después desperté aquí.
—Dijiste, ¿Búrtok?
—Sí, dije Búrtok.
En eso, Róleux que estaba a mi lado, el que no hablaba español, al oír el nombre de Búrtok, quedó impresionado al escuchar su nombre.
—¿Lo conocen?
—No, para nada, no tenemos idea de quién sea.
Mirándose a los ojos, cambiaron de tema. Yo sabía que mentían, fue obvio que conocían a Búrtok. Al decir su nombre, quedaron impactados, como si recordaran algo importante.
Después de platicar unos minutos con ellos, me levanté y pude caminar, aunque las piernas me temblaban y no podía controlarlas. Era extraña la sensación; es como estar parado en un motor gigante; todo vibraba, también escuchaba un zumbido en mi cabeza. Me despedí de Místrait y de Róleux; después regresé a donde estaba mi campamento con mis compañeros militares.
Estaba a punto de darme la vuelta para irme de allí, cuando Místrait me preguntó.
—¿Qué tienes en tu brazo, Rónan?
No podía creerlo; tenía puesto el brazalete que me regaló Job hace 48 años. Aún lo tenía puesto.
—Místrait, ¿cómo es que tengo esto puesto? Creo que les pertenece a ustedes; se los dejo, ustedes saben mejor que hacer con él; a mí no me sirve.
Me quité el brazalete y se lo di en la mano a Místrait, sin decirnos nada más, me di la vuelta y salí de allí.
Eran las 0505 horas; traté de recordar cómo fue que dejé a mis compañeros soldados en el campamento. Para mí eran muchos años, y no encontraba la ubicación exacta del campamento. Me preocupé un poco, ¿qué tal y ya no están allí? ¿Qué voy a hacer, si llego y ya se fueron? Entre tanta incertidumbre, escuché un sonido algo familiar. Alguien encendió un cigarrillo; el sonido del encendedor me hizo voltear, y allí estaba aquel vigilante que me despidió aquella madrugada que los dejé dormidos.
—¿Cómo estás, Rónan? ¿Ya te sientes mejor del estómago?
Me quedé en shock; no sabía a qué se refería, traté de hacer un esfuerzo para activar el hilo de la historia en este mundo. Quedé mudo por unos segundos; el vigilante se me quedó mirando, esperando una respuesta. Estaba recordando que aquel día salí al baño y le dije al vigilante que me iba a bañar al río, ¡ya lo recuerdo! Para mí fueron 48 años desde que vi por última vez a este vigilante.
—Sí, gracias, ya me siento mejor, se me quitó el dolor de estómago con la ducha que me di en el río; sentía como si me hubieran atravesado con algo.
—No mientas, Rónan, en 10 minutos no te pudiste bañar y ponerte la ropa, además no tienes el pelo mojado.
—Solo me lave la cara, estaba el agua muy fría, pero fue suficiente para que dejara de dolerme el estómago, ahora regreso a mi vivac a descansar.
—Bien, Rónan, ve a descansar, te ves muy mal, no pareces el mismo, te ves cara de derrota.
Pasaron unas semanas más en aquella base de operaciones en el estado de Chiapas; de pronto un día nos dieron la noticia de que regresaríamos a Guadalajara. Después de 4 meses de estar en aquel lugar internados en la selva, un batallón de Veracruz nos iba a relevar hoy a las 1100 horas, así que teníamos que estar listos para irnos en pocas horas.
A la hora fijada llegaron los helicópteros por nosotros para trasladarnos a Rancho Nuevo Chiapas, un pueblo con más acceso a las carreteras y a la civilización, donde estaba el puesto de mando de mi batallón. Mientras veía saltar del helicóptero a los nuevos soldados que nos estaban relevando en aquel remoto lugar, volteaba a ver la espesura de la selva, tratando de grabar en mi memoria este grandioso escenario con tanta fauna y vegetación.
Estábamos listos para partir; de allí nos trasladaron en vehículos de transporte de personal a la estación de ferrocarril en Tonalá, Chiapas, donde viajamos en tren de regreso a Guadalajara.
Después de viajar 3 días por tren, llegamos a Guadalajara, donde nos esperaban nuestras familias. Un mariachi de bienvenida nos estaba esperando al bajar del tren en la estación del ferrocarril. Más tarde llegamos a nuestro batallón a entregar equipo. Después de pasar lista, salimos libres a nuestros hogares con nuestras familias.
Al llegar a mi casa, salió mi madre a mi encuentro. Nos dimos un abrazo; estaba feliz de verme de regreso. Era reconfortante estar de nuevo en el hogar que me vio crecer. Después de conversar con ella unas horas y platicarle solo lo que ella podía entender, fui a descansar a mi habitación. Allí, tendido en mi recámara, mirando el techo y escuchando el tema en la radio de "Sweet Child O' Mine de Guns N' Roses", recordaba todo lo que me había sucedido. Aún tenía esa sensación de vivir con Mara y nuestros 3 hijos.
Era tan real la sensación que sentía en ese momento, que dudaba de mi actual realidad. En momentos sentía que estaba soñando, que despertaba de nuevo a lado de Mara. Ya no podré ver a mis hijos, ni a mis amigos, los extraño mucho.
¿Cómo habrán terminado todos ellos? Mis hijos sin su padre, Mara sola con ellos, Cori, Rúbik, Búrtok, Job y el resto de conocidos que ya no volveré a ver. El sueño ha terminado, pero tuve una idea: había una forma de recordarlos para siempre. Tomé la libreta y el lápiz y me puse a escribir todo lo que recordaba. Tenía que escribir un libro de toda esta aventura vivida en aquel mundo fantástico y lo llamaré: KÓBDA.
Al paso de una semana, aún sentía ese vacío. Era tan grande aquel apego que tuve hacia mi familia de aquel lejano mundo, que en momentos casi escuchaba la voz de Mara pronunciar mi nombre y a mis hijos sonriendo y jugando, aunque para entonces ya eran adultos. Farey ya tenía un hijo, mi nieto de 9 años, y Dali tenía una niña de 4 años, mis hermosos nietos. También recordaba lo que me dijo Kork de que tenía que regresar con él y terminar mi entrenamiento Kóbda, y ya nunca regresé al monasterio. Los compromisos con Mara, mis hijos y el cargo en Kratória me hicieron olvidar la promesa de regresar a concluir mi entrenamiento; no podía creer que todo hubiera sido tan sólo un sueño.
Un sábado por la tarde, acomodando mi ropa que había lavado mi madre, sonó el timbre de mi casa. No hice caso, no tenía a nadie que me viniera a buscar, ni ánimo de hablar con alguien. De pronto mi madre gritó mi nombre.
—Máximo, te buscan allá afuera y sigue timbrando, diles que no timbren así, porque van a descomponer el botón.
—Dígales que no estoy por ahora, no estoy para nadie. —Le contesté a mi madre.
—Es Joaquín, dice que es importante.
—Está bien, ya voy.
Joaquín era un amigo de la secundaria; siempre fuimos buenos amigos, entre otros amigos más, de los pocos amigos que tenía. Joaquín siempre me sorprendía con sus novedades y ocurrencias. Gracias a él, tenía con quien jugar videojuegos y pasábamos horas jugando junto con otros tres amigos.
Fue por eso que decidí abrir la puerta; llegó hasta mi recámara y conversamos un poco.
—¿Max? —Me miró sorprendido cuando entró a mi recámara, como si yo acabara de resucitar.
—Sí, hola Donky, ¿cómo estás?
Su nombre era Joaquín, pero le decíamos Donky; al mirarlo, me recordaba a Rúbik, ya que ellos tenían una figura parecida, altos, fornidos y brutos.
—Muy bien, por ahí me enteré de que habías llegado de Chiapas. ¿Cómo te fue por allá?
—Bien, todo normal, me pasaron algunas cosas extrañas, pero nada de otro mundo. —Se lo dije con sarcasmo.
—Después me pláticas con calma todo eso, te invito a mi casa. Te tengo una sorpresa; mi papá me compró algo muy interesante; quiero que lo veas en vivo. Vamos a mi casa y de paso compramos unas bebidas. Deja, me adelanto en lo que te arreglas y te espero en mi casa. ¿Qué te parece?
—Si, está bien, adelantarte primero; te veo en tu casa en unos minutos.
Como no tenía nada que hacer, lo mejor era distraerme un poco. Creo que es lo que me hacía falta; de otro modo, mi cabeza me iba a estallar de tanto recordar lo que un día me pareció tan real.
Una hora más tarde estaba en casa de Donky; él vivía en una colonia cercana a la mía, sus padres le tenían todo; era un muchacho con suerte; no entendía por qué prefería mi compañía a la de otros amigos de su mismo estatus social.
Al llegar a su casa y tocar el timbre, salió Lola, la sirvienta, y me dijo.
—Hola, Max. ¿Cómo estás? —Ella era la señora que ayudaba con los quehaceres de la mamá de Donky.
—Muy bien, Lola, venía con Donky, ¿se encontrará?
—Oh, sí, te está esperando, pasa, está arriba en su recámara.
—Gracias, Lola, con permiso.
—Pase, soldadito, siéntase como en el cuartel. —Me dijo Lola bromeando.
Al subir a la recámara de Donky, estaba él sentado en su silla reclinable con sus pies arriba de su escritorio, destapando una bebida gaseosa de sabor durazno, de esas que tienen 8 % de alcohol.
—Pasa, Max, siéntate, me da gusto que estés bien y hayas llegado caminando y no en una bolsa de plástico negra.
—Gracias, amigo, no me simpatiza tu comentario.
—Ja, ja, ja, es una broma. Toma esta bebida, ábrela y cuéntame todo, pero antes te quiero sorprender con esto que me regaló mi padre.
—¿Qué es esto?
—Mira, ¿qué te parece?
—¿Es un televisor?
—No es un televisor, obsérvalo bien.
Lo que yo veía era una especie de televisor; desconocía lo que era la tecnología en 1994. Lo más que podía tener un joven como yo en ese tiempo eran unos Walkman con radio para escuchar casetes de música, un Nintendo o un televisor para ver series, películas y programas de entretenimiento. Por lo tanto, ignoraba que era ese aparato que parecía televisión.
—No, Max, este aparato es lo mejor que alguien como nosotros pueda tener. Esto no es magia, es lógica. Son circuitos integrados ensamblados en este aparato, de tal forma que puede pensar casi como un humano.
—Deja de hablarme tan técnicamente y demuéstralo para entender.
—Mira, se llama: computadora.
—¿Y para qué sirve?
—Para hacer infinidad de cosas, llevo 3 meses con ella y hace un mes que mi papá contrató un servicio de Internet; somos afortunados, y tú también, en conocer esto. Pocas personas tienen algo así.
—¿Es como la consola de Nintendo?
—Mejor, es algo mucho mejor, aquí puedes hacer videojuegos.
Después de explicarme en la práctica ese aparato, logré entender lo que era una computadora, podía teclear como en una máquina de escribir, tenía un juego de cartas y una serie de comandos que no entendía para qué eran.
—¿Tratas de decirme que viviste todo eso en unos segundos?
—Así es, Donky, desde que recobre el conocimiento de esta realidad a lado de esos ermitaños, hasta hoy, me cuesta trabajo definir cuál es mi verdadera realidad.
—¡Max, despierta! claro que ésta es tu realidad; el otro fue un solo sueño. Algo te dieron en la bebida esos ermitaños, así son ese tipo de gente que viven aislados en los bosques o selvas; conocen muchas plantas que para ellos son algo mágico. Obviamente te narcotizaron, fue por eso que lograste alucinar todo lo que me contaste.
Mira, Max, en el norte del país existe una planta que comen los nativos de la región. La usan para poder hablar con los elementales de las plantas y los espíritus. La mastican, y en pocos minutos están viajando dentro de su mente. Claro que todo es una alucinación, real solo para ellos.
—Tienes razón, ¿por qué no había pensado eso? ellos tal vez me dieron esa sustancia y yo sin saber la bebí; eso fue lo que me provocó todo eso. Gracias, Donky, has resuelto el misterio; creo que ahora me siento mejor sabiendo que realmente todo fue parte de mi imaginación.
—Para eso estamos los amigos Máx, lo bueno es que ya abriste los ojos, deja ya esa idea de que fue real, ese cuento de enanos, mazmorras, hadas, hechizos, hombres que se transforman en árboles, ja, ja, ja. ¿Sabes qué, Máx? Creo que ya se nos acabó el alcohol. Vamos a la tienda de autoservicios que está sobre la avenida antes de que cierren; yo invito las otras botellas.
—Está bien, vamos.
Después de una larga explicación y de relajarme de aquel peso que llevaba encima, decidimos salir a comprar otras bebidas más. El alcohol me estaba ayudando a olvidar un poco lo que me había sucedido. Después de haber resuelto el misterioso enigma de los ermitaños, nos dirigimos a tal tienda de autoservicios.
Al llegar a dicha tienda, había unas personas que, al parecer, trabajaban para ciertos noticieros de televisión local. Estaban entrevistando a unos transeúntes afuera de la tienda. Escuché que les hacían preguntas sobre algunos asuntos de política. No era de nuestro interés y pasamos al establecimiento.
Donky pasó al refrigerador y tomó un "six-pack" de bebidas y unas bolsas de papas fritas; después pasamos a formar en la fila para pagar. Mientras esperábamos en la fila, me explicaba que se había interesado en estudiar biología, química o física; aún no se decidía a qué carrera inscribirse. Le fascinaba el misterio de cómo se componía y se transformaba la energía y la materia. Por otro lado, también se le hacía interesante el nuevo mundo de las computadoras. Decía que la estructura electrónica de una computadora era similar al funcionamiento del cerebro humano y que algún día las computadoras nos iban a gobernar.
Con la plática se nos pasó el tiempo sin darnos cuenta y, en pocos minutos, llegamos con la muchacha de caja para pagar.
—¿Cuánto es? —le preguntó Donky a la cajera.
—Son 480 pesos.
Le dio un billete de quinientos pesos, y en ese momento, entraron al establecimiento tres tipos armados apuntando con un arma de fuego a los que estábamos comprando dentro de la tienda. Uno de los asaltantes le quita el dinero a la cajera que Donky le acababa de dar en la mano para pagar.
—Dame ese billete y el resto del dinero que tienes en la caja, rápido o te vuelo la cabeza. —Le dijo uno de los asaltantes a la cajera.
Donky y yo nos quedamos quietos; ese mismo asaltante nos apuntó con su pistola, mientras un segundo asaltante despojó de sus carteras y relojes a los clientes que estaban haciendo fila detrás de nosotros. Un tercer asaltante cuidaba la entrada. Yo no podía hacer nada, ya que no estaba armado. Mi instinto me decía que debía hacer algo, pero mi mente se bloqueó. Deje de pensar por un instante, sólo sentía cómo la adrenalina corría por mis venas de coraje e impotencia.
De pronto, el tipo que nos estaba apuntando, acercó su pistola a la cabeza de Donky, tocando con el cañón de su arma la frente de él. El asaltante observó que tenía objetos de valor y le exigió que se los diera.
Donky accedió a darle su cartera, reloj y su collar de oro; entonces mi ira aumentó al 100, cuando vi que Donky le estaba dando sus pertenencias a ese asaltante. De pronto, algo frío invadió mi cuerpo y lo único que podía ver era el rostro del asaltante.
Lo imaginé en el centro de un túnel color rojo, dando vueltas en el interior. En eso, el asaltante cayó al suelo gritando, y sus compañeros se acercaron a ver qué le sucedía, fue allí donde ocurrió lo inevitable.
Intentó levantarse para pedir ayuda sujetándose del brazo de uno de sus amigos asaltantes; vi que ya no tenía rostro, le estaba ocurriendo la transformación. En ese momento, volteé a ver a los otros dos asaltantes, y les estaba sucediendo lo mismo y cayeron al suelo gritando. Poco a poco sus alaridos se fueron apagando en un grito silencioso.
Sus rostros habían desaparecido; sus ojos, nariz, boca, oídos, todo era una capa de piel sebosa y burbujeante; su cabello se les caía por mechones; tan sólo les quedó el par de orificios nasales para respirar. La tienda estaba llena de un vapor maloliente. Las personas que estaban allí esperando darles sus pertenencias a los asaltantes tenían una cara horrorizada.
Una mujer que estaba al lado de Donky, cuando vio el rostro de los asaltantes, cayó al suelo inconsciente; todo ocurrió en segundos. De pronto, comencé a ver todo normal, mi adrenalina se estabilizó, mi sangre dejó de hervir y fue cuando pude reaccionar.
Busqué la forma de aquietar mi ira, me concentré, y poco a poco, los latidos de mi corazón comenzaron a estabilizarse. Volteé a ver el rostro de la cajera, ella estaba horrorizada. Inmediatamente ella también se desmayó. El resto de los clientes estaban atónitos al ver semejante escena. Donky, sorprendido, me dijo en voz baja:
—¿Qué has hecho, Máx? Vámonos de aquí.
Mi intención era ayudar a los asaltantes. Sabía que estaban así por mi causa, pero no pude quedarme más tiempo. Donky me sujetó del brazo y me sacó del lugar. Solo escuchaba los alaridos de desesperación de los tres asaltantes que poco a poco iban dejando a este. Al ir saliendo del lugar, vi que estaban los reporteros de los noticieros grabando lo poco que habían alcanzado ver dentro de la tienda. Pero tanto era su impresión, que sus cámaras sólo apuntaban a los tres asaltantes que estaban gritando y retorciéndose en el suelo dentro de la tienda. Los reporteros no entendían qué había sucedido, ya que estaban afuera cuando sucedió todo. Al igual que el resto de las personas que estaban en ese lugar, nadie supo que yo era el causante de lo ocurrido; por lo tanto, los asaltantes fueron el centro de atención y nosotros aprovechamos la situación para salirnos sin ser vistos.
Al subirnos al coche de Donky, pisó el acelerador hasta el fondo. Salimos de allí lo más rápido posible, pero al detenernos en el semáforo siguiente en luz roja, Donky asombrado, me mira a los ojos, y yo sorprendido, respirando tan fuerte que no podía decir ni una palabra, volteé a ver a Donky, él como pudo, habló y me dijo:
—Dime que no es real lo que acabo de ver.
—No lo sé, dímelo tú, ¿crees que esto sea una alucinación?
—Max, ¿eres consciente de lo que acaba de suceder?
—¡Lo sé! ¡Lo sé! Entonces la historia que viví no fue un sueño.
FIN
Personajes principales